La crisis en la Unión Europea, como la crisis global de 2008-2009, no es insólita. Al igual que decenas de crisis financieras en la historia se trata de una tremenda expansión del crédito que, de pronto, ante signos de insolvencia de los deudores, los acreedores la perciben como destinada a la catástrofe. Algo que antes no vieron, cuando prestaron sin reparos.
Ante dicha percepción se desata la estampida.
La singularidad de la crisis europea es que es la primera gran prueba de supervivencia para el concepto de Unión Europea y, específicamente, para la unión monetaria. También se singulariza porque “entrar en el euro” fue para varios países como recibir de regalo una tarjeta casi sin límite de crédito. ¿Se la merecían?
El 10 de mayo el diario alemán Bild – aldeano y populista – publicó un titular, ingenioso y grotesco, que refleja el sentimiento primario de muchos alemanes ante el paquete gigantesco acordado para respaldar al euro y rescatar a Grecia: Wir sind wieder mal Europas Deppen!, lo cual en un español muy pudibundo quiere decir: “!Otra vez somos los pelmazos de Europa!”.
Lo que no dice el Bild es que, más que rescatar a Grecia, la Unión Europea (y Alemania a la cabeza) está rescatándose a sí misma.
A toro pasado es fácil decir que Alemania jamás debió haber aceptado, como socios monetarios, a esos “desobligados improductivos”. Pero la película no se puede echar para atrás y hoy en la crisis del euro todos vamos en el mismo barco. Incluso los países ajenos a Europa, como ya vimos el jueves 6 de mayo: una corrida financiera contra el euro basta para poner a temblar al mundo.
No había, pues, alternativa.
Grecia y otros países de la unión monetaria en problemas, que son como “los parientes pobres”, se ajustan perfectamente a la descripción de países “intolerantes a la deuda” porque tienen graves debilidades institucionales, que les impiden aumentar su productividad.
Lo que para un país desarrollado sería un nivel aceptable de relación entre deuda y Producto Interno Bruto (PIB), digamos 60 por ciento, para un país con intolerancia a la deuda es veneno. Es como quien es más intolerante al colesterol que el promedio, porque tiende a desarrollar fácilmente depósitos de lipoproteínas de baja y muy baja densidad. La denominación “intolerancia a la deuda” la pusieron en circulación Carmen Reinhart y Kenneth Rogoff en su magnífico libro: “This time is different” en 2009.
México también es un país intolerante a la deuda. Por fortuna desde la crisis de 1994-1995 lo supimos y por eso hoy tenemos una relación de deuda contra PIB que, si la tuviese una economía avanzada, sería “una chulada” como para presumir de espartanos pero que, tratándose de nosotros, es apenas la que dicta la prudencia.
¿Por qué somos intolerantes a la deuda?
Dos ejemplos: 1. Basta con que tres buenos economistas – que fueron Secretarios de Hacienda- recomienden que PEMEX se abra a la asociación con inversionistas privados y salta un flamante “consejero profesional” de ese monopolio, un tal Flavio Ruiz, y los crucifica, llamándolos “cínicos” y otras lindezas (nótese que como no pueden “matar” intelectualmente el mensaje, tratan de “matar” a los mensajeros a periodicazos), 2. Nuestros egregios legisladores no son capaces de aprobar hoy una reformita laboral y se opusieron hace poco a la desaparición de tres secretarías de Estado que son a todas luces inútiles.
¿Está claro por qué somos intolerantes a la deuda?
viernes, 14 de mayo de 2010
sábado, 8 de mayo de 2010
Chamanes, charlatanes y mercados
“Puede que sea el fin del euro” dijo Joseph Stigliz el martes pasado. Stiglitz para todo fin práctico se ha convertido en un chamán mediático, después de haber sido en 2001 – merecidamente y junto con George A. Akerlof y A. Michael Spence – premio Nobel de economía por sus análisis de los mercados con información asimétrica.
En el barrullo de los medios de comunicación la frase de Stiglitz se transformó en: “Predice Stiglitz el fin del euro” – hay redactores que “cabecean” así, con gran desparpajo- y, dado que para algunos de los charlatanes de los medios el profesor Stiglitz es un chamán (“hechicero al que se supone dotado de poderes sobrenaturales para sanar a los enfermos, adivinar e invocar a los espíritus”), el presunto pronóstico se volvió mandato: El euro tiene que estallar.
En realidad Stiglitz comentó, en una entrevista con BBC radio 4, que el programa de ajuste que tendrá que sufrir Grecia le parece demasiado duro. De ahí, el chamán saltó espectacularmente – al diablo la lógica - a que el ajuste será contraproducente y de ahí, otra acrobacia, a que los problemas de Grecia (pariente pobre y chiquito de la Unión Europea) se propagarán por toda Europa. Stiglitz también dijo, para abundar en su eterno enojo hacia el Fondo Monetario Internacional, que el ajuste en lugar de sosegar a los especuladores los irritaría más.
Dicho todo esto sus entrevistadores llevaron al chamán hacia las tablas para rematar la faena: ¿Será el fin del euro?, le preguntaron. Y Stiglitz fue, como noble bestia, tras el engaño: “Sí, podría ser el fin del euro”. Buena tarde; orejas y rabo para las declaraciones.
En el mundo racional, no en el de los chamanes ni en el de los charlatanes, las personas atienden a los datos y a los hechos. Datos y hechos que son, en el caso de Grecia: 1. El ajuste es indispensablemente duro, porque se trata de alinear una economía tremendamente improductiva (Grecia) con un estándar de productividad aceptable, como el de Alemania. 2. El programa de ajuste – aprobado ya tanto por el parlamento griego como por el parlamento de Alemania, cuyos contribuyentes tendrán que poner buena parte de los recursos para el rescate-, es necesario si Grecia quiere seguir en el club del euro. 3. Los griegos, que podrán ser tildados de perezosos pero no de estúpidos, quieren permanecer dentro del club y no volverse unos parias de la economía mundial, y 4. Que se cumpla el programa de ajuste es lo más conveniente para que subsistan el euro y la Unión Europea, y eso es lo más conveniente para el mundo.
Ahora bien, que la salud del euro sea buena para Europa, y para el mundo, no quiere decir que sea buena para quienes podrían obtener cuantiosas ganancias apostando en contra del euro. Por ejemplo, George Soros obtuvo cuantiosos ingresos apostando hace años contra la libra esterlina, podría obtenerlos ahora –él o algunos otros grandes especuladores- si logran matar al euro.
A mí no me escandaliza que haya personajes que lucren apostando en contra de la estabilidad. Así funcionan los mercados. Más aún, si tuviese los recursos – que no los tengo- para entrar en ese juego estaría en estos momentos apostando a favor del euro, porque la experiencia me ha mostrado que la racionalidad paga y paga bien; aunque se tarde, a veces. Y porque detesto a quienes pudiendo ser doctos economistas se vuelven chamanes mediáticos; así como a los charlatanes que, vociferando sandeces, los apoyan.
En el barrullo de los medios de comunicación la frase de Stiglitz se transformó en: “Predice Stiglitz el fin del euro” – hay redactores que “cabecean” así, con gran desparpajo- y, dado que para algunos de los charlatanes de los medios el profesor Stiglitz es un chamán (“hechicero al que se supone dotado de poderes sobrenaturales para sanar a los enfermos, adivinar e invocar a los espíritus”), el presunto pronóstico se volvió mandato: El euro tiene que estallar.
En realidad Stiglitz comentó, en una entrevista con BBC radio 4, que el programa de ajuste que tendrá que sufrir Grecia le parece demasiado duro. De ahí, el chamán saltó espectacularmente – al diablo la lógica - a que el ajuste será contraproducente y de ahí, otra acrobacia, a que los problemas de Grecia (pariente pobre y chiquito de la Unión Europea) se propagarán por toda Europa. Stiglitz también dijo, para abundar en su eterno enojo hacia el Fondo Monetario Internacional, que el ajuste en lugar de sosegar a los especuladores los irritaría más.
Dicho todo esto sus entrevistadores llevaron al chamán hacia las tablas para rematar la faena: ¿Será el fin del euro?, le preguntaron. Y Stiglitz fue, como noble bestia, tras el engaño: “Sí, podría ser el fin del euro”. Buena tarde; orejas y rabo para las declaraciones.
En el mundo racional, no en el de los chamanes ni en el de los charlatanes, las personas atienden a los datos y a los hechos. Datos y hechos que son, en el caso de Grecia: 1. El ajuste es indispensablemente duro, porque se trata de alinear una economía tremendamente improductiva (Grecia) con un estándar de productividad aceptable, como el de Alemania. 2. El programa de ajuste – aprobado ya tanto por el parlamento griego como por el parlamento de Alemania, cuyos contribuyentes tendrán que poner buena parte de los recursos para el rescate-, es necesario si Grecia quiere seguir en el club del euro. 3. Los griegos, que podrán ser tildados de perezosos pero no de estúpidos, quieren permanecer dentro del club y no volverse unos parias de la economía mundial, y 4. Que se cumpla el programa de ajuste es lo más conveniente para que subsistan el euro y la Unión Europea, y eso es lo más conveniente para el mundo.
Ahora bien, que la salud del euro sea buena para Europa, y para el mundo, no quiere decir que sea buena para quienes podrían obtener cuantiosas ganancias apostando en contra del euro. Por ejemplo, George Soros obtuvo cuantiosos ingresos apostando hace años contra la libra esterlina, podría obtenerlos ahora –él o algunos otros grandes especuladores- si logran matar al euro.
A mí no me escandaliza que haya personajes que lucren apostando en contra de la estabilidad. Así funcionan los mercados. Más aún, si tuviese los recursos – que no los tengo- para entrar en ese juego estaría en estos momentos apostando a favor del euro, porque la experiencia me ha mostrado que la racionalidad paga y paga bien; aunque se tarde, a veces. Y porque detesto a quienes pudiendo ser doctos economistas se vuelven chamanes mediáticos; así como a los charlatanes que, vociferando sandeces, los apoyan.
sábado, 1 de mayo de 2010
¿Instituciones o tugurios?
Un tugurio es un “establecimiento pequeño y mezquino”. Un antro es, a su vez, un “establecimiento de mal aspecto o reputación”. ¿Cuál es la diferencia?
Si, como aseguran hoy los pontífices de la comunicación, nuestros ínclitos legisladores en la capital del país discuten en estos días una “ley de los antros”, ¿por qué no habrían de crear también una “ley de los tugurios”?
Alguien dirá que esto de llamarle “antros” a los bares, discotecas, y demás establecimientos de alboroto nocturno, sólo refleja la espiral descendente o el proceso de degradación al que hemos sometido al lenguaje. Lo mismo que sucede cuando algún afamado periódico, de aires tan aldeanos como arrogantes, ha decidido adoptar la jerga de los delincuentes e informa que “tres personas fueron levantadas ayer en la calzada de los Remedios y se teme por su vida”.
Pero se trata de un fenómeno más amplio y demoledor. Asistimos despreocupados y hasta entusiastas a un vertiginoso descenso de la calidad humana; un desgaste adicional de neuronas y nos “comunicaremos” mediante gemidos espasmódicos y zarandeos músculo-esqueléticos. Aullidos de animalitos vagando en las lindes de la selva a la búsqueda de un mendrugo.
Obedecemos, sin percatarnos, a una implícita pero rigurosa ley de los tugurios, que consiste en degradar la inteligencia para mejor asemejarnos a bestias más o menos repulsivas. El proceso de descenso en espiral vertiginosa arroja, por sorprendente que parezca, algunas ganancias particulares. Alguien, en medio de la progresiva caída, obtiene beneficios. Por lo pronto, ganan los incompetentes que ven avanzar su imperio y encuentran, en el mundo de los tugurios, que la chapuza y la simulación ya no sólo son toleradas, sino premiadas con palmaditas de “reconocimiento social”.
No es extraño, en este medio degradado, que confundamos instituciones con tugurios, establecimientos mezquinos, de mal aspecto. Dicho en lenguaje de tugurio, “le echamos más agua a los frijoles y aumentamos el número de invitados a la fiesta”. Dicho en buen español: “cualquier componenda de tugurio puede festinarse como arreglo institucional; pactemos, pues”.
En Grecia se resisten a comportarse como “prusianos del mediterráneo”. Conjeturan que podrán librar el trance “echándole más agua a los frijoles”. Procedimiento similar, en esencia, al de añadirle otro carril imaginario a la avenida – “pinta una raya más”- para incrementar la capacidad de la vereda de asfalto.
Hasta donde me quedé, el primer día de mayo, que es hoy, es el día del trabajo. Lo que, en lenguaje de tugurio, significa que hay que luchar, frenéticos si es preciso, por “el puente” correspondiente. Demandar, aullar, por nuestra holganza revolucionariamente conquistada. Que quede claro: no aceptaremos reformas laborales ominosas y neoliberales con sus improntas de productividad, valor agregado e inteligencia. Queremos holganza, no reformas.
Oí decir a un legislador que ellos trabajan con frenesí en estos días. Pero mientras el esforzado hablaba en la tribuna, apareció al fondo del salón un personaje reputado como indiscutible líder parlamentario, partía plaza regalando, con aire de perdonar vidas, desdeñosos saludos. La ley de los tugurios: “Ya llegó por quien lloraban”. La aduana por donde todos tienen que pasar y a quien todos tienen que suplicar. Eso sí: ¡qué fatigoso debe ser echarle más agua a los frijoles!
Si, como aseguran hoy los pontífices de la comunicación, nuestros ínclitos legisladores en la capital del país discuten en estos días una “ley de los antros”, ¿por qué no habrían de crear también una “ley de los tugurios”?
Alguien dirá que esto de llamarle “antros” a los bares, discotecas, y demás establecimientos de alboroto nocturno, sólo refleja la espiral descendente o el proceso de degradación al que hemos sometido al lenguaje. Lo mismo que sucede cuando algún afamado periódico, de aires tan aldeanos como arrogantes, ha decidido adoptar la jerga de los delincuentes e informa que “tres personas fueron levantadas ayer en la calzada de los Remedios y se teme por su vida”.
Pero se trata de un fenómeno más amplio y demoledor. Asistimos despreocupados y hasta entusiastas a un vertiginoso descenso de la calidad humana; un desgaste adicional de neuronas y nos “comunicaremos” mediante gemidos espasmódicos y zarandeos músculo-esqueléticos. Aullidos de animalitos vagando en las lindes de la selva a la búsqueda de un mendrugo.
Obedecemos, sin percatarnos, a una implícita pero rigurosa ley de los tugurios, que consiste en degradar la inteligencia para mejor asemejarnos a bestias más o menos repulsivas. El proceso de descenso en espiral vertiginosa arroja, por sorprendente que parezca, algunas ganancias particulares. Alguien, en medio de la progresiva caída, obtiene beneficios. Por lo pronto, ganan los incompetentes que ven avanzar su imperio y encuentran, en el mundo de los tugurios, que la chapuza y la simulación ya no sólo son toleradas, sino premiadas con palmaditas de “reconocimiento social”.
No es extraño, en este medio degradado, que confundamos instituciones con tugurios, establecimientos mezquinos, de mal aspecto. Dicho en lenguaje de tugurio, “le echamos más agua a los frijoles y aumentamos el número de invitados a la fiesta”. Dicho en buen español: “cualquier componenda de tugurio puede festinarse como arreglo institucional; pactemos, pues”.
En Grecia se resisten a comportarse como “prusianos del mediterráneo”. Conjeturan que podrán librar el trance “echándole más agua a los frijoles”. Procedimiento similar, en esencia, al de añadirle otro carril imaginario a la avenida – “pinta una raya más”- para incrementar la capacidad de la vereda de asfalto.
Hasta donde me quedé, el primer día de mayo, que es hoy, es el día del trabajo. Lo que, en lenguaje de tugurio, significa que hay que luchar, frenéticos si es preciso, por “el puente” correspondiente. Demandar, aullar, por nuestra holganza revolucionariamente conquistada. Que quede claro: no aceptaremos reformas laborales ominosas y neoliberales con sus improntas de productividad, valor agregado e inteligencia. Queremos holganza, no reformas.
Oí decir a un legislador que ellos trabajan con frenesí en estos días. Pero mientras el esforzado hablaba en la tribuna, apareció al fondo del salón un personaje reputado como indiscutible líder parlamentario, partía plaza regalando, con aire de perdonar vidas, desdeñosos saludos. La ley de los tugurios: “Ya llegó por quien lloraban”. La aduana por donde todos tienen que pasar y a quien todos tienen que suplicar. Eso sí: ¡qué fatigoso debe ser echarle más agua a los frijoles!
viernes, 23 de abril de 2010
Del circo a la prevaricación
Durante mucho tiempo, tal vez dos o hasta tres décadas, España se nos ofreció como modelo. Ya no más.
Primero, fue la límpida transición: ir de la patética agonía y muerte de un dictador vetusto a la construcción generosa de una democracia en el marco de una moderna monarquía parlamentaria. La clave del tránsito terso fue la voluntad de ir de la ley a la ley sin apelar a las rupturas brutales, así como la generosa disposición de un joven monarca, Juan Carlos, para trabajar sin descanso en la domesticación de voluntades que se antojaban indómitas e irredentas, a derecha e izquierda.
Después, fue el éxito de la economía española enmarcado por su inserción plena en Europa, sustentado en su apuesta por la ley y la libertad. España llegó a crecer más que el resto de la Unión Europea. Las grandes corporaciones españolas conquistaron los mercados de Hispanoamérica en las telecomunicaciones, en las finanzas, en los energéticos, en la construcción y hasta en el terreno de las tecnologías verdes o limpias.
Pero el tiempo todo lo muda. Hoy España difícilmente es modelo. Ojalá España logre salir del lastimoso trance en que la deshonestidad intelectual, la mucha ambición de políticos y negociantes (servida frecuentemente por una desparpajada falta de escrúpulos), las necedades aldeanas y otros males, como el progresismo bobalicón, la han metido.
Un ejemplo, tal vez paradigmático, de la profunda crisis económica, social y moral en la que hoy naufraga España, son las tribulaciones en que se ha metido el famoso juez Baltasar Garzón. Famoso en el orbe a fuerza de golpes mediáticos diseñados para cosechar la admiración candorosa de los progres. Juzgar y condenar (porque se trataba de un juicio con la sentencia cargada de antemano) al dictador chileno Augusto Pinochet fue una gran lanzada mediática. Y ahí se siguió la carrera meteórica de un extraño juez amante de los reflectores, parcializado por la toma de posturas partidistas, aupado por amigos negociantes tanto más poderosos cuanto más cercanos han sido a los gobiernos de la progresía española (socialista de apellido); progresía que abandonó el dogmatismo de la lucha de clases para encaramarse en el más burdo capitalismo de los compadres.
Hoy Garzón enfrenta, entre otras, acusaciones de prevaricación (durísima palabra) con las armas que conoce: Sus contactos entre la progresía multinacional de habla hispana -hasta en México le han salido un par de compadres defensores en la prensa-, sus amigos del poderoso grupo mediático que forjó Jesús Polanco, sus enchufes con los gobiernos de apellido socialista. Con algaradas, carteles, gritos y consignas. Curioso juez que prefiere tales recursos frívolos para defenderse, en lugar de aquellos que debiera conocer al dedillo: el alegato jurídico y ponderado en cortes y juzgados. Cada cual es lo que es y cada cual hace lo que sabe y puede.
Otro capítulo de la picaresca española puesto al día, salpicado de invocaciones trasnochadas y tremendistas a los fantasmas de la guerra civil y del franquismo, cuando Francisco Franco murió hace mucho, 34 años y muchos meses para ser casi exactos, y sus despojos ya ni a los gusanos atraen.
Lo aleccionador, detrás de la anécdota de Garzón, es constatar que quien hace de la justicia un circo, un negocio para los traficantes de ruido, con frecuencia termina recibiendo como pago la misma moneda falsa que puso en circulación.
Primero, fue la límpida transición: ir de la patética agonía y muerte de un dictador vetusto a la construcción generosa de una democracia en el marco de una moderna monarquía parlamentaria. La clave del tránsito terso fue la voluntad de ir de la ley a la ley sin apelar a las rupturas brutales, así como la generosa disposición de un joven monarca, Juan Carlos, para trabajar sin descanso en la domesticación de voluntades que se antojaban indómitas e irredentas, a derecha e izquierda.
Después, fue el éxito de la economía española enmarcado por su inserción plena en Europa, sustentado en su apuesta por la ley y la libertad. España llegó a crecer más que el resto de la Unión Europea. Las grandes corporaciones españolas conquistaron los mercados de Hispanoamérica en las telecomunicaciones, en las finanzas, en los energéticos, en la construcción y hasta en el terreno de las tecnologías verdes o limpias.
Pero el tiempo todo lo muda. Hoy España difícilmente es modelo. Ojalá España logre salir del lastimoso trance en que la deshonestidad intelectual, la mucha ambición de políticos y negociantes (servida frecuentemente por una desparpajada falta de escrúpulos), las necedades aldeanas y otros males, como el progresismo bobalicón, la han metido.
Un ejemplo, tal vez paradigmático, de la profunda crisis económica, social y moral en la que hoy naufraga España, son las tribulaciones en que se ha metido el famoso juez Baltasar Garzón. Famoso en el orbe a fuerza de golpes mediáticos diseñados para cosechar la admiración candorosa de los progres. Juzgar y condenar (porque se trataba de un juicio con la sentencia cargada de antemano) al dictador chileno Augusto Pinochet fue una gran lanzada mediática. Y ahí se siguió la carrera meteórica de un extraño juez amante de los reflectores, parcializado por la toma de posturas partidistas, aupado por amigos negociantes tanto más poderosos cuanto más cercanos han sido a los gobiernos de la progresía española (socialista de apellido); progresía que abandonó el dogmatismo de la lucha de clases para encaramarse en el más burdo capitalismo de los compadres.
Hoy Garzón enfrenta, entre otras, acusaciones de prevaricación (durísima palabra) con las armas que conoce: Sus contactos entre la progresía multinacional de habla hispana -hasta en México le han salido un par de compadres defensores en la prensa-, sus amigos del poderoso grupo mediático que forjó Jesús Polanco, sus enchufes con los gobiernos de apellido socialista. Con algaradas, carteles, gritos y consignas. Curioso juez que prefiere tales recursos frívolos para defenderse, en lugar de aquellos que debiera conocer al dedillo: el alegato jurídico y ponderado en cortes y juzgados. Cada cual es lo que es y cada cual hace lo que sabe y puede.
Otro capítulo de la picaresca española puesto al día, salpicado de invocaciones trasnochadas y tremendistas a los fantasmas de la guerra civil y del franquismo, cuando Francisco Franco murió hace mucho, 34 años y muchos meses para ser casi exactos, y sus despojos ya ni a los gusanos atraen.
Lo aleccionador, detrás de la anécdota de Garzón, es constatar que quien hace de la justicia un circo, un negocio para los traficantes de ruido, con frecuencia termina recibiendo como pago la misma moneda falsa que puso en circulación.
sábado, 17 de abril de 2010
Las alarmas que nunca sonaron
Hay episodios de crisis económicas que son como chaparrones de verano: Gordas gotas de agua que caen intensas y despiadadas, pero pronto el cielo se abre, la luz regresa y cada cual a lo suyo tras la tormenta efímera.
La calamidad mundial de la que estamos saliendo no fue de esa clase. Ha sido una crisis de la que el mundo surgirá diferente de lo que fue, para bien o para mal. No será, por supuesto, la última gran crisis mundial, porque la capacidad de autoengaño que tenemos los seres humanos parece inagotable. Pero tal vez esta crisis, como conjetura Dario Valcárcel en un recomendable análisis publicado por ABC en España, alumbre monstruos y soluciones originales a la vista de algunas peculiaridades que ha tenido y que cuando menos deberían despertar esa dormida capacidad de asombro que precede a los descubrimientos cruciales.
Al escudriñar los orígenes de esta crisis – una disfunción severa e inesperada en el sistema circulatorio de las finanzas globales- descubrimos novedades más o menos asombrosas.
Me refiero, para ser específico, a la inesperada y perniciosa capacidad que mostró el excesivo apalancamiento (crédito, deuda) para generar, en el otro lado de los balances, un conjunto de activos financieros que tuvieron toda la pinta, todo el aroma y hasta el modo de comportarse que tiene la riqueza real, sin que fuesen cabalmente riqueza. De pronto, mientras más debes más rico pareces. Contra la lógica tradicional de la tienda de abarrotes las deudas se mutan en riqueza. Obtienes una hipoteca, que se se supone es para adquirir una casa pero en realidad esa nueva deuda se transmuta – por obra y gracia del empaquetamiento financiero- en riqueza, es tu banco personal con fondos que parecen inagotables y contra los cuales puedes girar para hacerte de otra casa más, de un auto y hasta de unas vacaciones rumbosas como de político botarete visitando la finca de los hermanitos Castro en el Caribe.
Del otro lado del mostrador tienes, digamos, a los exportadores de alguna economía emergente o a un pensionado europeo buscando dónde invertir sus ahorros y esos excedentes van, de forma insospechada, a ser la contraparte de tus dos o tres casas, de tu auto y hasta de tus vacaciones inolvidables. A nadie conviene que este amago de máquina de movimiento perpetuo termine; mucho menos que termine de forma abrupta. Pero se acabó. Contra la lógica no hay fuero.
El problema es que esta orgía de crédito pasó el retén de los indicadores de alarma sin que se encendiera una sola luz roja. La orgía de crédito no se volvió inflación detectable sino que halló acomodo en esos activos financieros novedosos y cautivadores: por ejemplo, los “vehículos estructurados de inversión”. Que fueron, en muchos casos, como esas pócimas energéticas que, dicen, te permiten “reventarte” toda la noche sin percibir ni un asomo de fatiga.
Habrá que entender y aprender para inventarnos detectores de alerta, en los mercados financieros, que no nos engañen. No es tarea sencilla porque con facilidad, y dado que se trata de asuntos en los que los políticos siempre meten las manos y hasta los píes, puede concluir con normas y prohibiciones tan simplistas como absurdas, reglas condenadas al incumplimiento o a la simulación (como esa de cambiar datos personales por el permiso burocrático de tener una línea telefónica) que inhiban y encarezcan la creatividad financiera. Ese sí sería un pésimo negocio. Cuidado.
La calamidad mundial de la que estamos saliendo no fue de esa clase. Ha sido una crisis de la que el mundo surgirá diferente de lo que fue, para bien o para mal. No será, por supuesto, la última gran crisis mundial, porque la capacidad de autoengaño que tenemos los seres humanos parece inagotable. Pero tal vez esta crisis, como conjetura Dario Valcárcel en un recomendable análisis publicado por ABC en España, alumbre monstruos y soluciones originales a la vista de algunas peculiaridades que ha tenido y que cuando menos deberían despertar esa dormida capacidad de asombro que precede a los descubrimientos cruciales.
Al escudriñar los orígenes de esta crisis – una disfunción severa e inesperada en el sistema circulatorio de las finanzas globales- descubrimos novedades más o menos asombrosas.
Me refiero, para ser específico, a la inesperada y perniciosa capacidad que mostró el excesivo apalancamiento (crédito, deuda) para generar, en el otro lado de los balances, un conjunto de activos financieros que tuvieron toda la pinta, todo el aroma y hasta el modo de comportarse que tiene la riqueza real, sin que fuesen cabalmente riqueza. De pronto, mientras más debes más rico pareces. Contra la lógica tradicional de la tienda de abarrotes las deudas se mutan en riqueza. Obtienes una hipoteca, que se se supone es para adquirir una casa pero en realidad esa nueva deuda se transmuta – por obra y gracia del empaquetamiento financiero- en riqueza, es tu banco personal con fondos que parecen inagotables y contra los cuales puedes girar para hacerte de otra casa más, de un auto y hasta de unas vacaciones rumbosas como de político botarete visitando la finca de los hermanitos Castro en el Caribe.
Del otro lado del mostrador tienes, digamos, a los exportadores de alguna economía emergente o a un pensionado europeo buscando dónde invertir sus ahorros y esos excedentes van, de forma insospechada, a ser la contraparte de tus dos o tres casas, de tu auto y hasta de tus vacaciones inolvidables. A nadie conviene que este amago de máquina de movimiento perpetuo termine; mucho menos que termine de forma abrupta. Pero se acabó. Contra la lógica no hay fuero.
El problema es que esta orgía de crédito pasó el retén de los indicadores de alarma sin que se encendiera una sola luz roja. La orgía de crédito no se volvió inflación detectable sino que halló acomodo en esos activos financieros novedosos y cautivadores: por ejemplo, los “vehículos estructurados de inversión”. Que fueron, en muchos casos, como esas pócimas energéticas que, dicen, te permiten “reventarte” toda la noche sin percibir ni un asomo de fatiga.
Habrá que entender y aprender para inventarnos detectores de alerta, en los mercados financieros, que no nos engañen. No es tarea sencilla porque con facilidad, y dado que se trata de asuntos en los que los políticos siempre meten las manos y hasta los píes, puede concluir con normas y prohibiciones tan simplistas como absurdas, reglas condenadas al incumplimiento o a la simulación (como esa de cambiar datos personales por el permiso burocrático de tener una línea telefónica) que inhiban y encarezcan la creatividad financiera. Ese sí sería un pésimo negocio. Cuidado.
viernes, 9 de abril de 2010
Greenspan y el reparto de culpas
Se necesita ser muy arrogante, amén de muy bruto, para condenar o absolver de un plumazo a Alan Greenspan respecto de la gestación de la calamidad financiera y económica mundial que padecimos de forma particularmente aguda en 2008 y 2009.
Una de las novedades de esta semana – esos alaridos con los que los medios de comunicación y el entramado político tratan de llamar nuestra atención – fue que los legisladores estadounidenses sentaron en el banquillo a Greenspan. Éste, fiel a su talante, tuvo el talento para elaborar argumentos plausibles en su descargo y en el de la Reserva Federal de los Estados Unidos y para reconocer algunos errores de apreciación. Hay que decir, aunque Greenspan no tuvo el instinto suicida para hacerlo, que dichos errores de apreciación en todo caso tuvieron consecuencias desastrosas para la economía mundial.
Lo que nos debiera importar del episodio, sin embargo, es desentrañar la verdad detrás de la crisis. No estamos, a pesar del afán de muchos colegas por reivindicar la llamada “nota roja”, ante la escena de un crimen jugando a los detectives geniales que descubren súbitamente al criminal, desenmascaran sus perversos móviles, lo juzgan sumariamente y lo procesan en el patíbulo “mediático” (uno de los más crueles e injustos) mediante una “exclusiva”. Mucho menos estamos ante esa degradación del periodismo a mera notoriedad narcisista (“y aquí está el inmarcesible don Julio abrazando al famoso narcotraficante como muestra máxima del periodismo progre”), en el que algunas vacas sagradas del oficio fatigan sus días postreros.
Alguna vez, André Frossard escribió que un intelectual es aquél cuya profesión es la verdad. Algo así debiera ser el periodismo, pero dista de serlo evidentemente.
Volvamos a Greenspan y a la peor calamidad económica global de los últimos tiempos: ¿Por qué fue posible tal desastre?, ¿qué falló?, ¿qué faltó?, ¿qué sobró?
Respuestas provisionales: 1. Por lo que hace a Greenspan, a la Fed y a otros grandes bancos centrales debe decirse que sobró autoconfianza respecto de su capacidad para detener a tiempo una expansión insólita del crédito en el mundo que, hay que decirlo, sólo podía tener una conclusión fatal. Faltó humildad para no repetir errores más que conocidos por personas brillantes, como sin duda lo es Greenspan.
2. Por lo que hace a los reguladores en general, en los países desarrollados no sólo en Estados Unidos, faltó previsión al tiempo que sobró ese pernicioso afán del burócrata que cree “controlar” todas las variables desde su escritorio.
3. Las agencias calificadoras tuvieron, en los prolegómenos de esta crisis, un papel tan desastroso como falto de ética. Así, con todas sus letras.
3. Pero sobre todo uno de los principales orígenes de la crisis, tal vez el más grave y condenable – y Greenspan tuvo el tino de mencionarlo-, fue la presunción de los políticos, todos los presidentes de los Estados Unidos de James Carter a la fecha entre otros, de que, al influjo de su sola palabra encendida pueden hacer que tenga casa quien carece de los ingresos para tenerla o pagarla. Y quien dice “casa”, dice “salud”, “enseñanza”, “empleo” y decenas de bienes más. Esos deliciosos pasteles imaginarios – que nadie ha horneado- y que los políticos reparten con singular desparpajo.
A ver si aprendemos, pero lo dudo: nuestra capacidad de autoengaño cuando los tiempos son bonancibles parece inagotable.
Una de las novedades de esta semana – esos alaridos con los que los medios de comunicación y el entramado político tratan de llamar nuestra atención – fue que los legisladores estadounidenses sentaron en el banquillo a Greenspan. Éste, fiel a su talante, tuvo el talento para elaborar argumentos plausibles en su descargo y en el de la Reserva Federal de los Estados Unidos y para reconocer algunos errores de apreciación. Hay que decir, aunque Greenspan no tuvo el instinto suicida para hacerlo, que dichos errores de apreciación en todo caso tuvieron consecuencias desastrosas para la economía mundial.
Lo que nos debiera importar del episodio, sin embargo, es desentrañar la verdad detrás de la crisis. No estamos, a pesar del afán de muchos colegas por reivindicar la llamada “nota roja”, ante la escena de un crimen jugando a los detectives geniales que descubren súbitamente al criminal, desenmascaran sus perversos móviles, lo juzgan sumariamente y lo procesan en el patíbulo “mediático” (uno de los más crueles e injustos) mediante una “exclusiva”. Mucho menos estamos ante esa degradación del periodismo a mera notoriedad narcisista (“y aquí está el inmarcesible don Julio abrazando al famoso narcotraficante como muestra máxima del periodismo progre”), en el que algunas vacas sagradas del oficio fatigan sus días postreros.
Alguna vez, André Frossard escribió que un intelectual es aquél cuya profesión es la verdad. Algo así debiera ser el periodismo, pero dista de serlo evidentemente.
Volvamos a Greenspan y a la peor calamidad económica global de los últimos tiempos: ¿Por qué fue posible tal desastre?, ¿qué falló?, ¿qué faltó?, ¿qué sobró?
Respuestas provisionales: 1. Por lo que hace a Greenspan, a la Fed y a otros grandes bancos centrales debe decirse que sobró autoconfianza respecto de su capacidad para detener a tiempo una expansión insólita del crédito en el mundo que, hay que decirlo, sólo podía tener una conclusión fatal. Faltó humildad para no repetir errores más que conocidos por personas brillantes, como sin duda lo es Greenspan.
2. Por lo que hace a los reguladores en general, en los países desarrollados no sólo en Estados Unidos, faltó previsión al tiempo que sobró ese pernicioso afán del burócrata que cree “controlar” todas las variables desde su escritorio.
3. Las agencias calificadoras tuvieron, en los prolegómenos de esta crisis, un papel tan desastroso como falto de ética. Así, con todas sus letras.
3. Pero sobre todo uno de los principales orígenes de la crisis, tal vez el más grave y condenable – y Greenspan tuvo el tino de mencionarlo-, fue la presunción de los políticos, todos los presidentes de los Estados Unidos de James Carter a la fecha entre otros, de que, al influjo de su sola palabra encendida pueden hacer que tenga casa quien carece de los ingresos para tenerla o pagarla. Y quien dice “casa”, dice “salud”, “enseñanza”, “empleo” y decenas de bienes más. Esos deliciosos pasteles imaginarios – que nadie ha horneado- y que los políticos reparten con singular desparpajo.
A ver si aprendemos, pero lo dudo: nuestra capacidad de autoengaño cuando los tiempos son bonancibles parece inagotable.
sábado, 3 de abril de 2010
Elogio de la holganza legislativa
No entiendo qué beneficio se derivaría del hecho de que diputados y senadores celebrasen sesiones en lugar de decretar largos recesos legislativos, como sucede ahora con motivo de la semana santa y de la semana de pascua.
Un cínico, como yo, diría recurriendo a la jerga de los economistas que la holganza legislativa tiene un costo de oportunidad menor para la sociedad que el “trabajo” legislativo. Basta analizar los resultados efectivos de la mayor parte del “trabajo” legislativo. Pensemos, por ejemplo, en la brillante legislación que, so pretexto de reducir las extorsiones criminales, nos obliga a todos los propietarios de una línea de teléfono a registrar nuestros datos más personales (y susceptibles de ser usados por un criminal precisamente para extorsionarnos) ante quién sabe qué autoridades. Me queda claro que los perjuicios derivados de esa ocurrencia superan con creces los presuntos beneficios que en teoría generaría dicha norma; que además tiene todos los visos de ser impracticable.
En ese, como en muchos otros casos, la abstención legislativa arrojaría más beneficios que los que produce la diligencia de los legisladores. Entonces, ¿a qué viene tanto escándalo y rasgarse las vestiduras porque los tribunos – del género masculino lo mismo que del género femenino, porque no faltará el “genio” cursi que hable de las legisladoras como de “las gentiles damitas tribunas” – se hayan recetado a sí mismos otros días más de holganza?
El del “trabajo” legislativo, en este sentido, es un caso parecido al de los organilleros que pululan en el centro de la ciudad de México, contribuyendo al atroz barullo. Son, se me dirá, “una bonita tradición mexicana”. Pamplinas. En realidad, es una odiosa forma de mendicidad que surgió en algunas ciudades de Europa central hace un par de siglos y que conservamos ridículamente transplantada a México (haciéndole competencia, en la generación de ruido, a los danzantes disfrazados de falsos aztecas, a los policías dizque dirigiendo a silbatazos el tráfico de vehículos y a los gritones ambulantes que ofrecen mercancías tan baratas como sospechosas). Práctica importuna y detestable avalada por el reclamo lastimero: “¡Coopere, joven, para que no muera la tradición!”. Pregunto: ¿Cuánto cuesta que muera tan odiosa costumbre de una vez por todas?
Si de todas formas pagamos, de fuerza que no de grado (como dirían los clásicos), el salario de los legisladores y toda su parafernalia, me parece un mal menor que los beneficiarios de esas generosas becas no hagan nada comparado con el mal mayor de pedirles más ocurrencias nefastas.
El economista Paul Streeten, originalmente apellidado Horning, quien vivía en Austria en las primeras décadas del siglo pasado, describía este fenómeno: “En Viena había músicos y cantores que daban serenatas. La gente les tiraba dinero, a veces para que se fueran y la gente pudiera dormir tranquila. Estos cantantes fueron, con el tiempo, el paradigma que me hizo escéptico del Producto Interno Bruto como medida del bienestar económico. Porque esas personas recibían dinero por producir un mal; mejor dicho: por dejar de producirlo”.
Parece una indignación farisaica lamentar un par de semanas más de holganza de nuestros legisladores. ¿Alguien cree de veras que si hubiésemos tenido a 500 diputados y 128 senadores “trabajando” durante la semana santa y la semana de pascua eso le habría generado al país un gran beneficio?
Un cínico, como yo, diría recurriendo a la jerga de los economistas que la holganza legislativa tiene un costo de oportunidad menor para la sociedad que el “trabajo” legislativo. Basta analizar los resultados efectivos de la mayor parte del “trabajo” legislativo. Pensemos, por ejemplo, en la brillante legislación que, so pretexto de reducir las extorsiones criminales, nos obliga a todos los propietarios de una línea de teléfono a registrar nuestros datos más personales (y susceptibles de ser usados por un criminal precisamente para extorsionarnos) ante quién sabe qué autoridades. Me queda claro que los perjuicios derivados de esa ocurrencia superan con creces los presuntos beneficios que en teoría generaría dicha norma; que además tiene todos los visos de ser impracticable.
En ese, como en muchos otros casos, la abstención legislativa arrojaría más beneficios que los que produce la diligencia de los legisladores. Entonces, ¿a qué viene tanto escándalo y rasgarse las vestiduras porque los tribunos – del género masculino lo mismo que del género femenino, porque no faltará el “genio” cursi que hable de las legisladoras como de “las gentiles damitas tribunas” – se hayan recetado a sí mismos otros días más de holganza?
El del “trabajo” legislativo, en este sentido, es un caso parecido al de los organilleros que pululan en el centro de la ciudad de México, contribuyendo al atroz barullo. Son, se me dirá, “una bonita tradición mexicana”. Pamplinas. En realidad, es una odiosa forma de mendicidad que surgió en algunas ciudades de Europa central hace un par de siglos y que conservamos ridículamente transplantada a México (haciéndole competencia, en la generación de ruido, a los danzantes disfrazados de falsos aztecas, a los policías dizque dirigiendo a silbatazos el tráfico de vehículos y a los gritones ambulantes que ofrecen mercancías tan baratas como sospechosas). Práctica importuna y detestable avalada por el reclamo lastimero: “¡Coopere, joven, para que no muera la tradición!”. Pregunto: ¿Cuánto cuesta que muera tan odiosa costumbre de una vez por todas?
Si de todas formas pagamos, de fuerza que no de grado (como dirían los clásicos), el salario de los legisladores y toda su parafernalia, me parece un mal menor que los beneficiarios de esas generosas becas no hagan nada comparado con el mal mayor de pedirles más ocurrencias nefastas.
El economista Paul Streeten, originalmente apellidado Horning, quien vivía en Austria en las primeras décadas del siglo pasado, describía este fenómeno: “En Viena había músicos y cantores que daban serenatas. La gente les tiraba dinero, a veces para que se fueran y la gente pudiera dormir tranquila. Estos cantantes fueron, con el tiempo, el paradigma que me hizo escéptico del Producto Interno Bruto como medida del bienestar económico. Porque esas personas recibían dinero por producir un mal; mejor dicho: por dejar de producirlo”.
Parece una indignación farisaica lamentar un par de semanas más de holganza de nuestros legisladores. ¿Alguien cree de veras que si hubiésemos tenido a 500 diputados y 128 senadores “trabajando” durante la semana santa y la semana de pascua eso le habría generado al país un gran beneficio?
Suscribirse a:
Entradas (Atom)