miércoles, 1 de agosto de 2018

Sencillo y crucial: respeto a los contratos

La vida diaria, en este mundo, funciona cuando se respeta lo pactado. 

No son necesarios ni los milagros, ni la magia, ni el heroísmo excepcional, ni los motines o las algaradas. 

Basta con que el sujeto A cumpla lo que acordó con el sujeto B, digamos: pagar el día 15 de cada mes X cantidad por el alquiler de una vivienda específica. A le paga a B y B le otorga a A el uso de un departamento ubicado en tal domicilio, con tales y cuales características. No se requiere que A o que B sean seres excepcionalmente bondadosos, altruistas o desinteresados. Basta con que cada cual cumpla lo acordado libremente y cada cual recibe lo que espera: el arrendatario el uso de una vivienda y el arrendador el dinero esperado en la fecha pactada.

Por el contrario, la vida diaria se convierte en un infierno cuando no se respeta lo pactado, ni se honra lo prometido en un contrato. 

Es por ello que me parece verdaderamente atroz que el ganador de la contienda presidencial del pasado primer día de julio, el señor Andrés Manuel López Obrador, anuncie que se condonarán los adeudos  -- que suman más de 40 mil millones de pesos- que determinados usuarios de energía eléctrica tienen con la Comisión Federal Electricidad (CFE), ya que esos morosos consuetudinarios habrían dejado de pagar como un acto (omisión, más bien) de "resistencia civil" al considerar "injustos" (por elevados) los cobros que esa empresa productiva del Estado les ha reclamado por años.

Esos deudores contumaces establecieron, en algún momento, un contrato con la CFE mediante el cual se comprometieron a cubrir, en determinadas fechas, los pagos por los servicios de energía eléctrica que habrían de recibir, y recibieron, en sus hogares o incluso en sus comercios; a cambio, la empresa, CFE, se comprometió a brindarles el servicio. En el contrato se prevén diversas contingencias de incumplimiento por cualquiera de las dos partes y la ley prevé también diversos mecanismos jurídicos para resolver controversias entre las partes. Se podrá discutir, desde luego, si tales mecanismos son idóneos o no, expeditos o no, justos o no, pero se suponen conocidos y aceptados por ambas partes previa a la firma del contrato. El compromiso de las partes fue libre y es, a todas luces, exigible. Incluso, el pacto prevé que alguna de las partes quiera cancelar el contrato o impugnarlo en los tribunales. Se vale. Lo que no se vale es que una autoridad (por encumbrada que sea o que se sienta) presente o futura, decrete inexistente el compromiso. 

Eso, simplemente, derrumba la confianza básica en la que se funda la convivencia civilizada. 

Nótese, por cierto, que el señor López Obrador espera en estos momentos, ¡con toda la razón del mundo!, que la autoridad electoral constituida le otorgue el formal reconocimiento de su triunfo, asimismo espera, ¡con toda la razón del mundo!, que como consecuencia inexorable de ese reconocimiento formal el Estado mexicano le otorgue todo lo necesario, y previsto en la ley, para cumplir el mandato inequívoco que le dieron alrededor de 30 millones de electores como Presidente Constitucional de los Estados Unidos Mexicanos a partir de la primera hora del primer día de diciembre de este año 2018. Si alguna autoridad cualesquiera dijese, o insinuase siquiera, que se le debe regatear o negar ese reconocimiento, y todo lo que conlleva jurídicamente, al señor López Obrador él tendría toda la razón de rebelarse enérgicamente y con él millones de mexicanos también lo haríamos (incluso quienes no votamos por él y quienes consideramos, por las razones que sean, que su abrumador triunfo es también un apabullante error que, como sociedad, hemos cometido) porque se estaría violando lo acordado, libre y públicamente. 

Los contratos, lo acordado en términos legales, sea un simple contrato de prestación del servicio de energía eléctrica o sea lo acordado para elegir, con el voto mayoritario, el gobierno que deseamos, deben cumplirse o se rompe todo el orden jurídico. 

Es gravísimo proclamar el incumplimiento o la invalidez de lo acordado simplemente por el deseo - generoso o mezquino, desinteresado o calculador- de una autoridad, sea esa autoridad lo encumbrada que sea o que se sienta. 

Respetar los contratos o "cierra y vámonos". Usted, señor López Obrador, tiene la palabra. ¿Qué dice?

jueves, 26 de julio de 2018

Aún no es tiempo de nabos...

La mojiganga sigue pletórica de sorpresas, pero "cada cosa a su tiempo y los nabos en adviento" como dice un sabio refrán español.
El tiempo de los nabos llegará a principios de diciembre, justo en el adviento. Entonces, se verá cuáles de los estallidos de la mojiganga fueron sólo petardos de ocasión y cuáles empezarán a ser propósitos para ser cumplidos con buenas o malas artes.

Hay que advertir, por más que parezca obvio, que la mojiganga cumple también el propósito de distraer, entretener, aligerar el ánimo, apartar el juicio ajeno de lo verdaderamente importante, de forma que el taumaturgo pueda fabricar sus pretendidos prodigios a salvo de miradas impertinentes y de la severa fiscalización del público. Este, el público, debe disfrutar el entretiempo, dejarse arrastrar por el encanto de las ridículas presentaciones, reír, abrir lleno de asombro la boca, apuntar con el dedo índice los detalles ingeniosos o chuscos de los disfraces, embelesarse con las parodias, enojarse con los fingidos villanos...

¿Está, mientras tanto, el taumaturgo haciendo su minuciosa tarea en lo secreto? No se sabe. Hay días, ¡ay!, en que sospecho que el taumaturgo es inhábil en su oficio y tal vez confunde las propias distracciones que lanza al aire con la sustancia de su tarea. Si así fuese, todos lo lamentaremos, empezando por él. Esa clase de ineptos taumaturgos suelen proclamar, orondos, que "gobernar es comunicar" y se acomodan en la poltrona de los petardos falsamente informativos creyendo, insensatos, que basta con tener al respetable público entretenido, encantado con las cortinas de humo, hipnotizado con los relámpagos pintados torpemente en el proscenio y aturdido con los tronidos que los utileros producen golpeando tambores de madera...El encantamiento es efímero y muy pronto el público se impacienta y recuerda las urgencias prosaicas y cotidianas, la realidad de a de veras. La vida fuera del escenario. 

Y entonces: "Se acabó, el sol nos dice que llegó el final, por una noche se olvidó que cada uno es cada cual" (Serrat). Llega el tiempo de los nabos, coincidiendo, ¡qué cosas!, con el adviento y ahí nos veremos las caras.

Sí, ahí veremos si la escasez fue derogada (imposible, lo sabemos desde siempre). Ahí veremos si las amenazas de reducciones de sueldos, de desplazamientos inopinados, de airados despidos, son ciertas o sólo fueron "globos de sonda", "habladas", baladronadas...Ahí veremos si, mientras nos entreteníamos con el inventario de asuntos ridículos que exhibió la mojiganga, el taumaturgo, el autor, el protagonista, hizo la tarea y confeccionó -con buenas o malas artes, con inteligencia o con pura emoción-, algo real más allá de las fantasías.

"Cada cosa a su tiempo, y los nabos en adviento".


 

martes, 24 de julio de 2018

Los aluxes y la escasez

El asunto de que una probable funcionaria de un futuro gobierno federal en México crea o no en los aluxes, como seres reales capaces de incidir en el destino de personas o de entornos, se ha magnificado en las redes sociales. No es tan relevante, a menos que esa supuesta creencia derive, en el futuro, en decisiones de política pública irracionales en lo que atañe al cuidado del medio ambiente y de los recursos naturales. O en otros ámbitos del quehacer gubernamental.

Es decir: debiera importar sólo si fuese una señal inequívoca de que la magia o la superstición tomarán en el futuro el lugar que debe corresponder a la racionalidad y a los conocimientos científicos en las decisiones y acciones u omisiones de la Secretaría de Medio Ambiente y Recursos Naturales (Semarnat). No lo sabemos aún, y el revuelo alrededor de las declaraciones de la señora Josefa González Blanco Ortiz Mena (la probable titular de esa dependencia en un muy probable gobierno presidido por Andrés Manuel López Obrador) tiene más de esgrima verbal, burla más o menos trivial entre adversarios políticos, jocosidad, muestra de ingenio o de falta de él, que de una discusión seria.

En cambio,  me preocupa ver que al probable futuro gobierno federal se le empiezan a cerrar las opciones para disponer de cuantiosos recursos - al menos unos 500 mil millones de pesos en un primer cálculo- que solventen sus ambiciosos planes: incremento de las pensiones a los adultos mayores, becas o ayudas para aprendices jóvenes, construcción de refinerías (a mi juicio una de las maneras más lamentables de desperdiciar los recursos), infraestructura de transporte y comunicaciones, entre varios proyectos más que esta misma semana el probable futuro Presidente de México ha calificado como "prioritarios".

Veamos. 
En una primera instancia, durante la campaña electoral, escuchamos que esos recursos provendrían del combate a la corrupción. Ya hace tiempo, en mayo, mencioné los puntos frágiles de ese "razonamiento" y el alegato puede leerse aquí.  En breve: la mayor parte del dinero que obtienen los corruptos no proviene directamente del erario, sino de los particulares, y la corrupción consiste no tanto en meter la mano en la hucha, sino en que el funcionario público propicie favores o disimulos u obstaculice la competencia que pudiese resultar ruinosa a sus socios en la iniciativa privada; amén de que desde hace años el gobierno federal posee candados y controles mucho más estrictos que los que suele haber en los gobiernos locales. 

Más tarde, el ahora candidato triunfador de las elecciones presidenciales añadió, como fuente inmediata de esos cuantiosos recursos fiscales, las medidas de austeridad que ha publicitado en 50 puntos. Muchas de tales medidas han sido muy controvertidas, no sólo porque parecen impensadas e injustas varias de ellas, sino además porque probablemente enfrenten multitud de obstáculos legales para llevarse a cabo (obstáculos insalvables, por fortuna, porque se trata de garantías ciudadanas que han de proteger la Constitución y un Poder Judicial independiente). 

Tampoco hay que esperar un caudal de recursos de la enrevesada venta de un avión (que aún no se ha liquidado por parte del comprador), ni de recortes de personal que, otra vez las garantías constitucionales, específicamente en el ámbito laboral, significarían en el corto plazo más erogaciones que ahorros.

¿Cómo hacer compatibles estos proyectos de transformación, que requieren cuantiosos recursos, con un entorno de finanzas públicas sanas, en equilibrio, sin creación de nuevos impuestos ni incrementos en las tasas o de la base gravable de los ya existentes?

No hay forma, a menos que - acuciados por la necesidad de dar resultados y de cumplir en la ruda prosa del gobierno cotidiano, aunque sea en parte, lo prometido tan generosamente en el fragor de una larguísima campaña electoral--, echemos a volar la "creatividad" o la imaginación. 

En tal caso, no sería de extrañar que empecemos a ver cómo se estiran los conceptos para hacer posible lo que antes imposible parecía. En buen cristiano, y con una mínima honestidad intelectual, eso se llama "magia". En buen cristiano, y con una mínima honestidad intelectual, eso es equiparable a creer en los aluxes y a echar mano de ellos, lo mismo para justificar la desecación de un lago que una plaga que destroza las cosechas o una inundación repentina que deja sin hogar a miles. 

Y si bien no hay evidencia alguna (sustentable científicamente) de que los aluxes existan, sí hay en la historia numerosas evidencias de que existen y han existido argucias conceptuales (¡mágicas!) para disfrazar un déficit fiscal de "ajuste coyuntural que se corregirá por sí solo en poco tiempo dado el estímulo que provocará en la oferta o en la demanda", o para argumentar (¡mágicamente!) que lo que es verdad en las finanzas personales y en las finanzas de las empresas (por ejemplo: que no se puede gastar más de lo que se tiene) deja de serlo cuando estamos en el ámbito (¡mágico!) de la macroeconomía. 

Son las argucias conceptuales que de una u otra forma niegan la escasez, que es el hecho básico, irrefutable y contundente, del que debe partir la ciencia económica. 

A esos "aluxes" con disfraz de señores respetables y hasta de académicos solemnes, sí hay que tenerles mucho miedo.

lunes, 23 de julio de 2018

Papeles doblados de siglos pasados, además: el Pito Real y el "pitorreo"

¿Fue mi abuelo, fue mi padre, fue mi tía?
Nunca sabré quién recortó burdamente un fragmento de periódico --- que contiene la historia en breve de cómo compuso Vicente Riva Palacio la letra de la canción satírica "Adiós Mamá Carlota" en julio de 1866, en Huetamo, Michoacán--, dobló en cuatro el recorte y lo puso, inopinadamente, entre la página 954 y la página 955 del tomo 14 de la "Historia de Méjico" ("desde sus tiempos más remotos hasta nuestros días") de don Niceto de Zamacois, editada en Barcelona y Méjico, por J. F. Parres y Compañía, en 1880.

Hice el hallazgo esta mañana, cuando buscaba información de otra índole (acerca de López de Santa Anna) entre los 20 tomos de la historia de Zamacois, que heredé de mi padre, quien la heredó de mi abuelo indirectamente tras varios años en que ese tesoro bibliográfico estuvo en posesión de mi tía, única hermana de mi padre. 

Quien haya hecho este recorte de periódico... 



para atesorarlo o tal vez para consultarlo después, no sólo lo recortó tan mal que no permite deducir de qué periódico se trata (por la tipografía sospecho que es "Excélsior"), ni la fecha de publicación (conjeturo, por los fragmentos que pueden leerse de un manifiesto en el reverso, donde se quejan airadamente del productor cinematográfico Gregorio Walerstein, que sería en los años 60 del siglo pasado), ni quién es el autor del breve recuento histórico (usual en los periódicos del siglo pasado), sino que lo puso en el lugar equivocado, ya que debió ubicarlo en el tomo 18-A de la historia de Zamacois, específicamente en donde el bilbaíno (historiador que emigró a México en 1840, quien fue además periodista, novelista y poeta; autor, por cierto, de la letra de la famosa canción "La golondrina", que aún suele cantarse con motivo de sentidas y hasta lacrimosas despedidas), narra, a partir de la página 478, cómo desaparecieron de pronto "todas las risueñas esperanzas que había acariciado por espacio de dos años el emperador Maximiliano" ya que Napoleón (en realidad Luis Napoleón o Napoleón III) iba a retirar sus tropas sin cumplir la convención firmada en Miramar y ello dio a lugar a que la emperatriz Carlota el 5 de julio de 1866 detuviera la mano de Max, antes de que este redactase su renuncia al trono, persuadiéndole de que ella, Carlota, intentaría "por sí misma, el arreglo de las difíciles cuestiones que, una vez vencidas, como esperaba conseguirlo, afianzarían de una manera inquebrantable la monarquía en Méjico". 

Para ese fin, Carlota emprendería de inmediato viaje a Europa, zarpando de Veracruz en el vapor Emperatriz Eugenia.

Ilustra esta narración de Zamacois la lámina que retrata a la emperatriz Carlota  (atribuida por los editores a "reputados artistas") y que copio aquí:


Y esto enlaza con el recorte de periódico, tantas veces citado, que cuenta lo siguiente: "Hallándose el general don Vicente Riva Palacio en la población de Huetamo, Michoacán, comiendo en la casa en que se alojaba, llegó un emisario que le entregó una comunicación. El general poeta quitándose las gafas, leyó el papel con profunda atención, volvió a doblarlo y ante la intensa expectación de sus compañeros de mesa, continuó la comida hasta rematarla con sabroso café de Uruapan, pero sin referirse al contenido de la correspondencia recibida.

"Una vez despejada la mesa, levantóse el general, y ordenando a su secretario que llevara pluma y papel, comenzó a dictarle de un tirón, la irónica canción..." 

Sí, "Adiós Mamá Carlota", que es una "burlesca poesía" (dice el anónimo periodista del dichoso "suelto" del periódico) acerca de la partida de la emperatriz parodiando la "famosa" (entonces, supongo) composición "Adiós a México" de Rodríguez de Galván. 

De hecho, los cuatro primeros versos de la cancioncita burlona son los mismos que los de la canción seria y dicen: 

Alegre el marinero
Con voz pausada canta,
Y el ancla ya levanta
Con extraño rumor.

Pero a continuación Riva Palacio empieza la chunga:

La nave va en los mares,
Botando cual pelota,
Adiós Mamá Carlota,
Adiós mi tierno amor.
De la remota playa
Te mira con trizteza
La estúpida nobleza
Del mocho y el traidor.


Los versos satíricos se publicaron de inmediato en un periodiquillo llamado El Pito Real que se editaba en Huetamo, Michoacán, bajo la dirección del mismo general y poeta Riva Palacio.

El Pito Real era una publicación que circulaba entre los chinacos del Ejército del Centro y levantaba sus ánimos en la lucha contra el imperio de Maximiliano y en favor de la República. Se trataba de una publicación furiosa y satírica que solía burlarse (con poco comedimiento, por cierto) de los conservadores (los cangrejos) y de "mochos y traidores". De ahí que hay quien conjetura que el verbo "pitorrear" (pitorrearse) nació como una extensión del título del periódico satírico. 

Aunque en realidad el Pito Real es un pájaro: Picus viridis de la familia Picidae y también conocido en Europa como "carpintero verde". Aquí se los presento:


 
Y tan, tan...esta historia se acabó...o casi. Sólo me resta comentar, con extrañeza, que mi abuela materna, Paz, cantaba eso de Adiós Mamá Carlota, con la letra un poco cambiada...Empezaba así:

Adiós Mamá Carlota,
Narices de pelota....

Con eso bastaba para que los nietos nos partiéramos de la risa. Y ya no recuerdo más.

viernes, 20 de julio de 2018

De ambiciones vulgares y de las otras...

Cuando yo era niño, una de las ambiciones -anhelos, sueños- de la mayoría de los niños mexicanos era ser Presidentes de su país. Sí, eso fue hace bastantes años (imaginen, soy casi tan mayor como el virtual ganador de las más recientes elecciones presidenciales), pero era una ambición legítima de millones de niños mexicanos, lo que se dice: una ambición vulgar, pero buena y bien vista, tanto que incluso algunos maestros y padres la propiciaban.

Confieso que eso de las ambiciones a mí no se me da muy bien. Supongo que hay una mezcla de pereza, timidez y afición a la soledad (o tal vez orgullo disfrazado de humildad, que es lo peor) que termina moderando mis ambiciones. Pero nunca he tenido problemas con las ambiciones vulgares (como era, en aquellos tiempos, la de tantos niños que querían llegar a ser Presidentes) y ni siquiera con los vulgares ambiciosos. Vamos, estamos en un país libre ¿no? 

También confieso que a los siete u ocho años de edad sucumbí a la tentación de ambicionar algo con muchas ganas, con ahínco, con denuedo. Algo muy raro en mí, pero fue una ambición que muy pronto fracasó. Deseaba ser como Pelé, un astro del futbol y ganar montones de dinero sin hacer otra cosa que jugar futbol divinamente, pero terminé siendo un efímero y minúsculo "media cuchara" en una construcción (remedio aleccionador que ideó mi papá para atemperar esa insana y loca ambición) hasta que los airados reclamos de mi mamá dieron fin al experimento pedagógico y retorné - tan confuso como vagamente aleccionado- a la rutina escolar del segundo grado de primaria. Pero esa es otra historia que aquí no viene al caso.

Desde la primera vez que escuché a Andrés Manuel López Obrador decir que él de ninguna manera es un vulgar ambicioso, la declaración me intrigó y estimuló en mí extrañas divagaciones que, de manera benévola, podríamos calificar como "sesudas reflexiones".  Aquí van:

Primera reflexión: No cabe duda que durante muchos años el señor López Obrador ha ambicionado ser Presidente de México. Una ambición que enunciada así me parece totalmente legítima, aunque vulgar para alguien que fue niño, en México, en los años 50 y 60 del siglo pasado. Sin embargo...

Segunda reflexión : En el caso de la específica ambición de López Obrador él no ambiciona, vulgarmente, ser un Presidente más, sino uno de los mejores, un Presidente que haga historia, más aún: un Presidente que encabece, conduzca, propicie, una gran transformación del país (la cuarta, ha dicho, mencionando que las tres previas han sido la Independencia, la Reforma y la Revolución - así, con mayúsculas de esas que se ponen para quitar el aliento y como aviso a los distraídos de que están ante algo monumental y grandioso) y eso ya no tiene nada de vulgar. Luego entonces, tiene toda la razón del mundo en decir de sí mismo que no es un vulgar ambicioso o un ambicioso vulgar. Empero...

Tercera reflexión : Si pensamos en una transformación de gran magnitud experimentada por este país hay que advertir - aun a riesgo de ser calificado de aguafiestas- que eso puede, en ocasiones, ser algo muy poco deseable. Me explico: ¿Qué mayor transformación, cambio o mudanza, consigna la historia patria que aquella pérdida terrible de millones de kilómetros cuadrados de su territorio en el siglo XIX, atribuida a la traición y artimañas de uno de los grandes villanos que nos mostraban en la escuela nuestros maestros, con tristeza y hasta con franco enojo: Antonio López de Santa Anna? Sí, un gran transformador de la historia patria (y sobre todo de la geografía, dirán los graciosos de siempre que sólo ven las apariencias), pero para nuestra desdicha, para nutrir resentimientos - velados o abiertos- ante el avasallamiento del gigante del norte y demás. Por eso...

Cuarta reflexión : Me atrevo a recomendar al virtual ganador de las elecciones presidenciales que ahora que ha cristalizado, casi, la primera parte de su poderosa ambición (ser Presidente de México) cuide muy bien de recordarnos a los ciudadanos (¿por qué seguimos siéndolo, ciudadanos, verdad?, a despecho de que hoy parezca obligatorio no ensombrecer los entusiasmos multitudinarios con un poco de espíritu crítico) que no ha culminado su ambición ahí, sino que ahora falta lo más importante: garantizar que no ha sido ni será una vulgar ambición sino una ambición noble, grandiosa (más o menos como la de Arturo, el bohemio "que sólo ambicionaba robarle inspiración a la tristeza", habría dicho Guillermo Aguirre y Fierro en el célebre "Brindis del bohemio", favor de consultar, quien la tenga aún, su edición de "El declamador sin maestro")...Ambición, pues, de transformar al país, para bien, sí, para bien. 

Menuda ambición, diría yo, pero no me hagan mucho caso. 

jueves, 19 de julio de 2018

Cuando el otro López arrasó...

El lunes 22 de septiembre de 1975 se proclamó que el candidato del PRI a la Presidencia de la República, en las elecciones federales del año próximo, sería José López Portillo y Pacheco. Lo recuerdo bien. El jueves anterior, el 18 de septiembre, habíamos sepultado a mi hermano Alfonso Javier en el Panteón Jardín, en el mismo "lote" en que reposaban los restos de mis abuelos paternos, Beatriz y Salvador. Lo recuerdo bien. Once días antes del famoso "destape" de López Portillo, el jueves 11 de septiembre, yo había cumplido 21 años. Lo recuerdo bien, ocho días antes, el domingo 14 de septiembre, José Ignacio, mi hermano mayor, cumplió 24 años y sin duda fue el peor cumpleaños que habría de recordar en toda su vida, atribulado como estaba por la desaparición y búsqueda de mi hermano Alfonso, Poncho, Pin-Pon ("pinche Poncho"), de 22 años, que el sábado 13 de septiembre había sido literalmente devorado por las aguas furiosas del río Amacuzac, en Morelos, segundos después de que un remolino volcase la balsa en que él y sus amigos - confiados aventureros- se habían propuesto desafiar los "rápidos" del río. Y recuerdo bien que en esos tiempos nadie hablaba elegantemente del "turismo de aventura" o de los "deportes de alto riesgo". 

Todos, menos Alfonso, lograron salir a flote y llegar hasta la orilla. Empezaba la pesadilla...

Ese sábado 13 de septiembre, hago memoria, me tocó cubrir como reportero de las "fuentes educativas y culturales" de "El Diario de Monterrey" (hoy "Milenio Monterrey") una conferencia que dictó Ernest Mandel, el intelectual marxista y activista trotskista nacido en Frankfurt, en la Universidad Autónoma de Nuevo León. Interesante, aunque las sesudas opiniones de Mandel no merecerían al día siguiente, domingo, más de 60 líneas en el periódico (hoy, a la distancia, me parecen excesivas). Por supuesto, nada sabía de que mi hermano Alfonso estaba a punto de iniciar, con sus amigos, esa fatal aventura en el río Amacuzac a unos mil kilómetros de ahí. Yo me había mudado a Monterrey un año y medio antes para estudiar Ciencias de la Comunicación en el ITESM. No me enteraría hasta el lunes 15 de septiembre de que Poncho estaba "desaparecido"; mis padres le habían pedido a mi hermano Nacho que no me dijese nada, para no inquietarme en vano; mis padres en esos momentos tenían aún la esperanza de todos los padres de todos los tiempos, cuando los hijos están en peligro: "Poncho aparecerá vivo, seguramente, y hasta divertido. Es un excelente nadador, es fuerte, es decidido"...Esperanzas vanas. 

En medio del dolor que padecíamos, de la infinita tristeza y estupefacción por la trágica muerte de Alfonso, de las angustiosas preguntas sin respuesta, de la consoladora solidaridad (caridad para llamarle por su nombre genuino, hermoso y olvidado), que decenas de familiares, amigos y conocidos nos dieron, especialmente a mis desechos padres, la noticia del "destape" de López Portillo que se proclamaba aquí y allá con gritos de fingido júbilo, con cataratas de adjetivos desgastados por el abuso, era para mí una amarga ironía, un ejemplo atroz de la vanidad de las cosas de este mundo: ¿Cómo puede importarles tanto "eso" - recuerdo que me preguntaba--, cuando estamos padeciendo este golpe brutal, demoledor, cuando el universo entero está en suspenso ante el hecho dolorosamente inexplicable, incomprensible de que una vida joven, maravillosa, llena de proyectos y anhelos, de inquietudes y esperanzas, se haya cancelado de súbito por no sé qué decreto divino incomprensible, injusto, tremendo?

En fin, cada cual sus recuerdos. Para mí, para los míos, fueron días, semanas, meses, tal vez años, desoladores por razones en las que nada importaba la fatua voz de locutor y la estampa de ese político engreído que desplegaba todas sus dotes de seducción para más embelesarse en la estúpida contemplación de sí mismo ante el espejo.

Ya se sabe que el domingo 4 de julio de 1976, José López Portillo y Pacheco, quien se veía a sí mismo como un nuevo (y seguramente perfeccionado) Quetzalcóatl, semejante a un dios, arrasó en la contienda electoral con el 91.9 por ciento de los votos. Ja, ja, ja...el único candidato con registro, por supuesto. Y con el PRI con todo el poder en ambas cámaras legislativas, en todas las gubernaturas de los estados "libres y soberanos". Con execrable humor negro la coalición de partidos con la que triunfó don Q (como le gustaba llamarse a sí mismo a López Portillo, al contemplarse, henchido de viril orgullo, je, je, je, en el espejo del país) se llamó "Alianza por la democracia", compuesta por el PRI y dos pequeños apéndices: el PPS y el PARM.

Muchos años después, el 17 de febrero de 2004, mi padre convalecía en el Hospital Ángeles del Pedregal, al sur de la Ciudad de México, horas después de someterse a una exitosa intervención cardíaca. Le acompañaba mi hija mayor, quien me habló por teléfono para darme la noticia: había un gran movimiento de médicos, enfermeras y personal auxiliar en el área contigua a la habitación que ocupaba mi padre ya que José López Portillo y Pacheco (es muy importante ese "y Pacheco") acababa de morir. Le respondí a mi hija que no lo podía creer, que nada habían dicho los medios de comunicación, los que yo por razones de mi oficio seguía a lo largo del día. Ella se rió: "Claro que no lo saben, papá, acaba de pasar. Uno de los médicos se lo dijo de inmediato a mi Tito (mi padre)". Y así era.
Horas después, en la noche, mi hija y yo pudimos contemplar a unos metros de nosotros los bruscos y airados ademanes y gestos propios de una encendida discusión entre José Ramón López Portillo y la viuda del ex-presidente, Sasha Montenegro, quien estaba en una silla de ruedas. Al parecer, los insignes deudos zanjaron finalmente sus diferencias, se separaron y minutos después se haría "oficial" la noticia del fallecimiento de José López Portillo y Pacheco. 

"Sic transit gloria mundi".     



jueves, 12 de julio de 2018

¡Es virtual, Jacobo, es virtual!

Me temo que durante una larga temporada, tal vez años, en México tendremos que acostumbrarnos a usar con displicencia y desparpajo el adjetivo "virtual" y su adverbio derivado: "virtualmente".

Es eso (impregnarnos de "virtualidad") o nos hundiremos en el más negro estado de ánimo, producto de una progresiva y creciente decepción.

Por lo pronto le he preguntado a un experto, al doctor Aníbal Basurto Corcuera, conocido otrora como "el gordo Basurto", y él me ha dicho:

"Mire usted, es inevitable que una sociedad inmersa en una mudanza vital de gran calado como será la bien llamada cuarta transformación, deba adaptar también su psicolingüística de una forma acorde a la profundidad, anchura y altura de los inmensos cambios que se avecinan. Ello implica recurrir a denominaciones idóneas que permitan conjurar los peligros de crecientes disonancias cognoscitivas, esto es: que eviten la incómoda percepción de que, como se decía coloquialmente en épocas pretéritas: nos tomaron el pelo o nos vieron la cara de zoquetes".

¿Podría darme algunos ejemplos, doctor?

"Por supuesto. Tomemos el caso de la lucha prioritaria para erradicar la corrupción que deberá darse desde el primer día, incluso antes, desde los prolegómenos de la cuarta transformación. Es probable que algunos individuos despistados no perciban de inmediato que los eventos de corrupción han terminado de una vez por todas y que incluso señalen alguna aparente tropelía por aquí, algún supuesto latrocinio de dineros públicos por allá, la presunta sustracción de recursos en tal dependencia gubernamental, tal vez algún aparente tráfico de influencias por el cual el compadre del secretario Tal se enriqueció...Pero serán percepciones erróneas. Y es ahí donde resulta crucial ampliar la perspectiva semántica y habituarnos a entender el concepto de virtual. Se tratará de una erradicación virtual pero total de la corrupción, ¿me entiende?"

Sí, doctor Basurto, empiezo a captar el concepto. ¿Se aplica también este adjetivo (virtual) a otras mediciones específicas?, por ejemplo ¿a la reducción a la mitad de los salarios de los altos funcionarios del gobierno?

"¡Exacto!, lo sustantivo es que se reduzcan los salarios y se cumpla el propósito anunciado. Eso es lo esencial. Otra cosa es que esa reducción se verifique virtualmente, eso será mera circunstancia, será accidente, no sustancia".

Volvamos al principio, doctor Basurto: ¿Qué debemos entender por "virtual" o por "virtualmente"?

"Muy sencillo. Tradicionalmente se registran tres acepciones del adjetivo 'virtual' en nuestra lengua. La cuarta transformación supera esa heterogeneidad semántica y concentra en una sola definición toda la riqueza del vocablo. Esa definición es la siguiente, y le ruego que tome nota puntual de mis palabras: Debe entenderse por virtual lo que produce en el paciente la percepción que desea el agente emisor de la promesa, orden, mandato o consigna. Así, lo que es explícito verbalmente en la orden del agente será real, al menos de forma tácita, en la imaginación y en los sentimientos del paciente. Apariencia es realidad".

¿Me podría dar más ejemplos en los que se aplique la virtualidad?

"Son virtualmente infinitos los campos de aplicación. Lo que a usted se le ocurra: que la Secretaría de Parques y Jardines se trasladará a tal poblado de la hermosa provincia mexicana...basta con que se abra en dicha población una oficina con ese nombre y se diga, explícitamente: 'Esta es la Secretaría de Parques y Jardines', los edificios y los miles de esforzados servidores públicos de esta Secretaría que siguen despachando en la capital del país son meros delegados que permanecen ahí por razones logísticas; es lo que llamamos 'descentralización virtual.

"También podemos pensar en reducciones virtuales de impuestos, en congelamiento virtual de precios y tarifas de la administración pública y en tantas otras cosas: la honestidad virtual, la estricta y virtual vigencia del estado de derecho, la estabilidad económica virtual, la virtual autonomía del poder judicial, la transparencia virtual, la virtual rendición de cuentas, la virtual autosuficiencia alimentaria, el superávit fiscal virtual, las refinerías virtuales, la virtualmente creciente producción de gasolinas mexicanas virtualmente limpias y puras, la reducción virtual de la deuda pública, el incremento virtual de las pensiones, el virtual aumento constante de los salarios mínimos, lo que se le ocurra, amigo, lo que usted quiera. El límite es la imaginación".

¿Virtualmente, desde luego?

"Así es, virtualmente todo puede ser virtual. ¿No es genial?".