Durante mucho tiempo, tal vez dos o hasta tres décadas, España se nos ofreció como modelo. Ya no más.
Primero, fue la límpida transición: ir de la patética agonía y muerte de un dictador vetusto a la construcción generosa de una democracia en el marco de una moderna monarquía parlamentaria. La clave del tránsito terso fue la voluntad de ir de la ley a la ley sin apelar a las rupturas brutales, así como la generosa disposición de un joven monarca, Juan Carlos, para trabajar sin descanso en la domesticación de voluntades que se antojaban indómitas e irredentas, a derecha e izquierda.
Después, fue el éxito de la economía española enmarcado por su inserción plena en Europa, sustentado en su apuesta por la ley y la libertad. España llegó a crecer más que el resto de la Unión Europea. Las grandes corporaciones españolas conquistaron los mercados de Hispanoamérica en las telecomunicaciones, en las finanzas, en los energéticos, en la construcción y hasta en el terreno de las tecnologías verdes o limpias.
Pero el tiempo todo lo muda. Hoy España difícilmente es modelo. Ojalá España logre salir del lastimoso trance en que la deshonestidad intelectual, la mucha ambición de políticos y negociantes (servida frecuentemente por una desparpajada falta de escrúpulos), las necedades aldeanas y otros males, como el progresismo bobalicón, la han metido.
Un ejemplo, tal vez paradigmático, de la profunda crisis económica, social y moral en la que hoy naufraga España, son las tribulaciones en que se ha metido el famoso juez Baltasar Garzón. Famoso en el orbe a fuerza de golpes mediáticos diseñados para cosechar la admiración candorosa de los progres. Juzgar y condenar (porque se trataba de un juicio con la sentencia cargada de antemano) al dictador chileno Augusto Pinochet fue una gran lanzada mediática. Y ahí se siguió la carrera meteórica de un extraño juez amante de los reflectores, parcializado por la toma de posturas partidistas, aupado por amigos negociantes tanto más poderosos cuanto más cercanos han sido a los gobiernos de la progresía española (socialista de apellido); progresía que abandonó el dogmatismo de la lucha de clases para encaramarse en el más burdo capitalismo de los compadres.
Hoy Garzón enfrenta, entre otras, acusaciones de prevaricación (durísima palabra) con las armas que conoce: Sus contactos entre la progresía multinacional de habla hispana -hasta en México le han salido un par de compadres defensores en la prensa-, sus amigos del poderoso grupo mediático que forjó Jesús Polanco, sus enchufes con los gobiernos de apellido socialista. Con algaradas, carteles, gritos y consignas. Curioso juez que prefiere tales recursos frívolos para defenderse, en lugar de aquellos que debiera conocer al dedillo: el alegato jurídico y ponderado en cortes y juzgados. Cada cual es lo que es y cada cual hace lo que sabe y puede.
Otro capítulo de la picaresca española puesto al día, salpicado de invocaciones trasnochadas y tremendistas a los fantasmas de la guerra civil y del franquismo, cuando Francisco Franco murió hace mucho, 34 años y muchos meses para ser casi exactos, y sus despojos ya ni a los gusanos atraen.
Lo aleccionador, detrás de la anécdota de Garzón, es constatar que quien hace de la justicia un circo, un negocio para los traficantes de ruido, con frecuencia termina recibiendo como pago la misma moneda falsa que puso en circulación.
viernes, 23 de abril de 2010
sábado, 17 de abril de 2010
Las alarmas que nunca sonaron
Hay episodios de crisis económicas que son como chaparrones de verano: Gordas gotas de agua que caen intensas y despiadadas, pero pronto el cielo se abre, la luz regresa y cada cual a lo suyo tras la tormenta efímera.
La calamidad mundial de la que estamos saliendo no fue de esa clase. Ha sido una crisis de la que el mundo surgirá diferente de lo que fue, para bien o para mal. No será, por supuesto, la última gran crisis mundial, porque la capacidad de autoengaño que tenemos los seres humanos parece inagotable. Pero tal vez esta crisis, como conjetura Dario Valcárcel en un recomendable análisis publicado por ABC en España, alumbre monstruos y soluciones originales a la vista de algunas peculiaridades que ha tenido y que cuando menos deberían despertar esa dormida capacidad de asombro que precede a los descubrimientos cruciales.
Al escudriñar los orígenes de esta crisis – una disfunción severa e inesperada en el sistema circulatorio de las finanzas globales- descubrimos novedades más o menos asombrosas.
Me refiero, para ser específico, a la inesperada y perniciosa capacidad que mostró el excesivo apalancamiento (crédito, deuda) para generar, en el otro lado de los balances, un conjunto de activos financieros que tuvieron toda la pinta, todo el aroma y hasta el modo de comportarse que tiene la riqueza real, sin que fuesen cabalmente riqueza. De pronto, mientras más debes más rico pareces. Contra la lógica tradicional de la tienda de abarrotes las deudas se mutan en riqueza. Obtienes una hipoteca, que se se supone es para adquirir una casa pero en realidad esa nueva deuda se transmuta – por obra y gracia del empaquetamiento financiero- en riqueza, es tu banco personal con fondos que parecen inagotables y contra los cuales puedes girar para hacerte de otra casa más, de un auto y hasta de unas vacaciones rumbosas como de político botarete visitando la finca de los hermanitos Castro en el Caribe.
Del otro lado del mostrador tienes, digamos, a los exportadores de alguna economía emergente o a un pensionado europeo buscando dónde invertir sus ahorros y esos excedentes van, de forma insospechada, a ser la contraparte de tus dos o tres casas, de tu auto y hasta de tus vacaciones inolvidables. A nadie conviene que este amago de máquina de movimiento perpetuo termine; mucho menos que termine de forma abrupta. Pero se acabó. Contra la lógica no hay fuero.
El problema es que esta orgía de crédito pasó el retén de los indicadores de alarma sin que se encendiera una sola luz roja. La orgía de crédito no se volvió inflación detectable sino que halló acomodo en esos activos financieros novedosos y cautivadores: por ejemplo, los “vehículos estructurados de inversión”. Que fueron, en muchos casos, como esas pócimas energéticas que, dicen, te permiten “reventarte” toda la noche sin percibir ni un asomo de fatiga.
Habrá que entender y aprender para inventarnos detectores de alerta, en los mercados financieros, que no nos engañen. No es tarea sencilla porque con facilidad, y dado que se trata de asuntos en los que los políticos siempre meten las manos y hasta los píes, puede concluir con normas y prohibiciones tan simplistas como absurdas, reglas condenadas al incumplimiento o a la simulación (como esa de cambiar datos personales por el permiso burocrático de tener una línea telefónica) que inhiban y encarezcan la creatividad financiera. Ese sí sería un pésimo negocio. Cuidado.
La calamidad mundial de la que estamos saliendo no fue de esa clase. Ha sido una crisis de la que el mundo surgirá diferente de lo que fue, para bien o para mal. No será, por supuesto, la última gran crisis mundial, porque la capacidad de autoengaño que tenemos los seres humanos parece inagotable. Pero tal vez esta crisis, como conjetura Dario Valcárcel en un recomendable análisis publicado por ABC en España, alumbre monstruos y soluciones originales a la vista de algunas peculiaridades que ha tenido y que cuando menos deberían despertar esa dormida capacidad de asombro que precede a los descubrimientos cruciales.
Al escudriñar los orígenes de esta crisis – una disfunción severa e inesperada en el sistema circulatorio de las finanzas globales- descubrimos novedades más o menos asombrosas.
Me refiero, para ser específico, a la inesperada y perniciosa capacidad que mostró el excesivo apalancamiento (crédito, deuda) para generar, en el otro lado de los balances, un conjunto de activos financieros que tuvieron toda la pinta, todo el aroma y hasta el modo de comportarse que tiene la riqueza real, sin que fuesen cabalmente riqueza. De pronto, mientras más debes más rico pareces. Contra la lógica tradicional de la tienda de abarrotes las deudas se mutan en riqueza. Obtienes una hipoteca, que se se supone es para adquirir una casa pero en realidad esa nueva deuda se transmuta – por obra y gracia del empaquetamiento financiero- en riqueza, es tu banco personal con fondos que parecen inagotables y contra los cuales puedes girar para hacerte de otra casa más, de un auto y hasta de unas vacaciones rumbosas como de político botarete visitando la finca de los hermanitos Castro en el Caribe.
Del otro lado del mostrador tienes, digamos, a los exportadores de alguna economía emergente o a un pensionado europeo buscando dónde invertir sus ahorros y esos excedentes van, de forma insospechada, a ser la contraparte de tus dos o tres casas, de tu auto y hasta de tus vacaciones inolvidables. A nadie conviene que este amago de máquina de movimiento perpetuo termine; mucho menos que termine de forma abrupta. Pero se acabó. Contra la lógica no hay fuero.
El problema es que esta orgía de crédito pasó el retén de los indicadores de alarma sin que se encendiera una sola luz roja. La orgía de crédito no se volvió inflación detectable sino que halló acomodo en esos activos financieros novedosos y cautivadores: por ejemplo, los “vehículos estructurados de inversión”. Que fueron, en muchos casos, como esas pócimas energéticas que, dicen, te permiten “reventarte” toda la noche sin percibir ni un asomo de fatiga.
Habrá que entender y aprender para inventarnos detectores de alerta, en los mercados financieros, que no nos engañen. No es tarea sencilla porque con facilidad, y dado que se trata de asuntos en los que los políticos siempre meten las manos y hasta los píes, puede concluir con normas y prohibiciones tan simplistas como absurdas, reglas condenadas al incumplimiento o a la simulación (como esa de cambiar datos personales por el permiso burocrático de tener una línea telefónica) que inhiban y encarezcan la creatividad financiera. Ese sí sería un pésimo negocio. Cuidado.
viernes, 9 de abril de 2010
Greenspan y el reparto de culpas
Se necesita ser muy arrogante, amén de muy bruto, para condenar o absolver de un plumazo a Alan Greenspan respecto de la gestación de la calamidad financiera y económica mundial que padecimos de forma particularmente aguda en 2008 y 2009.
Una de las novedades de esta semana – esos alaridos con los que los medios de comunicación y el entramado político tratan de llamar nuestra atención – fue que los legisladores estadounidenses sentaron en el banquillo a Greenspan. Éste, fiel a su talante, tuvo el talento para elaborar argumentos plausibles en su descargo y en el de la Reserva Federal de los Estados Unidos y para reconocer algunos errores de apreciación. Hay que decir, aunque Greenspan no tuvo el instinto suicida para hacerlo, que dichos errores de apreciación en todo caso tuvieron consecuencias desastrosas para la economía mundial.
Lo que nos debiera importar del episodio, sin embargo, es desentrañar la verdad detrás de la crisis. No estamos, a pesar del afán de muchos colegas por reivindicar la llamada “nota roja”, ante la escena de un crimen jugando a los detectives geniales que descubren súbitamente al criminal, desenmascaran sus perversos móviles, lo juzgan sumariamente y lo procesan en el patíbulo “mediático” (uno de los más crueles e injustos) mediante una “exclusiva”. Mucho menos estamos ante esa degradación del periodismo a mera notoriedad narcisista (“y aquí está el inmarcesible don Julio abrazando al famoso narcotraficante como muestra máxima del periodismo progre”), en el que algunas vacas sagradas del oficio fatigan sus días postreros.
Alguna vez, André Frossard escribió que un intelectual es aquél cuya profesión es la verdad. Algo así debiera ser el periodismo, pero dista de serlo evidentemente.
Volvamos a Greenspan y a la peor calamidad económica global de los últimos tiempos: ¿Por qué fue posible tal desastre?, ¿qué falló?, ¿qué faltó?, ¿qué sobró?
Respuestas provisionales: 1. Por lo que hace a Greenspan, a la Fed y a otros grandes bancos centrales debe decirse que sobró autoconfianza respecto de su capacidad para detener a tiempo una expansión insólita del crédito en el mundo que, hay que decirlo, sólo podía tener una conclusión fatal. Faltó humildad para no repetir errores más que conocidos por personas brillantes, como sin duda lo es Greenspan.
2. Por lo que hace a los reguladores en general, en los países desarrollados no sólo en Estados Unidos, faltó previsión al tiempo que sobró ese pernicioso afán del burócrata que cree “controlar” todas las variables desde su escritorio.
3. Las agencias calificadoras tuvieron, en los prolegómenos de esta crisis, un papel tan desastroso como falto de ética. Así, con todas sus letras.
3. Pero sobre todo uno de los principales orígenes de la crisis, tal vez el más grave y condenable – y Greenspan tuvo el tino de mencionarlo-, fue la presunción de los políticos, todos los presidentes de los Estados Unidos de James Carter a la fecha entre otros, de que, al influjo de su sola palabra encendida pueden hacer que tenga casa quien carece de los ingresos para tenerla o pagarla. Y quien dice “casa”, dice “salud”, “enseñanza”, “empleo” y decenas de bienes más. Esos deliciosos pasteles imaginarios – que nadie ha horneado- y que los políticos reparten con singular desparpajo.
A ver si aprendemos, pero lo dudo: nuestra capacidad de autoengaño cuando los tiempos son bonancibles parece inagotable.
Una de las novedades de esta semana – esos alaridos con los que los medios de comunicación y el entramado político tratan de llamar nuestra atención – fue que los legisladores estadounidenses sentaron en el banquillo a Greenspan. Éste, fiel a su talante, tuvo el talento para elaborar argumentos plausibles en su descargo y en el de la Reserva Federal de los Estados Unidos y para reconocer algunos errores de apreciación. Hay que decir, aunque Greenspan no tuvo el instinto suicida para hacerlo, que dichos errores de apreciación en todo caso tuvieron consecuencias desastrosas para la economía mundial.
Lo que nos debiera importar del episodio, sin embargo, es desentrañar la verdad detrás de la crisis. No estamos, a pesar del afán de muchos colegas por reivindicar la llamada “nota roja”, ante la escena de un crimen jugando a los detectives geniales que descubren súbitamente al criminal, desenmascaran sus perversos móviles, lo juzgan sumariamente y lo procesan en el patíbulo “mediático” (uno de los más crueles e injustos) mediante una “exclusiva”. Mucho menos estamos ante esa degradación del periodismo a mera notoriedad narcisista (“y aquí está el inmarcesible don Julio abrazando al famoso narcotraficante como muestra máxima del periodismo progre”), en el que algunas vacas sagradas del oficio fatigan sus días postreros.
Alguna vez, André Frossard escribió que un intelectual es aquél cuya profesión es la verdad. Algo así debiera ser el periodismo, pero dista de serlo evidentemente.
Volvamos a Greenspan y a la peor calamidad económica global de los últimos tiempos: ¿Por qué fue posible tal desastre?, ¿qué falló?, ¿qué faltó?, ¿qué sobró?
Respuestas provisionales: 1. Por lo que hace a Greenspan, a la Fed y a otros grandes bancos centrales debe decirse que sobró autoconfianza respecto de su capacidad para detener a tiempo una expansión insólita del crédito en el mundo que, hay que decirlo, sólo podía tener una conclusión fatal. Faltó humildad para no repetir errores más que conocidos por personas brillantes, como sin duda lo es Greenspan.
2. Por lo que hace a los reguladores en general, en los países desarrollados no sólo en Estados Unidos, faltó previsión al tiempo que sobró ese pernicioso afán del burócrata que cree “controlar” todas las variables desde su escritorio.
3. Las agencias calificadoras tuvieron, en los prolegómenos de esta crisis, un papel tan desastroso como falto de ética. Así, con todas sus letras.
3. Pero sobre todo uno de los principales orígenes de la crisis, tal vez el más grave y condenable – y Greenspan tuvo el tino de mencionarlo-, fue la presunción de los políticos, todos los presidentes de los Estados Unidos de James Carter a la fecha entre otros, de que, al influjo de su sola palabra encendida pueden hacer que tenga casa quien carece de los ingresos para tenerla o pagarla. Y quien dice “casa”, dice “salud”, “enseñanza”, “empleo” y decenas de bienes más. Esos deliciosos pasteles imaginarios – que nadie ha horneado- y que los políticos reparten con singular desparpajo.
A ver si aprendemos, pero lo dudo: nuestra capacidad de autoengaño cuando los tiempos son bonancibles parece inagotable.
sábado, 3 de abril de 2010
Elogio de la holganza legislativa
No entiendo qué beneficio se derivaría del hecho de que diputados y senadores celebrasen sesiones en lugar de decretar largos recesos legislativos, como sucede ahora con motivo de la semana santa y de la semana de pascua.
Un cínico, como yo, diría recurriendo a la jerga de los economistas que la holganza legislativa tiene un costo de oportunidad menor para la sociedad que el “trabajo” legislativo. Basta analizar los resultados efectivos de la mayor parte del “trabajo” legislativo. Pensemos, por ejemplo, en la brillante legislación que, so pretexto de reducir las extorsiones criminales, nos obliga a todos los propietarios de una línea de teléfono a registrar nuestros datos más personales (y susceptibles de ser usados por un criminal precisamente para extorsionarnos) ante quién sabe qué autoridades. Me queda claro que los perjuicios derivados de esa ocurrencia superan con creces los presuntos beneficios que en teoría generaría dicha norma; que además tiene todos los visos de ser impracticable.
En ese, como en muchos otros casos, la abstención legislativa arrojaría más beneficios que los que produce la diligencia de los legisladores. Entonces, ¿a qué viene tanto escándalo y rasgarse las vestiduras porque los tribunos – del género masculino lo mismo que del género femenino, porque no faltará el “genio” cursi que hable de las legisladoras como de “las gentiles damitas tribunas” – se hayan recetado a sí mismos otros días más de holganza?
El del “trabajo” legislativo, en este sentido, es un caso parecido al de los organilleros que pululan en el centro de la ciudad de México, contribuyendo al atroz barullo. Son, se me dirá, “una bonita tradición mexicana”. Pamplinas. En realidad, es una odiosa forma de mendicidad que surgió en algunas ciudades de Europa central hace un par de siglos y que conservamos ridículamente transplantada a México (haciéndole competencia, en la generación de ruido, a los danzantes disfrazados de falsos aztecas, a los policías dizque dirigiendo a silbatazos el tráfico de vehículos y a los gritones ambulantes que ofrecen mercancías tan baratas como sospechosas). Práctica importuna y detestable avalada por el reclamo lastimero: “¡Coopere, joven, para que no muera la tradición!”. Pregunto: ¿Cuánto cuesta que muera tan odiosa costumbre de una vez por todas?
Si de todas formas pagamos, de fuerza que no de grado (como dirían los clásicos), el salario de los legisladores y toda su parafernalia, me parece un mal menor que los beneficiarios de esas generosas becas no hagan nada comparado con el mal mayor de pedirles más ocurrencias nefastas.
El economista Paul Streeten, originalmente apellidado Horning, quien vivía en Austria en las primeras décadas del siglo pasado, describía este fenómeno: “En Viena había músicos y cantores que daban serenatas. La gente les tiraba dinero, a veces para que se fueran y la gente pudiera dormir tranquila. Estos cantantes fueron, con el tiempo, el paradigma que me hizo escéptico del Producto Interno Bruto como medida del bienestar económico. Porque esas personas recibían dinero por producir un mal; mejor dicho: por dejar de producirlo”.
Parece una indignación farisaica lamentar un par de semanas más de holganza de nuestros legisladores. ¿Alguien cree de veras que si hubiésemos tenido a 500 diputados y 128 senadores “trabajando” durante la semana santa y la semana de pascua eso le habría generado al país un gran beneficio?
Un cínico, como yo, diría recurriendo a la jerga de los economistas que la holganza legislativa tiene un costo de oportunidad menor para la sociedad que el “trabajo” legislativo. Basta analizar los resultados efectivos de la mayor parte del “trabajo” legislativo. Pensemos, por ejemplo, en la brillante legislación que, so pretexto de reducir las extorsiones criminales, nos obliga a todos los propietarios de una línea de teléfono a registrar nuestros datos más personales (y susceptibles de ser usados por un criminal precisamente para extorsionarnos) ante quién sabe qué autoridades. Me queda claro que los perjuicios derivados de esa ocurrencia superan con creces los presuntos beneficios que en teoría generaría dicha norma; que además tiene todos los visos de ser impracticable.
En ese, como en muchos otros casos, la abstención legislativa arrojaría más beneficios que los que produce la diligencia de los legisladores. Entonces, ¿a qué viene tanto escándalo y rasgarse las vestiduras porque los tribunos – del género masculino lo mismo que del género femenino, porque no faltará el “genio” cursi que hable de las legisladoras como de “las gentiles damitas tribunas” – se hayan recetado a sí mismos otros días más de holganza?
El del “trabajo” legislativo, en este sentido, es un caso parecido al de los organilleros que pululan en el centro de la ciudad de México, contribuyendo al atroz barullo. Son, se me dirá, “una bonita tradición mexicana”. Pamplinas. En realidad, es una odiosa forma de mendicidad que surgió en algunas ciudades de Europa central hace un par de siglos y que conservamos ridículamente transplantada a México (haciéndole competencia, en la generación de ruido, a los danzantes disfrazados de falsos aztecas, a los policías dizque dirigiendo a silbatazos el tráfico de vehículos y a los gritones ambulantes que ofrecen mercancías tan baratas como sospechosas). Práctica importuna y detestable avalada por el reclamo lastimero: “¡Coopere, joven, para que no muera la tradición!”. Pregunto: ¿Cuánto cuesta que muera tan odiosa costumbre de una vez por todas?
Si de todas formas pagamos, de fuerza que no de grado (como dirían los clásicos), el salario de los legisladores y toda su parafernalia, me parece un mal menor que los beneficiarios de esas generosas becas no hagan nada comparado con el mal mayor de pedirles más ocurrencias nefastas.
El economista Paul Streeten, originalmente apellidado Horning, quien vivía en Austria en las primeras décadas del siglo pasado, describía este fenómeno: “En Viena había músicos y cantores que daban serenatas. La gente les tiraba dinero, a veces para que se fueran y la gente pudiera dormir tranquila. Estos cantantes fueron, con el tiempo, el paradigma que me hizo escéptico del Producto Interno Bruto como medida del bienestar económico. Porque esas personas recibían dinero por producir un mal; mejor dicho: por dejar de producirlo”.
Parece una indignación farisaica lamentar un par de semanas más de holganza de nuestros legisladores. ¿Alguien cree de veras que si hubiésemos tenido a 500 diputados y 128 senadores “trabajando” durante la semana santa y la semana de pascua eso le habría generado al país un gran beneficio?
sábado, 27 de marzo de 2010
La credibilidad perdida
La crisis griega está poniendo a prueba los liderazgos en Europa. Hasta el momento, la firmeza del gobierno alemán – encabezado por Ángela Merkel- exigiendo que el apoyo a Grecia sea la oportunidad para apostar por una mayor disciplina fiscal en todos los países de la Unión, ha dado frutos más tangibles, y creíbles para el público y para los mercados, que la retórica política que invocaba una etérea y bien intencionada “solidaridad” con Grecia en nombre de un romántico “europeísmo”.
Merkel ha conseguido no sólo que participe también el Fondo Monetario Internacional en el rescate a Grecia, lo que obligará a establecer parámetros más exigentes para los ajustes fiscales en ese país, sino también un acuerdo preliminar para establecer mecanismos más eficaces que eviten la indisciplina fiscal y el incumplimiento de los mínimos exigidos a todos los países miembros para pertenecer a la Unión. Incluso si para establecer dichos mecanismos tienen que renegociarse los tratados de Lisboa, algo que al parecer produce un inmenso fastidio, así como un gran miedo, a la burocracia premier de la Unión Europea.
Toda la florida y ampulosa retórica de Nicolás Sarkozy no sirvió para suavizar la posición alemana.
Detrás del episodio, se podría encontrar cierta lección acerca de la gran crisis que aflige a la mayoría de los gobiernos y de los líderes políticos en el mundo: Enfrentan el hastío de la mayoría del electorado, un escepticismo arraigado y más que justificado, un desencanto generalizado de la sociedad hacia las promesas, los halagos, las ofertas idílicas.
Y no lograrán recuperar la credibilidad perdida recurriendo a un ejército de encuestadores, especialistas en imagen y comunicación, redactores de discursos, maquillistas y cirujanos estéticos. Vaya, ni la inocultable belleza de Carla Bruni es suficiente. El problema es más profundo y, a la vez, más sencillo: Coherencia, consistencia entre lo que se dice y lo que se hace, honestidad intelectual para llamarle a las cosas por su nombre.
Merkel sabe que Europa hace años que perdió su fibra, sabe que hace años que el prometido “estado de bienestar”, en el que el Estado nos cuidaría de la cuna a la sepultura, produce insatisfacción y, visto en su conjunto, hace agua porque se ha tornado enormemente improductivo. Merkel sabe que no hay comidas gratis y tiene la honestidad intelectual de decírselo a los alemanes y a sus socios europeos. Tal vez sepa también que las burocracias internacionales suelen naufragar en la autocomplacencia y que los electores, así sea de una manera oscura, perciben cada vez más no sólo la inutilidad sino el tremendo desperdicio de recursos que implica mantener el tren de vida de esas burocracias premier multinacionales.
Por eso, Merkel vende mucho mejor la propuesta de “disciplina” que lo que vendió Sarkozy sus invocaciones a la “solidaridad” y a las soluciones mágicas e indoloras. Y esto, que es anatema para los consejeros áulicos de los políticos, aquellos que siempre recomiendan adular a los electores con ilusorias multiplicaciones de panes y peces, da resultado. ¿Por qué? Porque es creíble. Y es creíble porque corresponde a la realidad que día con día enfrentan esos electores. Una realidad en la que no hay “conquistas laborales intocables”, en la que no hay supersticiones “revolucionarias” que valgan, en la que no hay logro sin esfuerzo, en la que nadie recibe regalos a cambio de nada.
Merkel ha conseguido no sólo que participe también el Fondo Monetario Internacional en el rescate a Grecia, lo que obligará a establecer parámetros más exigentes para los ajustes fiscales en ese país, sino también un acuerdo preliminar para establecer mecanismos más eficaces que eviten la indisciplina fiscal y el incumplimiento de los mínimos exigidos a todos los países miembros para pertenecer a la Unión. Incluso si para establecer dichos mecanismos tienen que renegociarse los tratados de Lisboa, algo que al parecer produce un inmenso fastidio, así como un gran miedo, a la burocracia premier de la Unión Europea.
Toda la florida y ampulosa retórica de Nicolás Sarkozy no sirvió para suavizar la posición alemana.
Detrás del episodio, se podría encontrar cierta lección acerca de la gran crisis que aflige a la mayoría de los gobiernos y de los líderes políticos en el mundo: Enfrentan el hastío de la mayoría del electorado, un escepticismo arraigado y más que justificado, un desencanto generalizado de la sociedad hacia las promesas, los halagos, las ofertas idílicas.
Y no lograrán recuperar la credibilidad perdida recurriendo a un ejército de encuestadores, especialistas en imagen y comunicación, redactores de discursos, maquillistas y cirujanos estéticos. Vaya, ni la inocultable belleza de Carla Bruni es suficiente. El problema es más profundo y, a la vez, más sencillo: Coherencia, consistencia entre lo que se dice y lo que se hace, honestidad intelectual para llamarle a las cosas por su nombre.
Merkel sabe que Europa hace años que perdió su fibra, sabe que hace años que el prometido “estado de bienestar”, en el que el Estado nos cuidaría de la cuna a la sepultura, produce insatisfacción y, visto en su conjunto, hace agua porque se ha tornado enormemente improductivo. Merkel sabe que no hay comidas gratis y tiene la honestidad intelectual de decírselo a los alemanes y a sus socios europeos. Tal vez sepa también que las burocracias internacionales suelen naufragar en la autocomplacencia y que los electores, así sea de una manera oscura, perciben cada vez más no sólo la inutilidad sino el tremendo desperdicio de recursos que implica mantener el tren de vida de esas burocracias premier multinacionales.
Por eso, Merkel vende mucho mejor la propuesta de “disciplina” que lo que vendió Sarkozy sus invocaciones a la “solidaridad” y a las soluciones mágicas e indoloras. Y esto, que es anatema para los consejeros áulicos de los políticos, aquellos que siempre recomiendan adular a los electores con ilusorias multiplicaciones de panes y peces, da resultado. ¿Por qué? Porque es creíble. Y es creíble porque corresponde a la realidad que día con día enfrentan esos electores. Una realidad en la que no hay “conquistas laborales intocables”, en la que no hay supersticiones “revolucionarias” que valgan, en la que no hay logro sin esfuerzo, en la que nadie recibe regalos a cambio de nada.
viernes, 19 de marzo de 2010
¿Romper el termómetro o combatir la fiebre?
Se dice que tener un nivel de colesterol total superior a 200 es desaconsejable y que llegar a niveles de colesterol total superiores a 240 significa un alto riesgo de sufrir un ataque cardíaco.
Bien, imaginemos que un presunto “analista de la salud” anuncia que los problemas que millones de personas en el mundo tienen por su colesterol alto tienen un remedio sencillo e inmediato. ¿Cuál? ¡Subir los umbrales a partir de los cuales deba considerarse riesgoso el colesterol total en la sangre!
Es un disparate, obvio. Pero hay quienes proponen, con gran solemnidad, disparates similares en el ámbito de la economía. Por ejemplo, elevar los objetivos de inflación que los bancos centrales buscan sería, para estos “genios”, un remedio instantáneo para que dichos bancos centrales cumpliesen sus objetivos sin incurrir en “costos significativos”.
Cito: “…los bancos centrales deberían tomar en cuenta distorsiones de mercado a fin de determinar sus objetivos inflacionarios apropiados” (Alfredo Coutiño, director para América Latina de Moody’s Economy.com). ¿Objetivos “apropiados” para qué? Deben ser apropiados para hacer chapuzas, porque para combatir la inflación es claro que no servirían tales objetivos veleidosos, cambiantes.
Esa sugerencia es equivalente a proclamar que un método adecuado para combatir la fiebre es romper los termómetros, o a decir que, al considerar la afición del paciente a los “bifes de chorizo”, a los mariscos y a los huevos estrellados, el paciente debería fijarse una meta “menos ambiciosa” para su colesterol total en sangre – digamos, de 350 a 400-; una meta “consistente con su realidad”.
Por supuesto que hay muchos factores – en todas las economías del mundo- que propician presiones inflacionarias y que no está en manos de los bancos centrales combatir con instrumentos de política monetaria: falta de competencia en los mercados, falsa apertura comercial, intervencionismo del Estado en la economía fijando precios o concertándolos, prácticas oligopólicas, choques de oferta…Pero la tarea de los bancos centrales es propiciar la estabilidad de los precios, no solapar las ineficiencias estructurales de una economía.
Supongamos, sin conceder, que en determinadas circunstancias una política monetaria responsable implica “costos” que algunos no desean pagar; si no se desea incurrir en tales “costos” háganse entonces las reformas estructurales que requiere esa economía, en lugar de proponer la irresponsabilidad monetaria como política. Si la fiebre es síntoma de una enfermedad estructural, ¿qué clase de médico es el que se limita a romper el termómetro en lugar de atacar la enfermedad que origina la fiebre?
Para seguir con la analogía: los bancos centrales combaten la fiebre (digamos que son antipiréticos); a los gobiernos, incluidos los legisladores, corresponde combatir la enfermedad de origen (con antibióticos, por ejemplo, si se trata de una infección bacteriana) y a los analistas debería corresponder hacer diagnósticos y proponer soluciones un poquito más serias que ésa de romper los termómetros.
Síntoma claro del subdesarrollo perpetuo: cuando la única diferencia entre un “experto” y un chapucero común es que el primero estudió un doctorado para aprender diez formas rebuscadas de decir “no se puede” y, así, no cumplir con su trabajo.
Bien, imaginemos que un presunto “analista de la salud” anuncia que los problemas que millones de personas en el mundo tienen por su colesterol alto tienen un remedio sencillo e inmediato. ¿Cuál? ¡Subir los umbrales a partir de los cuales deba considerarse riesgoso el colesterol total en la sangre!
Es un disparate, obvio. Pero hay quienes proponen, con gran solemnidad, disparates similares en el ámbito de la economía. Por ejemplo, elevar los objetivos de inflación que los bancos centrales buscan sería, para estos “genios”, un remedio instantáneo para que dichos bancos centrales cumpliesen sus objetivos sin incurrir en “costos significativos”.
Cito: “…los bancos centrales deberían tomar en cuenta distorsiones de mercado a fin de determinar sus objetivos inflacionarios apropiados” (Alfredo Coutiño, director para América Latina de Moody’s Economy.com). ¿Objetivos “apropiados” para qué? Deben ser apropiados para hacer chapuzas, porque para combatir la inflación es claro que no servirían tales objetivos veleidosos, cambiantes.
Esa sugerencia es equivalente a proclamar que un método adecuado para combatir la fiebre es romper los termómetros, o a decir que, al considerar la afición del paciente a los “bifes de chorizo”, a los mariscos y a los huevos estrellados, el paciente debería fijarse una meta “menos ambiciosa” para su colesterol total en sangre – digamos, de 350 a 400-; una meta “consistente con su realidad”.
Por supuesto que hay muchos factores – en todas las economías del mundo- que propician presiones inflacionarias y que no está en manos de los bancos centrales combatir con instrumentos de política monetaria: falta de competencia en los mercados, falsa apertura comercial, intervencionismo del Estado en la economía fijando precios o concertándolos, prácticas oligopólicas, choques de oferta…Pero la tarea de los bancos centrales es propiciar la estabilidad de los precios, no solapar las ineficiencias estructurales de una economía.
Supongamos, sin conceder, que en determinadas circunstancias una política monetaria responsable implica “costos” que algunos no desean pagar; si no se desea incurrir en tales “costos” háganse entonces las reformas estructurales que requiere esa economía, en lugar de proponer la irresponsabilidad monetaria como política. Si la fiebre es síntoma de una enfermedad estructural, ¿qué clase de médico es el que se limita a romper el termómetro en lugar de atacar la enfermedad que origina la fiebre?
Para seguir con la analogía: los bancos centrales combaten la fiebre (digamos que son antipiréticos); a los gobiernos, incluidos los legisladores, corresponde combatir la enfermedad de origen (con antibióticos, por ejemplo, si se trata de una infección bacteriana) y a los analistas debería corresponder hacer diagnósticos y proponer soluciones un poquito más serias que ésa de romper los termómetros.
Síntoma claro del subdesarrollo perpetuo: cuando la única diferencia entre un “experto” y un chapucero común es que el primero estudió un doctorado para aprender diez formas rebuscadas de decir “no se puede” y, así, no cumplir con su trabajo.
viernes, 12 de marzo de 2010
El sudoku de la economía mundial
Por cortesía del Gobernador del Banco de Inglaterra, Mervyn King, este sábado podemos jugar lo que él mismo bautizó como un sudoku para economistas.
La ocurrencia del sudoku para economistas la hizo pública King el pasado 19 de enero en la Universidad de Exeter, en un interesante discurso acerca de la crisis financiera y económica global 2008-2009 y de las “soluciones” para evitar una repetición de la calamidad (el discurso de King puede encontrarse en este vínculo).
¿De dónde surge este sudoku? Para King, en el origen de la crisis, amén de otras causas, está una “falla” del equilibrio global entre países que producen más de lo que consumen (China sería el mejor ejemplo) y países que consumen más de lo que producen (Estados Unidos sería el mejor ejemplo). En este juego de equilibrios inestables o estallidos inminentes (estas denominaciones son mías, no de King), los países ahorradores crecen a tasas muy altas gracias a que cada vez le venden más a los países deficitarios quienes, a su vez, pueden seguir comprando los productos de los países ahorradores gracias a que éstos últimos atesoran sus excedentes financieros prestándoles recursos, a tasas muy bajas, a los países deficitarios.
De ahí surge el sudoku para economistas: King construye una sencilla tabla de tres filas por tres columnas que contiene los datos para 2008, de demanda interna, saldo comercial neto y PIB para el mundo, dividido en dos conjuntos de países: Los de altas tasas de ahorro y los de bajas tasas de ahorro, así como los totales de las columnas. Tenemos entonces nueve datos interrelacionados.
El total del saldo comercial neto (dato de la segunda columna, tercera fila) debe ser siempre cero; la suma de los superávit de los ahorradores es siempre igual a la suma de los déficit de los consumidores. A su vez, los totales de demanda y de PIB (primera columna, tercera fila; tercera columna, tercera fila) siempre son iguales.
Dice King que si ambos grupos de países quieren incrementar su PIB para lograr el “pleno empleo” y el grupo de ahorradores mantiene su objetivo de superávit comercial, es imposible que el grupo de consumidores disminuya su condición deficitaria.
El sudoku funciona por ese cero forzoso en el saldo comercial global. Fréderic Bastiat en el siglo XIX mostró la estupidez de la obsesión por los superávit comerciales: la única forma en la que todos los países pudiesen tenerlos al mismo tiempo sería destinar las “exportaciones” al fondo del océano.
Es fácil decir que “la solución” sería que los países deficitarios (cigarras) empiecen a consumir menos y ahorrar más, a la vez que los países ahorradores (hormigas) empiecen a consumir más y ahorren menos.
Lo que ya no es tan fácil es que todas las partes accedan a ello. Por eso King señala que, más que de técnica económica, la solución al problema parece ser de arte político entre las naciones.
Para los países ahorradores disminuir sus saldos superavitarios significa frenar su crecimiento o encontrar un modelo fincado en un mayor consumo interno que les permita crecer a las mismas tasas, pero ¿por qué cambiar y correr el riesgo, pienso en China, lo que al parecer les ha funcionado de maravilla?
Sin embargo, para Europa o Estados Unidos el cambio “en la dinámica del juego” es obligado. Sudoku o no, tenemos un serio problema.
La ocurrencia del sudoku para economistas la hizo pública King el pasado 19 de enero en la Universidad de Exeter, en un interesante discurso acerca de la crisis financiera y económica global 2008-2009 y de las “soluciones” para evitar una repetición de la calamidad (el discurso de King puede encontrarse en este vínculo).
¿De dónde surge este sudoku? Para King, en el origen de la crisis, amén de otras causas, está una “falla” del equilibrio global entre países que producen más de lo que consumen (China sería el mejor ejemplo) y países que consumen más de lo que producen (Estados Unidos sería el mejor ejemplo). En este juego de equilibrios inestables o estallidos inminentes (estas denominaciones son mías, no de King), los países ahorradores crecen a tasas muy altas gracias a que cada vez le venden más a los países deficitarios quienes, a su vez, pueden seguir comprando los productos de los países ahorradores gracias a que éstos últimos atesoran sus excedentes financieros prestándoles recursos, a tasas muy bajas, a los países deficitarios.
De ahí surge el sudoku para economistas: King construye una sencilla tabla de tres filas por tres columnas que contiene los datos para 2008, de demanda interna, saldo comercial neto y PIB para el mundo, dividido en dos conjuntos de países: Los de altas tasas de ahorro y los de bajas tasas de ahorro, así como los totales de las columnas. Tenemos entonces nueve datos interrelacionados.
El total del saldo comercial neto (dato de la segunda columna, tercera fila) debe ser siempre cero; la suma de los superávit de los ahorradores es siempre igual a la suma de los déficit de los consumidores. A su vez, los totales de demanda y de PIB (primera columna, tercera fila; tercera columna, tercera fila) siempre son iguales.
Dice King que si ambos grupos de países quieren incrementar su PIB para lograr el “pleno empleo” y el grupo de ahorradores mantiene su objetivo de superávit comercial, es imposible que el grupo de consumidores disminuya su condición deficitaria.
El sudoku funciona por ese cero forzoso en el saldo comercial global. Fréderic Bastiat en el siglo XIX mostró la estupidez de la obsesión por los superávit comerciales: la única forma en la que todos los países pudiesen tenerlos al mismo tiempo sería destinar las “exportaciones” al fondo del océano.
Es fácil decir que “la solución” sería que los países deficitarios (cigarras) empiecen a consumir menos y ahorrar más, a la vez que los países ahorradores (hormigas) empiecen a consumir más y ahorren menos.
Lo que ya no es tan fácil es que todas las partes accedan a ello. Por eso King señala que, más que de técnica económica, la solución al problema parece ser de arte político entre las naciones.
Para los países ahorradores disminuir sus saldos superavitarios significa frenar su crecimiento o encontrar un modelo fincado en un mayor consumo interno que les permita crecer a las mismas tasas, pero ¿por qué cambiar y correr el riesgo, pienso en China, lo que al parecer les ha funcionado de maravilla?
Sin embargo, para Europa o Estados Unidos el cambio “en la dinámica del juego” es obligado. Sudoku o no, tenemos un serio problema.
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