Quien carece de talento histriónico debe abstenerse de gestos teatrales, salvo que desee infligirse la pena del mayor ridículo.
Esto le sucedió hace unos días al señor Marcelo Ebrard, quien es conocido como jefe del gobierno de la deteriorada capital del país. Pretendiendo hacer una barata exhibición de entereza ante la adversidad, Ebrard tomó una rejilla de huevos (durante una exposición de proveedores de la industria del pan y de la pastelería) la mostró a las cámaras que diligentes lo siguen por doquier y exclamó fatuo: “Para que los vea Sandoval”.
Craso error. Ebrard exhibió varias de sus más inocultables carencias: No tiene ni una pizca de talento para ser actor, ni siquiera mediocre; tampoco le es dable presumir de hombría de bien o de entereza ante la adversidad cuando los atributos que vulgar y equívocamente se asocian a esas virtudes – los huevos en el uso más deleznable de los símbolos- los tuvo que tomar prestados; mucho menos su biografía, plagada de episodios que más bien parecen exhibir cobardías, dobleces y genuflexiones serviles, se conduele con la integridad moral que es la única prenda que valdría la pena mostrar ante la opinión pública cuado uno alega, como es el caso de Ebrard, que su buena fama y reputación han sido mancilladas por un lenguaraz.
Asociar unos huevos al valor o a la entereza es un insulto soez a la condición igualitaria – desde el punto de vista moral y jurídico- de los sexos; majadería que agravia doblemente a las mujeres.
Ya se sabe que el funcionario – afecto como tantos políticos a la teatralidad y la farsa- está empeñado en una rencilla personal con otro personaje de histrionismo vulgar y desagradable que, por desgracia, es jerarca de la Iglesia Católica.
Lo único rescatable, en medio de ese pantano moral, era que al menos uno de los contendientes, Ebrard, hubiese atinado a exigir una disculpa pública del agresor verbal. Quien acusa debe probar y punto. Y si no es capaz de probar sus dichos lo que procede es lamentar públicamente tan grave error y reparar en lo que se pueda el daño causado. Era rescatable que en lugar de un intercambio de majaderías Ebrard hubiese apelado a los mecanismos legales que, de forma muy endeble por cierto, buscan sancionar conductas delictivas, como son la difamación y la calumnia. Era, hasta que a Ebrard le ganó la teatralidad… y lo alcanzó su propia historia.
Esto último – la historia propia nos persigue por doquier, al igual que la nube de cámaras y micrófonos persigue a los políticos- se le ha olvidado a Ebrard.
Se le olvidó que él calumnió en 2006 a un centenar de escritores e intelectuales insinuando que habían recibido dinero para engrosar sus carteras a cambio de reconocer el triunfo de Felipe Calderón en la contienda electoral por la Presidencia de la República.
Se le olvidó que él, como jefe de la policía en la capital, mostró una atroz ineptitud y un abominable desprecio por la vida del prójimo, durante el linchamiento de tres agentes federales en Tláhuac.
Se le olvidó que se mostró omiso y cobarde para defender a una mujer, Elena Poniatowska, cuando el llamado subcomandante Marcos exigió, el 9 de mayo de 2006, que la escritora abandonase de inmediato un mitin que el tal Marcos presidiría en el Zócalo de la ciudad de México.
La reciente exhibición de Ebrard entraña – por lo menos- una gran justicia poética: Mostró que eso, lo que la vulgaridad populachera asocia a los huevos, es precisamente de lo que carece.
viernes, 27 de agosto de 2010
viernes, 20 de agosto de 2010
¿Pesimistas o embriagados?
“Cuando era niño, por ahí andaban corriendo dos hombres raros, a quienes llamaban optimista y pesimista”.
Así empieza el capítulo V de “Ortodoxia” de G. K. Chesterton. El genial escritor inglés no toma partido ni por uno, el pesimista, ni por otro, el optimista. Prefiere revelarnos un rosario de paradojas respecto de esos dos singulares personajes de los cuales con gran frecuencia nos formamos una impresión grotesca. Como si el pesimista fuese aquél que cree que todo en el cosmos está mal, excepto él mismo, y el optimista fuese un palurdo que cree que todo está absolutamente bien, lo cual es tan ridículo como creer que todas las cosas del mundo están siempre del lado derecho.
El punto al que quiere llegar Chesterton convocando a esos dos “hombres raros” es que tan insano e insensato es llevar el pesimismo hasta la desesperación: “no hay nada que hacer, esto no tiene remedio”; como lo es llevar el optimismo hasta el más estúpido conformismo: “no hay nada que hacer porque todo es maravilloso”.
Hice cierta mofa aquí de la moda del pesimismo en tonos pastel que pareció invadir, de súbito, a muchos escrutadores del panorama económico mundial y local. La crítica a esa moda no fue por ser una moda pesimista, sino por ser simplemente una moda, una frivolidad más, y no un análisis objetivo. Sobrio.
No es lo mismo atisbar y anunciar un nuevo desplome de la economía mundial con un par de datos aislados, que dejar constancia de que hay claros y oscuros en la recuperación de la economía. La economía se recupera, en Estados Unidos específicamente, a un ritmo mucho menor del que desearíamos y de una forma muy distinta – con mucha menor generación de empleos- de aquella que los profetas de los estímulos keynesianos nos prometieron. Los empleos que en los últimos tres meses se han perdido en ese país han sido en el sector público y se habían creado, temporal y artificiosamente, justo amparados en el gasto gubernamental deficitario.
Critico tal moda del pesimismo en tonos pastel porque se ha vuelto pretexto para recetar más de lo mismo que, ya lo vimos, no sirvió: “estímulos” keynesianos de carácter fiscal o monetario. En realidad necesitamos más Schumpeter y menos Keynes. Más destrucción creativa (incluida la destrucción de empleos ruinosos que consumen más de lo que producen) y menos empujones artificiosos a la demanda.
El jueves pasado la Oficina del Congreso de Estados Unidos encargada de vigilar el Presupuesto (CBO, Congressional Budget Office) hizo una advertencia más en ese sentido: el principal obstáculo para la recuperación sostenible de la economía es el descomunal déficit de las finanzas públicas. No se trata, por tanto, de renovar los recortes de impuestos recetados por George W. Bush en su momento, al “ahí se va” y como mala copia de los recortes de impuestos que instrumentó Ronald Reagan. No se trata, tampoco, de inflar aún más el gasto gubernamental con la falaz esperanza de que la abundancia de dinero devaluado entusiasmará tanto a los consumidores que estos gastarán lo que no tienen o que convencerá a los endeudados de que hay que seguirle dando vuelo a la hilacha, “comamos y bebamos, que mañana moriremos”.
Critico, en fin, esa moda pesimista – “fresa”, por eso lo de los tonos pastel- que insiste: “Las cosas están tan mal, que mejor nos seguimos embriagando, ¡venga la siguiente ronda!”.
Así empieza el capítulo V de “Ortodoxia” de G. K. Chesterton. El genial escritor inglés no toma partido ni por uno, el pesimista, ni por otro, el optimista. Prefiere revelarnos un rosario de paradojas respecto de esos dos singulares personajes de los cuales con gran frecuencia nos formamos una impresión grotesca. Como si el pesimista fuese aquél que cree que todo en el cosmos está mal, excepto él mismo, y el optimista fuese un palurdo que cree que todo está absolutamente bien, lo cual es tan ridículo como creer que todas las cosas del mundo están siempre del lado derecho.
El punto al que quiere llegar Chesterton convocando a esos dos “hombres raros” es que tan insano e insensato es llevar el pesimismo hasta la desesperación: “no hay nada que hacer, esto no tiene remedio”; como lo es llevar el optimismo hasta el más estúpido conformismo: “no hay nada que hacer porque todo es maravilloso”.
Hice cierta mofa aquí de la moda del pesimismo en tonos pastel que pareció invadir, de súbito, a muchos escrutadores del panorama económico mundial y local. La crítica a esa moda no fue por ser una moda pesimista, sino por ser simplemente una moda, una frivolidad más, y no un análisis objetivo. Sobrio.
No es lo mismo atisbar y anunciar un nuevo desplome de la economía mundial con un par de datos aislados, que dejar constancia de que hay claros y oscuros en la recuperación de la economía. La economía se recupera, en Estados Unidos específicamente, a un ritmo mucho menor del que desearíamos y de una forma muy distinta – con mucha menor generación de empleos- de aquella que los profetas de los estímulos keynesianos nos prometieron. Los empleos que en los últimos tres meses se han perdido en ese país han sido en el sector público y se habían creado, temporal y artificiosamente, justo amparados en el gasto gubernamental deficitario.
Critico tal moda del pesimismo en tonos pastel porque se ha vuelto pretexto para recetar más de lo mismo que, ya lo vimos, no sirvió: “estímulos” keynesianos de carácter fiscal o monetario. En realidad necesitamos más Schumpeter y menos Keynes. Más destrucción creativa (incluida la destrucción de empleos ruinosos que consumen más de lo que producen) y menos empujones artificiosos a la demanda.
El jueves pasado la Oficina del Congreso de Estados Unidos encargada de vigilar el Presupuesto (CBO, Congressional Budget Office) hizo una advertencia más en ese sentido: el principal obstáculo para la recuperación sostenible de la economía es el descomunal déficit de las finanzas públicas. No se trata, por tanto, de renovar los recortes de impuestos recetados por George W. Bush en su momento, al “ahí se va” y como mala copia de los recortes de impuestos que instrumentó Ronald Reagan. No se trata, tampoco, de inflar aún más el gasto gubernamental con la falaz esperanza de que la abundancia de dinero devaluado entusiasmará tanto a los consumidores que estos gastarán lo que no tienen o que convencerá a los endeudados de que hay que seguirle dando vuelo a la hilacha, “comamos y bebamos, que mañana moriremos”.
Critico, en fin, esa moda pesimista – “fresa”, por eso lo de los tonos pastel- que insiste: “Las cosas están tan mal, que mejor nos seguimos embriagando, ¡venga la siguiente ronda!”.
viernes, 13 de agosto de 2010
Pesimismo en tonos pastel
Lo que se está llevando este verano es el pesimismo en tonos pastel, con ribetes de catástrofe. Y eso amerita otra ronda de tragos. Me explico.
El comandante Fidel Castro celebra su cumpleaños despachándose en dos páginas y media del periódico suyo, de él y de nadie más, llamado “Granma”, el vaticinio de una hecatombe nuclear. ¿Será que nos está advirtiendo –pregunta con sorna Yoani Sánchez, valerosa y admirable periodista cubana- que una vez que Fidel acabe de morir (lo que se antoja inminente) la vida dejará de valer la pena para los que acaso nos quedemos aquí, en esta tierra desolada, que será valle de lágrimas sin la luminosa presencia del anciano déspota?
Pero no sólo es Castro el que ve en la noche (y de trasluz como reza la canción) fantasmas atroces, también se ha puesto de moda el pesimismo entre las legiones de pronosticadores instantáneos. Un columnista de negocios mexicano titulaba sus reflexiones: “La recaída” y espigaba dos o tres datos – nada concluyentes, todo hay que decirlo- para confirmar que “los temores de los expertos respecto a una nueva debilidad de la economía norteamericana están confirmándose”. Supongo que al leer esta confirmación en la prensa mexicana dichos expertos, no identificados, habrán sentido alivio: no se equivocaron.
Anoto, sólo por llevar la contraria, que hay una diferencia nada sutil entre recuperarse de una enfermedad más lentamente de lo que se desearía y sufrir una recaída, pero el columnista citado no se pierde en lo que deben parecerle minucias lingüísticas.
El banco de la Reserva Federal en los Estados Unidos anunció el miércoles que comprará los bonos del Tesoro necesarios para que no se reduzca su balance; esto, traducido a la lengua de los mortales, significa que se mantendrá por mucho más tiempo la tónica del “dinero fácil”. Lo interesante del comunicado de la Reserva Federal es que la razón para sostener dicha estrategia de QE (por “Quantitative Easing” o relajamiento cuantitativo) es que el propio banco central detecta que la recuperación de la economía en ese país se da a un ritmo más lento del esperado y que las cifras de empleo son muy tristes. Pero aun cuando los integrantes del Comité de Mercado Abierto de la Reserva se sumaron – todos menos uno- a la moda del pesimismo en tonos pastel, los predicadores de catástrofes no quedaron satisfechos: quieren otra ronda de tragos a cargo de Ben Bernanke, presidente de la Reserva.
Esa nueva ronda de tragos habría que llamarla QE 2, esto es: desean que la banca central adquiera aún más activos financieros de dudosa reputación para que llegue el momento dichoso en que el valor de los activos se conduela con el valor monetario de las deudas.
Advierto que una nueva ronda de bebidas QE 2 no es una estratagema novedosa, se conocía antaño como recurrir a un proceso de inflación deliberada para amortizar, en forma acelerada y tramposa, las deudas. Pero ya dije que sólo hago tales advertencias por llevarle la contraria a los líderes de la moda.
Desde cierto punto de vista, el del borrachín, esta moda del pesimismo en tonos pastel con ribetes de catástrofe tiene sus ventajas inocultables: permite que la barra libre siga abierta por más horas.
La duda es: ¿quién nos va a conducir a casa cuando ya estemos todos absolutamente ebrios?, o ¿acaso llegará primero la hecatombe nuclear que anuncia el más decrépito de los hermanitos Castro?
El comandante Fidel Castro celebra su cumpleaños despachándose en dos páginas y media del periódico suyo, de él y de nadie más, llamado “Granma”, el vaticinio de una hecatombe nuclear. ¿Será que nos está advirtiendo –pregunta con sorna Yoani Sánchez, valerosa y admirable periodista cubana- que una vez que Fidel acabe de morir (lo que se antoja inminente) la vida dejará de valer la pena para los que acaso nos quedemos aquí, en esta tierra desolada, que será valle de lágrimas sin la luminosa presencia del anciano déspota?
Pero no sólo es Castro el que ve en la noche (y de trasluz como reza la canción) fantasmas atroces, también se ha puesto de moda el pesimismo entre las legiones de pronosticadores instantáneos. Un columnista de negocios mexicano titulaba sus reflexiones: “La recaída” y espigaba dos o tres datos – nada concluyentes, todo hay que decirlo- para confirmar que “los temores de los expertos respecto a una nueva debilidad de la economía norteamericana están confirmándose”. Supongo que al leer esta confirmación en la prensa mexicana dichos expertos, no identificados, habrán sentido alivio: no se equivocaron.
Anoto, sólo por llevar la contraria, que hay una diferencia nada sutil entre recuperarse de una enfermedad más lentamente de lo que se desearía y sufrir una recaída, pero el columnista citado no se pierde en lo que deben parecerle minucias lingüísticas.
El banco de la Reserva Federal en los Estados Unidos anunció el miércoles que comprará los bonos del Tesoro necesarios para que no se reduzca su balance; esto, traducido a la lengua de los mortales, significa que se mantendrá por mucho más tiempo la tónica del “dinero fácil”. Lo interesante del comunicado de la Reserva Federal es que la razón para sostener dicha estrategia de QE (por “Quantitative Easing” o relajamiento cuantitativo) es que el propio banco central detecta que la recuperación de la economía en ese país se da a un ritmo más lento del esperado y que las cifras de empleo son muy tristes. Pero aun cuando los integrantes del Comité de Mercado Abierto de la Reserva se sumaron – todos menos uno- a la moda del pesimismo en tonos pastel, los predicadores de catástrofes no quedaron satisfechos: quieren otra ronda de tragos a cargo de Ben Bernanke, presidente de la Reserva.
Esa nueva ronda de tragos habría que llamarla QE 2, esto es: desean que la banca central adquiera aún más activos financieros de dudosa reputación para que llegue el momento dichoso en que el valor de los activos se conduela con el valor monetario de las deudas.
Advierto que una nueva ronda de bebidas QE 2 no es una estratagema novedosa, se conocía antaño como recurrir a un proceso de inflación deliberada para amortizar, en forma acelerada y tramposa, las deudas. Pero ya dije que sólo hago tales advertencias por llevarle la contraria a los líderes de la moda.
Desde cierto punto de vista, el del borrachín, esta moda del pesimismo en tonos pastel con ribetes de catástrofe tiene sus ventajas inocultables: permite que la barra libre siga abierta por más horas.
La duda es: ¿quién nos va a conducir a casa cuando ya estemos todos absolutamente ebrios?, o ¿acaso llegará primero la hecatombe nuclear que anuncia el más decrépito de los hermanitos Castro?
viernes, 6 de agosto de 2010
La mano peluda del gobierno
Uno de los grandes peligros ocultos que nos ha quedado como saldo de la crisis global ha sido cierta reivindicación – frente a la opinión pública- del intervencionismo gubernamental en la economía.
Se trata de una reivindicación retórica que abruma pero que es totalmente injustificada. Más aún, un análisis objetivo de los factores que gestaron esta crisis, así como un análisis de su evolución muestran exactamente lo contrario: el voluntarismo de gobiernos y autoridades, ayudado por grandes dosis de discrecionalidad no exenta de arrogancia, propició la crisis y la agravó fatalmente.
Basta recordar el fatídico 15 de septiembre de 2008 cuando las autoridades del Tesoro de Estados Unidos dejaron quebrar a Lehman después de haber salvado, meses antes, a otros bancos de inversión y justo la víspera de hacer un rescate multimillonario, con fondos públicos, de la gigantesca aseguradora AIG, por no hablar del rescate ruinoso de esas entidades híbridas casi gubernamentales que son Fannie Mae y Freddie Mac.
La jaculatoria que se invoca a diestra y siniestra, sin mayor análisis, es la del fracaso de la dictadura del mercado y de la autorregulación de los mercados. Dicho coloquialmente, la nueva consigna es: “Muera la mano invisible que mueve a los mercados, ¡que viva la garra peluda de los gobiernos!”. Por doquier se aferran, como a un clavo que arde, a la presunción de que “el mercado falló ostensiblemente; es la hora de la revancha intervencionista”.
Sin embargo, la odiosa “dictadura del mercado” sigue funcionando a despecho de toda esta retórica que desempolvó y sacó de los armarios las versiones más adocenadas de las ideas de Lord Keynes. Así, los mercados financieros simplemente dejaron de aceptar deuda soberana de Grecia o de otros países de la llamada “Europa periférica” y no quedó más remedio que ajustarse a ese dictado o morir en el intento de oponérsele.
Y eso está bien. Porque los mercados no son otra cosa que la resultante de las voluntades (más o menos informadas, más o menos acertadas, pero libres) de millones de personas de carne y hueso desperdigadas por todo el planeta a las cuales no hay poder humano que pueda coordinar o manipular.
Así es y así seguirá siendo. Es, en tal sentido, que más que fallas de los mercados hay fallas de aquellos, arrogantes o ilusos, que pretenden saber mejor que millones de personas lo que quieren esos millones de personas. Y esos ilusos o arrogantes, con frecuencia inspirados en la mejor de las intenciones, suelen ser los gobiernos y sus burocracias.
Encuentro más que iluso a Barack Obama cuando dice, en un inusitado tono de nacionalismo populista, que la industria automotriz de Estados Unidos será muy pronto, y otra vez, la industria líder mundial. Supone el presidente de los Estados Unidos que al influjo de su buena voluntad y de varios miles de millones de dólares de los contribuyentes, los consumidores en todo el mundo correremos afanosos a comprar automóviles hechos en Michigan o en Illinois sólo por la dicha de poseer un vehículo caro e ineficiente.
También es iluso Obama cuando clama: “ya nos cansamos de comprarle a otros países, ahora queremos vender más”. Vender más no depende de voluntarismos; a Obama le habría bastado con ir a cualquier Wal Mart y ver qué compran sus compatriotas y tratar de averiguar por qué compran lo que compran. Ese es el mercado. Es un pertinaz “dictador”, pero funciona mejor que el gobierno.
Se trata de una reivindicación retórica que abruma pero que es totalmente injustificada. Más aún, un análisis objetivo de los factores que gestaron esta crisis, así como un análisis de su evolución muestran exactamente lo contrario: el voluntarismo de gobiernos y autoridades, ayudado por grandes dosis de discrecionalidad no exenta de arrogancia, propició la crisis y la agravó fatalmente.
Basta recordar el fatídico 15 de septiembre de 2008 cuando las autoridades del Tesoro de Estados Unidos dejaron quebrar a Lehman después de haber salvado, meses antes, a otros bancos de inversión y justo la víspera de hacer un rescate multimillonario, con fondos públicos, de la gigantesca aseguradora AIG, por no hablar del rescate ruinoso de esas entidades híbridas casi gubernamentales que son Fannie Mae y Freddie Mac.
La jaculatoria que se invoca a diestra y siniestra, sin mayor análisis, es la del fracaso de la dictadura del mercado y de la autorregulación de los mercados. Dicho coloquialmente, la nueva consigna es: “Muera la mano invisible que mueve a los mercados, ¡que viva la garra peluda de los gobiernos!”. Por doquier se aferran, como a un clavo que arde, a la presunción de que “el mercado falló ostensiblemente; es la hora de la revancha intervencionista”.
Sin embargo, la odiosa “dictadura del mercado” sigue funcionando a despecho de toda esta retórica que desempolvó y sacó de los armarios las versiones más adocenadas de las ideas de Lord Keynes. Así, los mercados financieros simplemente dejaron de aceptar deuda soberana de Grecia o de otros países de la llamada “Europa periférica” y no quedó más remedio que ajustarse a ese dictado o morir en el intento de oponérsele.
Y eso está bien. Porque los mercados no son otra cosa que la resultante de las voluntades (más o menos informadas, más o menos acertadas, pero libres) de millones de personas de carne y hueso desperdigadas por todo el planeta a las cuales no hay poder humano que pueda coordinar o manipular.
Así es y así seguirá siendo. Es, en tal sentido, que más que fallas de los mercados hay fallas de aquellos, arrogantes o ilusos, que pretenden saber mejor que millones de personas lo que quieren esos millones de personas. Y esos ilusos o arrogantes, con frecuencia inspirados en la mejor de las intenciones, suelen ser los gobiernos y sus burocracias.
Encuentro más que iluso a Barack Obama cuando dice, en un inusitado tono de nacionalismo populista, que la industria automotriz de Estados Unidos será muy pronto, y otra vez, la industria líder mundial. Supone el presidente de los Estados Unidos que al influjo de su buena voluntad y de varios miles de millones de dólares de los contribuyentes, los consumidores en todo el mundo correremos afanosos a comprar automóviles hechos en Michigan o en Illinois sólo por la dicha de poseer un vehículo caro e ineficiente.
También es iluso Obama cuando clama: “ya nos cansamos de comprarle a otros países, ahora queremos vender más”. Vender más no depende de voluntarismos; a Obama le habría bastado con ir a cualquier Wal Mart y ver qué compran sus compatriotas y tratar de averiguar por qué compran lo que compran. Ese es el mercado. Es un pertinaz “dictador”, pero funciona mejor que el gobierno.
viernes, 30 de julio de 2010
¿A quién le importa el déficit fiscal en EU?
El pensamiento dominante en los Estados Unidos – tanto entre los demócratas como entre los republicanos- se ha vuelto indiferente ante la peor amenaza que se cierne sobre esa economía y también sobre la economía mundial: el creciente déficit fiscal.
En un memorable artículo, publicado en su blog del Financial Times esta semana, Martin Wolf muestra que en Estados Unidos tanto para los políticos “conservadores” como para los “progresistas” (las comillas son indispensables tratándose de caracterizaciones ideológicas) carece de utilidad actuar eficazmente para corregir el desastroso balance público.
El pensamiento republicano dominante recurre a esa gran genialidad política del gobierno de Ronald Reagan que fue la “economía de la oferta” o supply side economics, como conjuro mágico que haría desaparecer el déficit. Dicho esquemáticamente este milagro consiste en que si se disminuyen sustancialmente los impuestos, los ingresos públicos crecen debido al gran estímulo que, entonces, recibirán las empresas y los emprendedores quienes – tal es la conjetura- se volcarán a producir, liberados por fin de las asfixiantes ataduras de las cargas fiscales.
Se trata de una versión vulgarizada de la famosa curva de Arthur Laffer. Es totalmente cierto que hay un punto, imposible de determinar a priori, en el que un aumento en las tasas de los impuestos disminuye la recaudación en lugar de incrementarla y viceversa. Pero también es cierto que una tasa cero de impuestos recauda exactamente cero dólares.
El truco de la economía de la oferta es simplista y no se sostiene desde el punto de vista de un riguroso análisis económico, pero funciona de maravilla en el terreno de la política y permite que los políticos prometan bajar impuestos aquí y allá sin hacer ningún esfuerzo serio para recortar el gasto público. ¿Resultado?, el déficit fiscal sigue creciendo.
Por su parte, los demócratas en el poder tampoco tienen gran interés en emprender una cruzada contra el déficit fiscal. Ni su keynesianismo redivivo ni la práctica política se los recomiendan. Por el contrario: simpatizan con la idea de que a menos que se mantengan por mucho más tiempo los estímulos del gasto público, ¡y se incrementen más!, la economía no tendrá una recuperación sostenida ni generará empleos. Ironía: parece que al gobierno de Obama le conviene ser pesimista. Y pragmáticamente recuerdan que la relativa frugalidad del gobierno del demócrata Bill Clinton, que cerró su segundo mandato dejando un superávit, sólo sirvió para que el republicano George W. Bush lo derrochase apresuradamente en un par de años, ayudado por los demócratas en el Congreso.
¿Arreglar las finanzas públicas, apelando al sacrificio tanto de burócratas como de contribuyentes?, ¿para qué?, ¿para que regrese un republicano a la Casa Blanca y disfrute de lo ahorrado? ¡Ni locos!
El colmo es que algunos “conservadores” radicales conjeturan, a su vez, que para su causa sería beneficiosa una mayor catástrofe fiscal porque arrojaría de la Casa Blanca a los demócratas por muchos años. Cinismo escalofriante de los políticos que bien conocemos en México.
Así las cosas, atender la peor amenaza que se cierne sobre el futuro de la economía estadounidense (¡y de la economía del mundo!), que es ese pantagruélico déficit fiscal, no es materia de interés genuino para los políticos que dominan la escena. Hay motivos, entonces, para perder el sueño.
En un memorable artículo, publicado en su blog del Financial Times esta semana, Martin Wolf muestra que en Estados Unidos tanto para los políticos “conservadores” como para los “progresistas” (las comillas son indispensables tratándose de caracterizaciones ideológicas) carece de utilidad actuar eficazmente para corregir el desastroso balance público.
El pensamiento republicano dominante recurre a esa gran genialidad política del gobierno de Ronald Reagan que fue la “economía de la oferta” o supply side economics, como conjuro mágico que haría desaparecer el déficit. Dicho esquemáticamente este milagro consiste en que si se disminuyen sustancialmente los impuestos, los ingresos públicos crecen debido al gran estímulo que, entonces, recibirán las empresas y los emprendedores quienes – tal es la conjetura- se volcarán a producir, liberados por fin de las asfixiantes ataduras de las cargas fiscales.
Se trata de una versión vulgarizada de la famosa curva de Arthur Laffer. Es totalmente cierto que hay un punto, imposible de determinar a priori, en el que un aumento en las tasas de los impuestos disminuye la recaudación en lugar de incrementarla y viceversa. Pero también es cierto que una tasa cero de impuestos recauda exactamente cero dólares.
El truco de la economía de la oferta es simplista y no se sostiene desde el punto de vista de un riguroso análisis económico, pero funciona de maravilla en el terreno de la política y permite que los políticos prometan bajar impuestos aquí y allá sin hacer ningún esfuerzo serio para recortar el gasto público. ¿Resultado?, el déficit fiscal sigue creciendo.
Por su parte, los demócratas en el poder tampoco tienen gran interés en emprender una cruzada contra el déficit fiscal. Ni su keynesianismo redivivo ni la práctica política se los recomiendan. Por el contrario: simpatizan con la idea de que a menos que se mantengan por mucho más tiempo los estímulos del gasto público, ¡y se incrementen más!, la economía no tendrá una recuperación sostenida ni generará empleos. Ironía: parece que al gobierno de Obama le conviene ser pesimista. Y pragmáticamente recuerdan que la relativa frugalidad del gobierno del demócrata Bill Clinton, que cerró su segundo mandato dejando un superávit, sólo sirvió para que el republicano George W. Bush lo derrochase apresuradamente en un par de años, ayudado por los demócratas en el Congreso.
¿Arreglar las finanzas públicas, apelando al sacrificio tanto de burócratas como de contribuyentes?, ¿para qué?, ¿para que regrese un republicano a la Casa Blanca y disfrute de lo ahorrado? ¡Ni locos!
El colmo es que algunos “conservadores” radicales conjeturan, a su vez, que para su causa sería beneficiosa una mayor catástrofe fiscal porque arrojaría de la Casa Blanca a los demócratas por muchos años. Cinismo escalofriante de los políticos que bien conocemos en México.
Así las cosas, atender la peor amenaza que se cierne sobre el futuro de la economía estadounidense (¡y de la economía del mundo!), que es ese pantagruélico déficit fiscal, no es materia de interés genuino para los políticos que dominan la escena. Hay motivos, entonces, para perder el sueño.
viernes, 23 de julio de 2010
¿Desconectamos a México, doctor Narro?
“México no merece sufrir”. Estas cuatro palabras enigmáticas las dijo el doctor José Narro, rector de la UNAM, hace unos días cuando le otorgaron la medalla 1808 (lo que suena como marca registrada de tequila glorificado) y debo confesar que me dejaron estupefacto.
La verdad yo no tengo la menor idea de en quién estaba pensando el doctor Narro cuando hablaba así de “México” como de una persona de carne y hueso, que sufre y se acongoja, que goza y se afana, que a veces le duelen las muelas y que un día le saldrán canas. No soy quién para enmendarle la plana al rector de la MCE (Máxima Casa de Estudios), que es como se conoce de acuerdo con los cánones de la corrección política a esa universidad. Sin embargo, me parece un disparate decir que México merece esto o aquello, como si acaso se tratase de una persona que en vísperas – dicen- de cumplir sus 200 primaveras (como dicen los maestros de ceremonias en las fiestas de las quinceañeras) ha llegado a “la edad de merecer”.
Los mexicanos – el gentilicio incluye a todos, del sexo que sean- existen y sufren o gozan, pero ¿México? Esa manía retórica de otorgarle atributos de ser humano a los conceptos abstractos o a las ficciones jurídicas es muy peligrosa. Los Estados Unidos Mexicanos son un ente de razón, con fundamento en la realidad tal vez como decían los aburridos escolásticos, pero no un ser vivo, que sienta, sufra, goce, ame y le crezcan las uñas de los pies. Tal como fue un ominoso ente de razón la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, ya extinta por fortuna.
Pero ya dije que no soy nadie para que se acepten mis incorrecciones, entre otras causas porque no soy un producto terminado y espléndido surgido de la MCE, sino un dubitativo egresado de alguna casita de aprendizaje de dudosa reputación política que, como todas las demás que no sean la MCE, siempre aparecerán disminuidas, desdeñadas, minúsculas, ante la inmensidad pasmosa y pantagruélica de la infalible e intocable UNAM.
Insisto, sin embargo, porque el asunto es más grave que una mera licencia retórica: cuando un doctor en medicina sentencia que un paciente “no merece sufrir” estamos en problemas. Y el doctor Narro es doctor en eso, en medicina. No es, que se sepa, un historiador o un filósofo, ni siquiera un poeta. Es médico y dijo, con ese tono grave que adoptan los médicos para hablar con los parientes del paciente agonizante: “No merece sufrir”.
¿Qué hacemos, entonces, doctor?, ¿desconectamos al paciente del respirador artificial y le dejamos partir?, ¿lo damos de alta de forma que se lo lleven del frío hospital, de la temible sala de terapia intensiva, para que fallezca en su hogar, rodeado acaso de quienes le puedan hacer más llevadero el trance de la muerte?
Que los dioses y pontífices de la MCE sean indulgentes conmigo. Ojalá el médico Narro hubiese ofrecido no sólo un diagnóstico general, sino también la terapia que recomienda. Dejar las cosas así de escuetas, diciendo que el paciente no merece sufrir y que ya urge cambiar (sin especificar si el cambio propuesto es de doctor, de paciente, de medicamento o de tema), hace sospechar que el médico está proponiendo una eutanasia. Y eso duele porque ya la habíamos agarrado cierto cariño a esa abstracción que llamamos México.
La verdad yo no tengo la menor idea de en quién estaba pensando el doctor Narro cuando hablaba así de “México” como de una persona de carne y hueso, que sufre y se acongoja, que goza y se afana, que a veces le duelen las muelas y que un día le saldrán canas. No soy quién para enmendarle la plana al rector de la MCE (Máxima Casa de Estudios), que es como se conoce de acuerdo con los cánones de la corrección política a esa universidad. Sin embargo, me parece un disparate decir que México merece esto o aquello, como si acaso se tratase de una persona que en vísperas – dicen- de cumplir sus 200 primaveras (como dicen los maestros de ceremonias en las fiestas de las quinceañeras) ha llegado a “la edad de merecer”.
Los mexicanos – el gentilicio incluye a todos, del sexo que sean- existen y sufren o gozan, pero ¿México? Esa manía retórica de otorgarle atributos de ser humano a los conceptos abstractos o a las ficciones jurídicas es muy peligrosa. Los Estados Unidos Mexicanos son un ente de razón, con fundamento en la realidad tal vez como decían los aburridos escolásticos, pero no un ser vivo, que sienta, sufra, goce, ame y le crezcan las uñas de los pies. Tal como fue un ominoso ente de razón la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, ya extinta por fortuna.
Pero ya dije que no soy nadie para que se acepten mis incorrecciones, entre otras causas porque no soy un producto terminado y espléndido surgido de la MCE, sino un dubitativo egresado de alguna casita de aprendizaje de dudosa reputación política que, como todas las demás que no sean la MCE, siempre aparecerán disminuidas, desdeñadas, minúsculas, ante la inmensidad pasmosa y pantagruélica de la infalible e intocable UNAM.
Insisto, sin embargo, porque el asunto es más grave que una mera licencia retórica: cuando un doctor en medicina sentencia que un paciente “no merece sufrir” estamos en problemas. Y el doctor Narro es doctor en eso, en medicina. No es, que se sepa, un historiador o un filósofo, ni siquiera un poeta. Es médico y dijo, con ese tono grave que adoptan los médicos para hablar con los parientes del paciente agonizante: “No merece sufrir”.
¿Qué hacemos, entonces, doctor?, ¿desconectamos al paciente del respirador artificial y le dejamos partir?, ¿lo damos de alta de forma que se lo lleven del frío hospital, de la temible sala de terapia intensiva, para que fallezca en su hogar, rodeado acaso de quienes le puedan hacer más llevadero el trance de la muerte?
Que los dioses y pontífices de la MCE sean indulgentes conmigo. Ojalá el médico Narro hubiese ofrecido no sólo un diagnóstico general, sino también la terapia que recomienda. Dejar las cosas así de escuetas, diciendo que el paciente no merece sufrir y que ya urge cambiar (sin especificar si el cambio propuesto es de doctor, de paciente, de medicamento o de tema), hace sospechar que el médico está proponiendo una eutanasia. Y eso duele porque ya la habíamos agarrado cierto cariño a esa abstracción que llamamos México.
sábado, 10 de julio de 2010
Chesterton y el oráculo del pulpo
Uno de los mejores relatos del género policial es “El oráculo del perro” de G. K. Chesterton dentro del volumen “La incredulidad del Padre Brown” (1926). La historia es más o menos la siguiente: un joven amigo del Padre Brown le relata el caso del asesinato de un hombre, causado por algo que debió ser un estilete clavado muy cerca de su corazón, cuando este hombre estaba completamente solo en una florida glorieta de su casa de campo. Nadie, le dice su amigo al Padre Brown, sabe cómo pudo cometerse el asesinato ni ha atinado a desenmascarar al asesino. Nadie, advierte, salvo el perro de la víctima, un hermoso perro negro y grande llamado “Nox”.
La trama de “El oráculo del perro” es una variante paródica del “enigma del cuarto cerrado” que es un prototipo del género policial, iniciado, al decir de Jorge Luis Borges, por Edgar Allan Poe. Vale la pena citar algo que escribió Borges al respecto:
“Un examen de la literatura policial basado en los problemas que la componen sería, creo, más encantador que este epítome. Por ejemplo: consideremos el durable problema de la pieza cerrada. La solución de Poe (The murders in the Rue Morgue) requiere un pararrayos, una ventana y un mono antropomorfo, la de Eden Phillpotts (Jig-Saw), un puñal disparado desde un fusil, la de Chesterton (The oracle of the dog), una espada y las hendijas de una glorieta; la de Carter Dickson (The Plague Court murders), unas transitorias balas de hielo; la del ornitológico Ellery Queen (The door between), un pájaro que se lleva en el pico el arma de un suicida; la de Simenon (La nuit de sept minutes), una estufa, un caño, una piedra, un revólver y una cuerda tirante. Quedan las ingeniosas para el final: la de Gastón Leroux (Le mystère de la chambre jaune), que comporta una herida anterior y una pesadilla; la de Israel Zangwill (The Big Bow mystery) resumible así: dos personas entran conjuntamente en el dormitorio del crimen; una de ellas, que es un detective, anuncia que han degollado al dueño y aprovecha el estupor de su compañero para consumar el asesinato” (revista “Sur”, reseña de Borges del libro “Murder for pleasure” de Howard Haycraft, septiembre de 1943).
El Padre Brown, desde luego, resuelve el misterio y le demuestra a su joven amigo que el buen perro sólo se portó como se comportan los perros y en modo alguno fue un emisario del más allá develando misterios ocultos a los hombres; esto es: el perro jamás fue un oráculo. Al final, el Padre Brown regala a su amigo una reflexión valiosa: las supersticiones modernas (a veces más ridículas y, si cabe, más irracionales que las antiguas) provienen de gente que irracionalmente detesta creer en Dios pero que está más que dispuesta a creer en perros que profetizan, en gatos que curan a los desahuciados…o en pulpos que pronostican con acierto los resultados del futbol.
Si mañana domingo España vence a Holanda el cautivo pulpo Paul nada tendrá que ver con ello. Lo mismo que si los futbolistas holandeses logran ser campeones del mundo; evento este último, por cierto, que no estaría exento de cierta justicia poética hacia los holandeses que hace tres siglos emigraron a lo que hoy es Sudáfrica para quedarse ahí permanentemente; hoy sus descendientes se llaman a sí mismos “afrikaners”, son tan africanos como el que más, y algunos son diestros en la producción de vinos de excelente gusto y mejor precio.
¿Pulpitos predicando en el púlpito? ¡Lo que nos faltaba!
La trama de “El oráculo del perro” es una variante paródica del “enigma del cuarto cerrado” que es un prototipo del género policial, iniciado, al decir de Jorge Luis Borges, por Edgar Allan Poe. Vale la pena citar algo que escribió Borges al respecto:
“Un examen de la literatura policial basado en los problemas que la componen sería, creo, más encantador que este epítome. Por ejemplo: consideremos el durable problema de la pieza cerrada. La solución de Poe (The murders in the Rue Morgue) requiere un pararrayos, una ventana y un mono antropomorfo, la de Eden Phillpotts (Jig-Saw), un puñal disparado desde un fusil, la de Chesterton (The oracle of the dog), una espada y las hendijas de una glorieta; la de Carter Dickson (The Plague Court murders), unas transitorias balas de hielo; la del ornitológico Ellery Queen (The door between), un pájaro que se lleva en el pico el arma de un suicida; la de Simenon (La nuit de sept minutes), una estufa, un caño, una piedra, un revólver y una cuerda tirante. Quedan las ingeniosas para el final: la de Gastón Leroux (Le mystère de la chambre jaune), que comporta una herida anterior y una pesadilla; la de Israel Zangwill (The Big Bow mystery) resumible así: dos personas entran conjuntamente en el dormitorio del crimen; una de ellas, que es un detective, anuncia que han degollado al dueño y aprovecha el estupor de su compañero para consumar el asesinato” (revista “Sur”, reseña de Borges del libro “Murder for pleasure” de Howard Haycraft, septiembre de 1943).
El Padre Brown, desde luego, resuelve el misterio y le demuestra a su joven amigo que el buen perro sólo se portó como se comportan los perros y en modo alguno fue un emisario del más allá develando misterios ocultos a los hombres; esto es: el perro jamás fue un oráculo. Al final, el Padre Brown regala a su amigo una reflexión valiosa: las supersticiones modernas (a veces más ridículas y, si cabe, más irracionales que las antiguas) provienen de gente que irracionalmente detesta creer en Dios pero que está más que dispuesta a creer en perros que profetizan, en gatos que curan a los desahuciados…o en pulpos que pronostican con acierto los resultados del futbol.
Si mañana domingo España vence a Holanda el cautivo pulpo Paul nada tendrá que ver con ello. Lo mismo que si los futbolistas holandeses logran ser campeones del mundo; evento este último, por cierto, que no estaría exento de cierta justicia poética hacia los holandeses que hace tres siglos emigraron a lo que hoy es Sudáfrica para quedarse ahí permanentemente; hoy sus descendientes se llaman a sí mismos “afrikaners”, son tan africanos como el que más, y algunos son diestros en la producción de vinos de excelente gusto y mejor precio.
¿Pulpitos predicando en el púlpito? ¡Lo que nos faltaba!
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