El pensamiento dominante en los Estados Unidos – tanto entre los demócratas como entre los republicanos- se ha vuelto indiferente ante la peor amenaza que se cierne sobre esa economía y también sobre la economía mundial: el creciente déficit fiscal.
En un memorable artículo, publicado en su blog del Financial Times esta semana, Martin Wolf muestra que en Estados Unidos tanto para los políticos “conservadores” como para los “progresistas” (las comillas son indispensables tratándose de caracterizaciones ideológicas) carece de utilidad actuar eficazmente para corregir el desastroso balance público.
El pensamiento republicano dominante recurre a esa gran genialidad política del gobierno de Ronald Reagan que fue la “economía de la oferta” o supply side economics, como conjuro mágico que haría desaparecer el déficit. Dicho esquemáticamente este milagro consiste en que si se disminuyen sustancialmente los impuestos, los ingresos públicos crecen debido al gran estímulo que, entonces, recibirán las empresas y los emprendedores quienes – tal es la conjetura- se volcarán a producir, liberados por fin de las asfixiantes ataduras de las cargas fiscales.
Se trata de una versión vulgarizada de la famosa curva de Arthur Laffer. Es totalmente cierto que hay un punto, imposible de determinar a priori, en el que un aumento en las tasas de los impuestos disminuye la recaudación en lugar de incrementarla y viceversa. Pero también es cierto que una tasa cero de impuestos recauda exactamente cero dólares.
El truco de la economía de la oferta es simplista y no se sostiene desde el punto de vista de un riguroso análisis económico, pero funciona de maravilla en el terreno de la política y permite que los políticos prometan bajar impuestos aquí y allá sin hacer ningún esfuerzo serio para recortar el gasto público. ¿Resultado?, el déficit fiscal sigue creciendo.
Por su parte, los demócratas en el poder tampoco tienen gran interés en emprender una cruzada contra el déficit fiscal. Ni su keynesianismo redivivo ni la práctica política se los recomiendan. Por el contrario: simpatizan con la idea de que a menos que se mantengan por mucho más tiempo los estímulos del gasto público, ¡y se incrementen más!, la economía no tendrá una recuperación sostenida ni generará empleos. Ironía: parece que al gobierno de Obama le conviene ser pesimista. Y pragmáticamente recuerdan que la relativa frugalidad del gobierno del demócrata Bill Clinton, que cerró su segundo mandato dejando un superávit, sólo sirvió para que el republicano George W. Bush lo derrochase apresuradamente en un par de años, ayudado por los demócratas en el Congreso.
¿Arreglar las finanzas públicas, apelando al sacrificio tanto de burócratas como de contribuyentes?, ¿para qué?, ¿para que regrese un republicano a la Casa Blanca y disfrute de lo ahorrado? ¡Ni locos!
El colmo es que algunos “conservadores” radicales conjeturan, a su vez, que para su causa sería beneficiosa una mayor catástrofe fiscal porque arrojaría de la Casa Blanca a los demócratas por muchos años. Cinismo escalofriante de los políticos que bien conocemos en México.
Así las cosas, atender la peor amenaza que se cierne sobre el futuro de la economía estadounidense (¡y de la economía del mundo!), que es ese pantagruélico déficit fiscal, no es materia de interés genuino para los políticos que dominan la escena. Hay motivos, entonces, para perder el sueño.
viernes, 30 de julio de 2010
viernes, 23 de julio de 2010
¿Desconectamos a México, doctor Narro?
“México no merece sufrir”. Estas cuatro palabras enigmáticas las dijo el doctor José Narro, rector de la UNAM, hace unos días cuando le otorgaron la medalla 1808 (lo que suena como marca registrada de tequila glorificado) y debo confesar que me dejaron estupefacto.
La verdad yo no tengo la menor idea de en quién estaba pensando el doctor Narro cuando hablaba así de “México” como de una persona de carne y hueso, que sufre y se acongoja, que goza y se afana, que a veces le duelen las muelas y que un día le saldrán canas. No soy quién para enmendarle la plana al rector de la MCE (Máxima Casa de Estudios), que es como se conoce de acuerdo con los cánones de la corrección política a esa universidad. Sin embargo, me parece un disparate decir que México merece esto o aquello, como si acaso se tratase de una persona que en vísperas – dicen- de cumplir sus 200 primaveras (como dicen los maestros de ceremonias en las fiestas de las quinceañeras) ha llegado a “la edad de merecer”.
Los mexicanos – el gentilicio incluye a todos, del sexo que sean- existen y sufren o gozan, pero ¿México? Esa manía retórica de otorgarle atributos de ser humano a los conceptos abstractos o a las ficciones jurídicas es muy peligrosa. Los Estados Unidos Mexicanos son un ente de razón, con fundamento en la realidad tal vez como decían los aburridos escolásticos, pero no un ser vivo, que sienta, sufra, goce, ame y le crezcan las uñas de los pies. Tal como fue un ominoso ente de razón la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, ya extinta por fortuna.
Pero ya dije que no soy nadie para que se acepten mis incorrecciones, entre otras causas porque no soy un producto terminado y espléndido surgido de la MCE, sino un dubitativo egresado de alguna casita de aprendizaje de dudosa reputación política que, como todas las demás que no sean la MCE, siempre aparecerán disminuidas, desdeñadas, minúsculas, ante la inmensidad pasmosa y pantagruélica de la infalible e intocable UNAM.
Insisto, sin embargo, porque el asunto es más grave que una mera licencia retórica: cuando un doctor en medicina sentencia que un paciente “no merece sufrir” estamos en problemas. Y el doctor Narro es doctor en eso, en medicina. No es, que se sepa, un historiador o un filósofo, ni siquiera un poeta. Es médico y dijo, con ese tono grave que adoptan los médicos para hablar con los parientes del paciente agonizante: “No merece sufrir”.
¿Qué hacemos, entonces, doctor?, ¿desconectamos al paciente del respirador artificial y le dejamos partir?, ¿lo damos de alta de forma que se lo lleven del frío hospital, de la temible sala de terapia intensiva, para que fallezca en su hogar, rodeado acaso de quienes le puedan hacer más llevadero el trance de la muerte?
Que los dioses y pontífices de la MCE sean indulgentes conmigo. Ojalá el médico Narro hubiese ofrecido no sólo un diagnóstico general, sino también la terapia que recomienda. Dejar las cosas así de escuetas, diciendo que el paciente no merece sufrir y que ya urge cambiar (sin especificar si el cambio propuesto es de doctor, de paciente, de medicamento o de tema), hace sospechar que el médico está proponiendo una eutanasia. Y eso duele porque ya la habíamos agarrado cierto cariño a esa abstracción que llamamos México.
La verdad yo no tengo la menor idea de en quién estaba pensando el doctor Narro cuando hablaba así de “México” como de una persona de carne y hueso, que sufre y se acongoja, que goza y se afana, que a veces le duelen las muelas y que un día le saldrán canas. No soy quién para enmendarle la plana al rector de la MCE (Máxima Casa de Estudios), que es como se conoce de acuerdo con los cánones de la corrección política a esa universidad. Sin embargo, me parece un disparate decir que México merece esto o aquello, como si acaso se tratase de una persona que en vísperas – dicen- de cumplir sus 200 primaveras (como dicen los maestros de ceremonias en las fiestas de las quinceañeras) ha llegado a “la edad de merecer”.
Los mexicanos – el gentilicio incluye a todos, del sexo que sean- existen y sufren o gozan, pero ¿México? Esa manía retórica de otorgarle atributos de ser humano a los conceptos abstractos o a las ficciones jurídicas es muy peligrosa. Los Estados Unidos Mexicanos son un ente de razón, con fundamento en la realidad tal vez como decían los aburridos escolásticos, pero no un ser vivo, que sienta, sufra, goce, ame y le crezcan las uñas de los pies. Tal como fue un ominoso ente de razón la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, ya extinta por fortuna.
Pero ya dije que no soy nadie para que se acepten mis incorrecciones, entre otras causas porque no soy un producto terminado y espléndido surgido de la MCE, sino un dubitativo egresado de alguna casita de aprendizaje de dudosa reputación política que, como todas las demás que no sean la MCE, siempre aparecerán disminuidas, desdeñadas, minúsculas, ante la inmensidad pasmosa y pantagruélica de la infalible e intocable UNAM.
Insisto, sin embargo, porque el asunto es más grave que una mera licencia retórica: cuando un doctor en medicina sentencia que un paciente “no merece sufrir” estamos en problemas. Y el doctor Narro es doctor en eso, en medicina. No es, que se sepa, un historiador o un filósofo, ni siquiera un poeta. Es médico y dijo, con ese tono grave que adoptan los médicos para hablar con los parientes del paciente agonizante: “No merece sufrir”.
¿Qué hacemos, entonces, doctor?, ¿desconectamos al paciente del respirador artificial y le dejamos partir?, ¿lo damos de alta de forma que se lo lleven del frío hospital, de la temible sala de terapia intensiva, para que fallezca en su hogar, rodeado acaso de quienes le puedan hacer más llevadero el trance de la muerte?
Que los dioses y pontífices de la MCE sean indulgentes conmigo. Ojalá el médico Narro hubiese ofrecido no sólo un diagnóstico general, sino también la terapia que recomienda. Dejar las cosas así de escuetas, diciendo que el paciente no merece sufrir y que ya urge cambiar (sin especificar si el cambio propuesto es de doctor, de paciente, de medicamento o de tema), hace sospechar que el médico está proponiendo una eutanasia. Y eso duele porque ya la habíamos agarrado cierto cariño a esa abstracción que llamamos México.
sábado, 10 de julio de 2010
Chesterton y el oráculo del pulpo
Uno de los mejores relatos del género policial es “El oráculo del perro” de G. K. Chesterton dentro del volumen “La incredulidad del Padre Brown” (1926). La historia es más o menos la siguiente: un joven amigo del Padre Brown le relata el caso del asesinato de un hombre, causado por algo que debió ser un estilete clavado muy cerca de su corazón, cuando este hombre estaba completamente solo en una florida glorieta de su casa de campo. Nadie, le dice su amigo al Padre Brown, sabe cómo pudo cometerse el asesinato ni ha atinado a desenmascarar al asesino. Nadie, advierte, salvo el perro de la víctima, un hermoso perro negro y grande llamado “Nox”.
La trama de “El oráculo del perro” es una variante paródica del “enigma del cuarto cerrado” que es un prototipo del género policial, iniciado, al decir de Jorge Luis Borges, por Edgar Allan Poe. Vale la pena citar algo que escribió Borges al respecto:
“Un examen de la literatura policial basado en los problemas que la componen sería, creo, más encantador que este epítome. Por ejemplo: consideremos el durable problema de la pieza cerrada. La solución de Poe (The murders in the Rue Morgue) requiere un pararrayos, una ventana y un mono antropomorfo, la de Eden Phillpotts (Jig-Saw), un puñal disparado desde un fusil, la de Chesterton (The oracle of the dog), una espada y las hendijas de una glorieta; la de Carter Dickson (The Plague Court murders), unas transitorias balas de hielo; la del ornitológico Ellery Queen (The door between), un pájaro que se lleva en el pico el arma de un suicida; la de Simenon (La nuit de sept minutes), una estufa, un caño, una piedra, un revólver y una cuerda tirante. Quedan las ingeniosas para el final: la de Gastón Leroux (Le mystère de la chambre jaune), que comporta una herida anterior y una pesadilla; la de Israel Zangwill (The Big Bow mystery) resumible así: dos personas entran conjuntamente en el dormitorio del crimen; una de ellas, que es un detective, anuncia que han degollado al dueño y aprovecha el estupor de su compañero para consumar el asesinato” (revista “Sur”, reseña de Borges del libro “Murder for pleasure” de Howard Haycraft, septiembre de 1943).
El Padre Brown, desde luego, resuelve el misterio y le demuestra a su joven amigo que el buen perro sólo se portó como se comportan los perros y en modo alguno fue un emisario del más allá develando misterios ocultos a los hombres; esto es: el perro jamás fue un oráculo. Al final, el Padre Brown regala a su amigo una reflexión valiosa: las supersticiones modernas (a veces más ridículas y, si cabe, más irracionales que las antiguas) provienen de gente que irracionalmente detesta creer en Dios pero que está más que dispuesta a creer en perros que profetizan, en gatos que curan a los desahuciados…o en pulpos que pronostican con acierto los resultados del futbol.
Si mañana domingo España vence a Holanda el cautivo pulpo Paul nada tendrá que ver con ello. Lo mismo que si los futbolistas holandeses logran ser campeones del mundo; evento este último, por cierto, que no estaría exento de cierta justicia poética hacia los holandeses que hace tres siglos emigraron a lo que hoy es Sudáfrica para quedarse ahí permanentemente; hoy sus descendientes se llaman a sí mismos “afrikaners”, son tan africanos como el que más, y algunos son diestros en la producción de vinos de excelente gusto y mejor precio.
¿Pulpitos predicando en el púlpito? ¡Lo que nos faltaba!
La trama de “El oráculo del perro” es una variante paródica del “enigma del cuarto cerrado” que es un prototipo del género policial, iniciado, al decir de Jorge Luis Borges, por Edgar Allan Poe. Vale la pena citar algo que escribió Borges al respecto:
“Un examen de la literatura policial basado en los problemas que la componen sería, creo, más encantador que este epítome. Por ejemplo: consideremos el durable problema de la pieza cerrada. La solución de Poe (The murders in the Rue Morgue) requiere un pararrayos, una ventana y un mono antropomorfo, la de Eden Phillpotts (Jig-Saw), un puñal disparado desde un fusil, la de Chesterton (The oracle of the dog), una espada y las hendijas de una glorieta; la de Carter Dickson (The Plague Court murders), unas transitorias balas de hielo; la del ornitológico Ellery Queen (The door between), un pájaro que se lleva en el pico el arma de un suicida; la de Simenon (La nuit de sept minutes), una estufa, un caño, una piedra, un revólver y una cuerda tirante. Quedan las ingeniosas para el final: la de Gastón Leroux (Le mystère de la chambre jaune), que comporta una herida anterior y una pesadilla; la de Israel Zangwill (The Big Bow mystery) resumible así: dos personas entran conjuntamente en el dormitorio del crimen; una de ellas, que es un detective, anuncia que han degollado al dueño y aprovecha el estupor de su compañero para consumar el asesinato” (revista “Sur”, reseña de Borges del libro “Murder for pleasure” de Howard Haycraft, septiembre de 1943).
El Padre Brown, desde luego, resuelve el misterio y le demuestra a su joven amigo que el buen perro sólo se portó como se comportan los perros y en modo alguno fue un emisario del más allá develando misterios ocultos a los hombres; esto es: el perro jamás fue un oráculo. Al final, el Padre Brown regala a su amigo una reflexión valiosa: las supersticiones modernas (a veces más ridículas y, si cabe, más irracionales que las antiguas) provienen de gente que irracionalmente detesta creer en Dios pero que está más que dispuesta a creer en perros que profetizan, en gatos que curan a los desahuciados…o en pulpos que pronostican con acierto los resultados del futbol.
Si mañana domingo España vence a Holanda el cautivo pulpo Paul nada tendrá que ver con ello. Lo mismo que si los futbolistas holandeses logran ser campeones del mundo; evento este último, por cierto, que no estaría exento de cierta justicia poética hacia los holandeses que hace tres siglos emigraron a lo que hoy es Sudáfrica para quedarse ahí permanentemente; hoy sus descendientes se llaman a sí mismos “afrikaners”, son tan africanos como el que más, y algunos son diestros en la producción de vinos de excelente gusto y mejor precio.
¿Pulpitos predicando en el púlpito? ¡Lo que nos faltaba!
viernes, 2 de julio de 2010
Fracasos aleccionadores
A los siete años de edad tuve que abandonar una prometedora carrera en la industria de la construcción y renunciar a mis sueños de ser el mejor futbolista del mundo.
El mundial de futbol celebrado en Chile en 1962 me hizo conocer las hazañas de Pelé. He aquí, me dije entonces, un buen modelo a imitar. El argumento de mis padres para que yo fuese a la escuela era, según recuerdo, que requería aprender muchas cosas para en el futuro obtener un trabajo y con él los ingresos que me permitiesen tener casa, sustento y vestido para mí y para la familia que yo formaría cuando fuese mayor. Sin embargo, la escuela se antojaba un camino muy largo y fastidioso para llegar a la meta. Y de pronto Pelé, de cuyas habilidades futbolísticas todos se hacían lenguas, lo mismo que de las fabulosas cantidades de dinero que obtenía por jugar tan bien al futbol, ofrecía un modelo de desarrollo mucho más atractivo. Un atajo prometedor. Una vez que llegué a esta luminosa conclusión – era un niño bastante avispado, hay que admitirlo- se la comuniqué a mi papá: “Debo dejar de ir a la escuela para poder dedicarme al futbol, sólo así llegaré a ser como Pelé y podré ahorrarme el prolongado y fatigoso trámite escolar”. Desde luego, mi papá estuvo lejos de aplaudir mi proyecto, pero era un padre “moderno”, sabedor de que a los hijos se les educa mejor mediante el convencimiento razonado, que usando desplantes autoritarios o chantajes de matrona que finge agravios, escondida tras el huipil. Aceptó mi plan, pero me hizo notar que mientras se desenvolvía mi carrera futbolística y llegaba a una edad en la que alguien estuviese dispuesto a pagarme por jugar futbol, tendría que buscarme una fuente de ingresos. Por fortuna, añadió, él mismo podía ofrecerme un empleo, como peón de albañilería en la construcción de una casa de la cual él, como arquitecto, estaba a cargo. Acepté su oferta, porque yo era un niño razonable dispuesto a ceder y a negociar para llevar a cabo mis planes; aun cuando sospechaba que al final de las jornadas laborales tal vez no tendría ni ganas, ni tiempo para jugar futbol; pero ya buscaría la forma. Trabajé pues como aprendiz de peón durante algunas horas, que a mí se me hicieron interminables aun cuando mi jefe, el maestro de obras, y mis compañeros de trabajo se mostraron amables. Sospecho que el liberal experimento pedagógico de mi papá causó la indignación de mi mamá y eso fue lo que hizo que concluyese abruptamente mi breve incursión en la industria de la construcción y truncó la que, soñaba, sería una deslumbrante carrera como futbolista. México se lo perdió, pensaba.
Muchos años después, viendo a Pelé en la televisión anunciar un remedio para la disfunción eréctil, entendí que fue una fortuna, para mí y quizá hasta para el mundo, que se frustrasen tan pronto mis carreras como albañil y como futbolista. A diferencia de Pelé, las habilidades y destrezas adquiridas en el largo camino del estudio me han dispensado, hasta ahora, de hacer esos papelitos.
Por eso, me alegré por México el domingo pasado cuando los sueños futbolísticos se desvanecieron. Por quien lo siento es por los argentinos, ¿acaso creen que podrán vivir eternamente de patear un balón?, ¿sueñan que, siendo campeones mundiales y con Maradona como presidente, regresarán al primer mundo? Leonel Messi tal vez en 30 años estará anunciando en la televisión un tónico milagroso para combatir la calvicie. ¡Pobres!
El mundial de futbol celebrado en Chile en 1962 me hizo conocer las hazañas de Pelé. He aquí, me dije entonces, un buen modelo a imitar. El argumento de mis padres para que yo fuese a la escuela era, según recuerdo, que requería aprender muchas cosas para en el futuro obtener un trabajo y con él los ingresos que me permitiesen tener casa, sustento y vestido para mí y para la familia que yo formaría cuando fuese mayor. Sin embargo, la escuela se antojaba un camino muy largo y fastidioso para llegar a la meta. Y de pronto Pelé, de cuyas habilidades futbolísticas todos se hacían lenguas, lo mismo que de las fabulosas cantidades de dinero que obtenía por jugar tan bien al futbol, ofrecía un modelo de desarrollo mucho más atractivo. Un atajo prometedor. Una vez que llegué a esta luminosa conclusión – era un niño bastante avispado, hay que admitirlo- se la comuniqué a mi papá: “Debo dejar de ir a la escuela para poder dedicarme al futbol, sólo así llegaré a ser como Pelé y podré ahorrarme el prolongado y fatigoso trámite escolar”. Desde luego, mi papá estuvo lejos de aplaudir mi proyecto, pero era un padre “moderno”, sabedor de que a los hijos se les educa mejor mediante el convencimiento razonado, que usando desplantes autoritarios o chantajes de matrona que finge agravios, escondida tras el huipil. Aceptó mi plan, pero me hizo notar que mientras se desenvolvía mi carrera futbolística y llegaba a una edad en la que alguien estuviese dispuesto a pagarme por jugar futbol, tendría que buscarme una fuente de ingresos. Por fortuna, añadió, él mismo podía ofrecerme un empleo, como peón de albañilería en la construcción de una casa de la cual él, como arquitecto, estaba a cargo. Acepté su oferta, porque yo era un niño razonable dispuesto a ceder y a negociar para llevar a cabo mis planes; aun cuando sospechaba que al final de las jornadas laborales tal vez no tendría ni ganas, ni tiempo para jugar futbol; pero ya buscaría la forma. Trabajé pues como aprendiz de peón durante algunas horas, que a mí se me hicieron interminables aun cuando mi jefe, el maestro de obras, y mis compañeros de trabajo se mostraron amables. Sospecho que el liberal experimento pedagógico de mi papá causó la indignación de mi mamá y eso fue lo que hizo que concluyese abruptamente mi breve incursión en la industria de la construcción y truncó la que, soñaba, sería una deslumbrante carrera como futbolista. México se lo perdió, pensaba.
Muchos años después, viendo a Pelé en la televisión anunciar un remedio para la disfunción eréctil, entendí que fue una fortuna, para mí y quizá hasta para el mundo, que se frustrasen tan pronto mis carreras como albañil y como futbolista. A diferencia de Pelé, las habilidades y destrezas adquiridas en el largo camino del estudio me han dispensado, hasta ahora, de hacer esos papelitos.
Por eso, me alegré por México el domingo pasado cuando los sueños futbolísticos se desvanecieron. Por quien lo siento es por los argentinos, ¿acaso creen que podrán vivir eternamente de patear un balón?, ¿sueñan que, siendo campeones mundiales y con Maradona como presidente, regresarán al primer mundo? Leonel Messi tal vez en 30 años estará anunciando en la televisión un tónico milagroso para combatir la calvicie. ¡Pobres!
viernes, 14 de mayo de 2010
Intolerancia a la deuda
La crisis en la Unión Europea, como la crisis global de 2008-2009, no es insólita. Al igual que decenas de crisis financieras en la historia se trata de una tremenda expansión del crédito que, de pronto, ante signos de insolvencia de los deudores, los acreedores la perciben como destinada a la catástrofe. Algo que antes no vieron, cuando prestaron sin reparos.
Ante dicha percepción se desata la estampida.
La singularidad de la crisis europea es que es la primera gran prueba de supervivencia para el concepto de Unión Europea y, específicamente, para la unión monetaria. También se singulariza porque “entrar en el euro” fue para varios países como recibir de regalo una tarjeta casi sin límite de crédito. ¿Se la merecían?
El 10 de mayo el diario alemán Bild – aldeano y populista – publicó un titular, ingenioso y grotesco, que refleja el sentimiento primario de muchos alemanes ante el paquete gigantesco acordado para respaldar al euro y rescatar a Grecia: Wir sind wieder mal Europas Deppen!, lo cual en un español muy pudibundo quiere decir: “!Otra vez somos los pelmazos de Europa!”.
Lo que no dice el Bild es que, más que rescatar a Grecia, la Unión Europea (y Alemania a la cabeza) está rescatándose a sí misma.
A toro pasado es fácil decir que Alemania jamás debió haber aceptado, como socios monetarios, a esos “desobligados improductivos”. Pero la película no se puede echar para atrás y hoy en la crisis del euro todos vamos en el mismo barco. Incluso los países ajenos a Europa, como ya vimos el jueves 6 de mayo: una corrida financiera contra el euro basta para poner a temblar al mundo.
No había, pues, alternativa.
Grecia y otros países de la unión monetaria en problemas, que son como “los parientes pobres”, se ajustan perfectamente a la descripción de países “intolerantes a la deuda” porque tienen graves debilidades institucionales, que les impiden aumentar su productividad.
Lo que para un país desarrollado sería un nivel aceptable de relación entre deuda y Producto Interno Bruto (PIB), digamos 60 por ciento, para un país con intolerancia a la deuda es veneno. Es como quien es más intolerante al colesterol que el promedio, porque tiende a desarrollar fácilmente depósitos de lipoproteínas de baja y muy baja densidad. La denominación “intolerancia a la deuda” la pusieron en circulación Carmen Reinhart y Kenneth Rogoff en su magnífico libro: “This time is different” en 2009.
México también es un país intolerante a la deuda. Por fortuna desde la crisis de 1994-1995 lo supimos y por eso hoy tenemos una relación de deuda contra PIB que, si la tuviese una economía avanzada, sería “una chulada” como para presumir de espartanos pero que, tratándose de nosotros, es apenas la que dicta la prudencia.
¿Por qué somos intolerantes a la deuda?
Dos ejemplos: 1. Basta con que tres buenos economistas – que fueron Secretarios de Hacienda- recomienden que PEMEX se abra a la asociación con inversionistas privados y salta un flamante “consejero profesional” de ese monopolio, un tal Flavio Ruiz, y los crucifica, llamándolos “cínicos” y otras lindezas (nótese que como no pueden “matar” intelectualmente el mensaje, tratan de “matar” a los mensajeros a periodicazos), 2. Nuestros egregios legisladores no son capaces de aprobar hoy una reformita laboral y se opusieron hace poco a la desaparición de tres secretarías de Estado que son a todas luces inútiles.
¿Está claro por qué somos intolerantes a la deuda?
Ante dicha percepción se desata la estampida.
La singularidad de la crisis europea es que es la primera gran prueba de supervivencia para el concepto de Unión Europea y, específicamente, para la unión monetaria. También se singulariza porque “entrar en el euro” fue para varios países como recibir de regalo una tarjeta casi sin límite de crédito. ¿Se la merecían?
El 10 de mayo el diario alemán Bild – aldeano y populista – publicó un titular, ingenioso y grotesco, que refleja el sentimiento primario de muchos alemanes ante el paquete gigantesco acordado para respaldar al euro y rescatar a Grecia: Wir sind wieder mal Europas Deppen!, lo cual en un español muy pudibundo quiere decir: “!Otra vez somos los pelmazos de Europa!”.
Lo que no dice el Bild es que, más que rescatar a Grecia, la Unión Europea (y Alemania a la cabeza) está rescatándose a sí misma.
A toro pasado es fácil decir que Alemania jamás debió haber aceptado, como socios monetarios, a esos “desobligados improductivos”. Pero la película no se puede echar para atrás y hoy en la crisis del euro todos vamos en el mismo barco. Incluso los países ajenos a Europa, como ya vimos el jueves 6 de mayo: una corrida financiera contra el euro basta para poner a temblar al mundo.
No había, pues, alternativa.
Grecia y otros países de la unión monetaria en problemas, que son como “los parientes pobres”, se ajustan perfectamente a la descripción de países “intolerantes a la deuda” porque tienen graves debilidades institucionales, que les impiden aumentar su productividad.
Lo que para un país desarrollado sería un nivel aceptable de relación entre deuda y Producto Interno Bruto (PIB), digamos 60 por ciento, para un país con intolerancia a la deuda es veneno. Es como quien es más intolerante al colesterol que el promedio, porque tiende a desarrollar fácilmente depósitos de lipoproteínas de baja y muy baja densidad. La denominación “intolerancia a la deuda” la pusieron en circulación Carmen Reinhart y Kenneth Rogoff en su magnífico libro: “This time is different” en 2009.
México también es un país intolerante a la deuda. Por fortuna desde la crisis de 1994-1995 lo supimos y por eso hoy tenemos una relación de deuda contra PIB que, si la tuviese una economía avanzada, sería “una chulada” como para presumir de espartanos pero que, tratándose de nosotros, es apenas la que dicta la prudencia.
¿Por qué somos intolerantes a la deuda?
Dos ejemplos: 1. Basta con que tres buenos economistas – que fueron Secretarios de Hacienda- recomienden que PEMEX se abra a la asociación con inversionistas privados y salta un flamante “consejero profesional” de ese monopolio, un tal Flavio Ruiz, y los crucifica, llamándolos “cínicos” y otras lindezas (nótese que como no pueden “matar” intelectualmente el mensaje, tratan de “matar” a los mensajeros a periodicazos), 2. Nuestros egregios legisladores no son capaces de aprobar hoy una reformita laboral y se opusieron hace poco a la desaparición de tres secretarías de Estado que son a todas luces inútiles.
¿Está claro por qué somos intolerantes a la deuda?
sábado, 8 de mayo de 2010
Chamanes, charlatanes y mercados
“Puede que sea el fin del euro” dijo Joseph Stigliz el martes pasado. Stiglitz para todo fin práctico se ha convertido en un chamán mediático, después de haber sido en 2001 – merecidamente y junto con George A. Akerlof y A. Michael Spence – premio Nobel de economía por sus análisis de los mercados con información asimétrica.
En el barrullo de los medios de comunicación la frase de Stiglitz se transformó en: “Predice Stiglitz el fin del euro” – hay redactores que “cabecean” así, con gran desparpajo- y, dado que para algunos de los charlatanes de los medios el profesor Stiglitz es un chamán (“hechicero al que se supone dotado de poderes sobrenaturales para sanar a los enfermos, adivinar e invocar a los espíritus”), el presunto pronóstico se volvió mandato: El euro tiene que estallar.
En realidad Stiglitz comentó, en una entrevista con BBC radio 4, que el programa de ajuste que tendrá que sufrir Grecia le parece demasiado duro. De ahí, el chamán saltó espectacularmente – al diablo la lógica - a que el ajuste será contraproducente y de ahí, otra acrobacia, a que los problemas de Grecia (pariente pobre y chiquito de la Unión Europea) se propagarán por toda Europa. Stiglitz también dijo, para abundar en su eterno enojo hacia el Fondo Monetario Internacional, que el ajuste en lugar de sosegar a los especuladores los irritaría más.
Dicho todo esto sus entrevistadores llevaron al chamán hacia las tablas para rematar la faena: ¿Será el fin del euro?, le preguntaron. Y Stiglitz fue, como noble bestia, tras el engaño: “Sí, podría ser el fin del euro”. Buena tarde; orejas y rabo para las declaraciones.
En el mundo racional, no en el de los chamanes ni en el de los charlatanes, las personas atienden a los datos y a los hechos. Datos y hechos que son, en el caso de Grecia: 1. El ajuste es indispensablemente duro, porque se trata de alinear una economía tremendamente improductiva (Grecia) con un estándar de productividad aceptable, como el de Alemania. 2. El programa de ajuste – aprobado ya tanto por el parlamento griego como por el parlamento de Alemania, cuyos contribuyentes tendrán que poner buena parte de los recursos para el rescate-, es necesario si Grecia quiere seguir en el club del euro. 3. Los griegos, que podrán ser tildados de perezosos pero no de estúpidos, quieren permanecer dentro del club y no volverse unos parias de la economía mundial, y 4. Que se cumpla el programa de ajuste es lo más conveniente para que subsistan el euro y la Unión Europea, y eso es lo más conveniente para el mundo.
Ahora bien, que la salud del euro sea buena para Europa, y para el mundo, no quiere decir que sea buena para quienes podrían obtener cuantiosas ganancias apostando en contra del euro. Por ejemplo, George Soros obtuvo cuantiosos ingresos apostando hace años contra la libra esterlina, podría obtenerlos ahora –él o algunos otros grandes especuladores- si logran matar al euro.
A mí no me escandaliza que haya personajes que lucren apostando en contra de la estabilidad. Así funcionan los mercados. Más aún, si tuviese los recursos – que no los tengo- para entrar en ese juego estaría en estos momentos apostando a favor del euro, porque la experiencia me ha mostrado que la racionalidad paga y paga bien; aunque se tarde, a veces. Y porque detesto a quienes pudiendo ser doctos economistas se vuelven chamanes mediáticos; así como a los charlatanes que, vociferando sandeces, los apoyan.
En el barrullo de los medios de comunicación la frase de Stiglitz se transformó en: “Predice Stiglitz el fin del euro” – hay redactores que “cabecean” así, con gran desparpajo- y, dado que para algunos de los charlatanes de los medios el profesor Stiglitz es un chamán (“hechicero al que se supone dotado de poderes sobrenaturales para sanar a los enfermos, adivinar e invocar a los espíritus”), el presunto pronóstico se volvió mandato: El euro tiene que estallar.
En realidad Stiglitz comentó, en una entrevista con BBC radio 4, que el programa de ajuste que tendrá que sufrir Grecia le parece demasiado duro. De ahí, el chamán saltó espectacularmente – al diablo la lógica - a que el ajuste será contraproducente y de ahí, otra acrobacia, a que los problemas de Grecia (pariente pobre y chiquito de la Unión Europea) se propagarán por toda Europa. Stiglitz también dijo, para abundar en su eterno enojo hacia el Fondo Monetario Internacional, que el ajuste en lugar de sosegar a los especuladores los irritaría más.
Dicho todo esto sus entrevistadores llevaron al chamán hacia las tablas para rematar la faena: ¿Será el fin del euro?, le preguntaron. Y Stiglitz fue, como noble bestia, tras el engaño: “Sí, podría ser el fin del euro”. Buena tarde; orejas y rabo para las declaraciones.
En el mundo racional, no en el de los chamanes ni en el de los charlatanes, las personas atienden a los datos y a los hechos. Datos y hechos que son, en el caso de Grecia: 1. El ajuste es indispensablemente duro, porque se trata de alinear una economía tremendamente improductiva (Grecia) con un estándar de productividad aceptable, como el de Alemania. 2. El programa de ajuste – aprobado ya tanto por el parlamento griego como por el parlamento de Alemania, cuyos contribuyentes tendrán que poner buena parte de los recursos para el rescate-, es necesario si Grecia quiere seguir en el club del euro. 3. Los griegos, que podrán ser tildados de perezosos pero no de estúpidos, quieren permanecer dentro del club y no volverse unos parias de la economía mundial, y 4. Que se cumpla el programa de ajuste es lo más conveniente para que subsistan el euro y la Unión Europea, y eso es lo más conveniente para el mundo.
Ahora bien, que la salud del euro sea buena para Europa, y para el mundo, no quiere decir que sea buena para quienes podrían obtener cuantiosas ganancias apostando en contra del euro. Por ejemplo, George Soros obtuvo cuantiosos ingresos apostando hace años contra la libra esterlina, podría obtenerlos ahora –él o algunos otros grandes especuladores- si logran matar al euro.
A mí no me escandaliza que haya personajes que lucren apostando en contra de la estabilidad. Así funcionan los mercados. Más aún, si tuviese los recursos – que no los tengo- para entrar en ese juego estaría en estos momentos apostando a favor del euro, porque la experiencia me ha mostrado que la racionalidad paga y paga bien; aunque se tarde, a veces. Y porque detesto a quienes pudiendo ser doctos economistas se vuelven chamanes mediáticos; así como a los charlatanes que, vociferando sandeces, los apoyan.
sábado, 1 de mayo de 2010
¿Instituciones o tugurios?
Un tugurio es un “establecimiento pequeño y mezquino”. Un antro es, a su vez, un “establecimiento de mal aspecto o reputación”. ¿Cuál es la diferencia?
Si, como aseguran hoy los pontífices de la comunicación, nuestros ínclitos legisladores en la capital del país discuten en estos días una “ley de los antros”, ¿por qué no habrían de crear también una “ley de los tugurios”?
Alguien dirá que esto de llamarle “antros” a los bares, discotecas, y demás establecimientos de alboroto nocturno, sólo refleja la espiral descendente o el proceso de degradación al que hemos sometido al lenguaje. Lo mismo que sucede cuando algún afamado periódico, de aires tan aldeanos como arrogantes, ha decidido adoptar la jerga de los delincuentes e informa que “tres personas fueron levantadas ayer en la calzada de los Remedios y se teme por su vida”.
Pero se trata de un fenómeno más amplio y demoledor. Asistimos despreocupados y hasta entusiastas a un vertiginoso descenso de la calidad humana; un desgaste adicional de neuronas y nos “comunicaremos” mediante gemidos espasmódicos y zarandeos músculo-esqueléticos. Aullidos de animalitos vagando en las lindes de la selva a la búsqueda de un mendrugo.
Obedecemos, sin percatarnos, a una implícita pero rigurosa ley de los tugurios, que consiste en degradar la inteligencia para mejor asemejarnos a bestias más o menos repulsivas. El proceso de descenso en espiral vertiginosa arroja, por sorprendente que parezca, algunas ganancias particulares. Alguien, en medio de la progresiva caída, obtiene beneficios. Por lo pronto, ganan los incompetentes que ven avanzar su imperio y encuentran, en el mundo de los tugurios, que la chapuza y la simulación ya no sólo son toleradas, sino premiadas con palmaditas de “reconocimiento social”.
No es extraño, en este medio degradado, que confundamos instituciones con tugurios, establecimientos mezquinos, de mal aspecto. Dicho en lenguaje de tugurio, “le echamos más agua a los frijoles y aumentamos el número de invitados a la fiesta”. Dicho en buen español: “cualquier componenda de tugurio puede festinarse como arreglo institucional; pactemos, pues”.
En Grecia se resisten a comportarse como “prusianos del mediterráneo”. Conjeturan que podrán librar el trance “echándole más agua a los frijoles”. Procedimiento similar, en esencia, al de añadirle otro carril imaginario a la avenida – “pinta una raya más”- para incrementar la capacidad de la vereda de asfalto.
Hasta donde me quedé, el primer día de mayo, que es hoy, es el día del trabajo. Lo que, en lenguaje de tugurio, significa que hay que luchar, frenéticos si es preciso, por “el puente” correspondiente. Demandar, aullar, por nuestra holganza revolucionariamente conquistada. Que quede claro: no aceptaremos reformas laborales ominosas y neoliberales con sus improntas de productividad, valor agregado e inteligencia. Queremos holganza, no reformas.
Oí decir a un legislador que ellos trabajan con frenesí en estos días. Pero mientras el esforzado hablaba en la tribuna, apareció al fondo del salón un personaje reputado como indiscutible líder parlamentario, partía plaza regalando, con aire de perdonar vidas, desdeñosos saludos. La ley de los tugurios: “Ya llegó por quien lloraban”. La aduana por donde todos tienen que pasar y a quien todos tienen que suplicar. Eso sí: ¡qué fatigoso debe ser echarle más agua a los frijoles!
Si, como aseguran hoy los pontífices de la comunicación, nuestros ínclitos legisladores en la capital del país discuten en estos días una “ley de los antros”, ¿por qué no habrían de crear también una “ley de los tugurios”?
Alguien dirá que esto de llamarle “antros” a los bares, discotecas, y demás establecimientos de alboroto nocturno, sólo refleja la espiral descendente o el proceso de degradación al que hemos sometido al lenguaje. Lo mismo que sucede cuando algún afamado periódico, de aires tan aldeanos como arrogantes, ha decidido adoptar la jerga de los delincuentes e informa que “tres personas fueron levantadas ayer en la calzada de los Remedios y se teme por su vida”.
Pero se trata de un fenómeno más amplio y demoledor. Asistimos despreocupados y hasta entusiastas a un vertiginoso descenso de la calidad humana; un desgaste adicional de neuronas y nos “comunicaremos” mediante gemidos espasmódicos y zarandeos músculo-esqueléticos. Aullidos de animalitos vagando en las lindes de la selva a la búsqueda de un mendrugo.
Obedecemos, sin percatarnos, a una implícita pero rigurosa ley de los tugurios, que consiste en degradar la inteligencia para mejor asemejarnos a bestias más o menos repulsivas. El proceso de descenso en espiral vertiginosa arroja, por sorprendente que parezca, algunas ganancias particulares. Alguien, en medio de la progresiva caída, obtiene beneficios. Por lo pronto, ganan los incompetentes que ven avanzar su imperio y encuentran, en el mundo de los tugurios, que la chapuza y la simulación ya no sólo son toleradas, sino premiadas con palmaditas de “reconocimiento social”.
No es extraño, en este medio degradado, que confundamos instituciones con tugurios, establecimientos mezquinos, de mal aspecto. Dicho en lenguaje de tugurio, “le echamos más agua a los frijoles y aumentamos el número de invitados a la fiesta”. Dicho en buen español: “cualquier componenda de tugurio puede festinarse como arreglo institucional; pactemos, pues”.
En Grecia se resisten a comportarse como “prusianos del mediterráneo”. Conjeturan que podrán librar el trance “echándole más agua a los frijoles”. Procedimiento similar, en esencia, al de añadirle otro carril imaginario a la avenida – “pinta una raya más”- para incrementar la capacidad de la vereda de asfalto.
Hasta donde me quedé, el primer día de mayo, que es hoy, es el día del trabajo. Lo que, en lenguaje de tugurio, significa que hay que luchar, frenéticos si es preciso, por “el puente” correspondiente. Demandar, aullar, por nuestra holganza revolucionariamente conquistada. Que quede claro: no aceptaremos reformas laborales ominosas y neoliberales con sus improntas de productividad, valor agregado e inteligencia. Queremos holganza, no reformas.
Oí decir a un legislador que ellos trabajan con frenesí en estos días. Pero mientras el esforzado hablaba en la tribuna, apareció al fondo del salón un personaje reputado como indiscutible líder parlamentario, partía plaza regalando, con aire de perdonar vidas, desdeñosos saludos. La ley de los tugurios: “Ya llegó por quien lloraban”. La aduana por donde todos tienen que pasar y a quien todos tienen que suplicar. Eso sí: ¡qué fatigoso debe ser echarle más agua a los frijoles!
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