Los dichos y gestos del belicoso profesor Humberto Moreira han provocado divertidos análisis de parte de sendos especialistas en los usos y los abusos de la lengua española.
Que el presidente de un partido político, como es el caso de Moreira (quien estudió para profesor de educación primaria en la benemérita Escuela Normal de Coahuila), despierte un vivo interés en investigadores de la valía de Guillermo Sheridan y del enigmático Gil Gamés resulta por sí sola una noticia sorprendente.
El primero, Sheridan, confeccionó un hilarante análisis lingüístico acerca de la inopinada alegoría que usó Moreira en días recientes. La alegoría consistió en invocar la perturbadora visión de una sábana blanca con puntos negros que un torpe e hipotético conductor obtendría a través del espejo retrovisor de su automóvil. Tal alegoría, como escribió Sheridan, habría ganado el premio mundial como la más confusa de todas las alegorías confusas que la historia registra. Se supone, a la vez, que tal alegoría indescifrable describe – según el dicho del profesor Moreira- a los gobiernos federales “de derecha” que México ha tenido de diciembre de 2000 a la fecha.
Es tan enrevesada la alegoría que en un diálogo inventado por Sheridan uno de los personajes ficticios, deslumbrado por la retórica del flamante presidente del PRI, conjetura algo así: ¿se tratará acaso de que el conductor ha visto por el espejo retrovisor a un miembro del Kukuxklán cubierto por una sábana blanca que contrasta con los dos puntos negros que podrían ser los ojos del perturbado racista?
Por su parte, el siempre reflexivo Gil Gamés cavila, en su “amplísimo estudio”, acerca de los métodos audiovisuales a los que tan afecto parece el profesor Moreira quien, cuando dice que sostiene algo, de veras lo sostiene en un sentido físico y literal. Es por ello que Moreira, para ilustrar a los desprevenidos mexicanos acerca de las penurias que sufrimos en materia de bienestar, sostiene un cartón de huevos que muestra sonriente a reporteros y fotógrafos.
Moreira pretende que tales penurias, si las hay, son causadas por los gobiernos de Fox y de Calderón. Antes de ello, en los tiempos del PRI, “dichosos tiempos que los antiguos llamaban dorados” (podría haber dicho el profesor copiando, mal, al Quijote) todo era abundancia y jolgorio. Los datos no avalan estas lucubraciones del coahuilense, más aun los datos contradicen tales consejas de propaganda, pero ¿qué importa?, lo del profesor Moreira no son los datos, ni los hechos, sino las imágenes.
“La letra sólo con imágenes entra” dirá para sus adentros este adelantado de los recursos audiovisuales.
Imagino que esto lo habrá aprendido el profesor Moreira durante las horas que dedicó a cursar un diplomado en Sociología Comunitaria Aplicada (así se llama) en la Universidad Iberoamericana, como consigna su currículum.
Gamés no dudó en titular “Sostiene Moreira” su divertida reflexión acerca de la escenificación montada por el profesor en beneficio de chicas y chicos de la prensa y, a través de ellos, para ilustración de los sufridos mexicanos, evocando el título de la muy recomendable novela “Sostiene Pereira” del italiano Antonio Tabucchi. La diferencia es que el Pereira de Tabucchi es sólo un viejo periodista lusitano que sostiene, en el sentido de atestiguar, que tales acontecimientos que son el objeto del relato sucedieron así o asado, en tanto que nuestro mexicanísimo Moreira cuando quiere hablar de los precios de los huevos literalmente los sostiene y eleva (los huevos, por supuesto, no los precios) para educar al pueblo.
Y si Moreira, didáctico el individuo, desea describir cómo elijen a los candidatos en su partido, ¿cuál será el recurso visible y contundente al que recurrirá?, ¿un dedo enhiesto?
sábado, 2 de abril de 2011
viernes, 25 de marzo de 2011
La lengua de la nota roja
A Jorge Ibargüengoitia le gustaba leer y analizar eso que llamamos “la nota roja” en los periódicos. Nos dejó en varios de sus inolvidables artículos publicados en Excélsior (y después reeditados como libros gracias a Guillermo Sheridan) agudas observaciones acerca de dicho género periodístico que bien podrían llamarse: “apuntes para una historia comparada de la nota roja en los años 70”, de los cuales cito uno especialmente divertido:
“En las mañanas compro un periódico inglés y en las tardes un periódico francés y en ambos leo, entre otras cosas, las notas rojas. Son periódicos respetables que nadie podría tachar de amarillistas”.
Se refería a The Guardian y Le Monde. Sigue el apunte de Ibargüengoitia: “Cada periódico tiene su estilo, pero los dos son discretos y hay que aprender ciertos giros de frase para entender lo que está pasando. Por ejemplo nunca ‘cayó el presunto asesino’ o ‘arrestaron al sospechoso’. Cuando tal cosa ocurre en el periódico inglés dice: ‘un hombre está ayudando a la policía en la investigación’, y en el francés, ‘una persona ha sido interpelada’. Esta presentación incolora no se hace por ganas de desinflar el drama, sino para no echar a perder el juicio, dándole al abogado defensor la oportunidad de alegar que el público – y por consiguiente el jurado- ha sido prejuiciado por la información de prensa”.
El comentario de Ibargüengoitia tiene más sustancia de lo que parece en una primera lectura: la lengua de la nota roja está determinada, en gran medida, por el respeto que el medio de comunicación se tiene a sí mismo, a sus lectores y a las instituciones de la sociedad en la que el medio existe. Si el medio – en último término: sus dueños- desprecia el sistema judicial del país le tendrá sin cuidado echar a perder un juicio a cambio de inflar el drama apelando sin rubor al morbo y al escándalo. Llevado ese caso hipotético al extremo tal medio de comunicación no tendrá empacho en cantar aparentes victorias de los delincuentes, si conjetura que con ello desnuda la incompetencia de un gobierno al que detesta.
Esta semana numerosos medios de comunicación y periodistas en México firmaron una especie de declaración de principios y criterios generales acerca de la cobertura de episodios violentos. Uno de los puntos de la festejada declaración de propósitos se refiere al uso del lenguaje, si mal no recuerdo, y específicamente en él se comprometen los firmantes a no utilizar la jerga de la delincuencia, lo que, a la postre, equivaldría a darle carta de naturaleza lingüística a las sandeces expresivas de los criminales quienes, por ejemplo, llaman “levantones” a los secuestros.
No me hago ilusiones acerca de la pureza de intenciones de todos y cada uno de los firmantes de la declaración; tampoco espero que algunos de ellos muten de la noche a la mañana de zafios iletrados a escritores o locutores capaces de valerse de un léxico y de una sintaxis decorosas, ya que sus deficiencias en la materia se antojan insalvables. Pero la propuesta es buena por sí misma.
Es de lamentar, en cambio, que dos o tres medios hayan logrado adquirir efímera notoriedad al abstenerse de firmar el acuerdo de buenos propósitos y es peor aún que se jacten de ello. Se trata, me parece, de una estúpida forma de singularizarse.
Ese es mi parecer, sólo eso. El juicio definitivo acerca de tales presunciones lo harán lectores, oyentes y videntes, con el correr de los días.
“En las mañanas compro un periódico inglés y en las tardes un periódico francés y en ambos leo, entre otras cosas, las notas rojas. Son periódicos respetables que nadie podría tachar de amarillistas”.
Se refería a The Guardian y Le Monde. Sigue el apunte de Ibargüengoitia: “Cada periódico tiene su estilo, pero los dos son discretos y hay que aprender ciertos giros de frase para entender lo que está pasando. Por ejemplo nunca ‘cayó el presunto asesino’ o ‘arrestaron al sospechoso’. Cuando tal cosa ocurre en el periódico inglés dice: ‘un hombre está ayudando a la policía en la investigación’, y en el francés, ‘una persona ha sido interpelada’. Esta presentación incolora no se hace por ganas de desinflar el drama, sino para no echar a perder el juicio, dándole al abogado defensor la oportunidad de alegar que el público – y por consiguiente el jurado- ha sido prejuiciado por la información de prensa”.
El comentario de Ibargüengoitia tiene más sustancia de lo que parece en una primera lectura: la lengua de la nota roja está determinada, en gran medida, por el respeto que el medio de comunicación se tiene a sí mismo, a sus lectores y a las instituciones de la sociedad en la que el medio existe. Si el medio – en último término: sus dueños- desprecia el sistema judicial del país le tendrá sin cuidado echar a perder un juicio a cambio de inflar el drama apelando sin rubor al morbo y al escándalo. Llevado ese caso hipotético al extremo tal medio de comunicación no tendrá empacho en cantar aparentes victorias de los delincuentes, si conjetura que con ello desnuda la incompetencia de un gobierno al que detesta.
Esta semana numerosos medios de comunicación y periodistas en México firmaron una especie de declaración de principios y criterios generales acerca de la cobertura de episodios violentos. Uno de los puntos de la festejada declaración de propósitos se refiere al uso del lenguaje, si mal no recuerdo, y específicamente en él se comprometen los firmantes a no utilizar la jerga de la delincuencia, lo que, a la postre, equivaldría a darle carta de naturaleza lingüística a las sandeces expresivas de los criminales quienes, por ejemplo, llaman “levantones” a los secuestros.
No me hago ilusiones acerca de la pureza de intenciones de todos y cada uno de los firmantes de la declaración; tampoco espero que algunos de ellos muten de la noche a la mañana de zafios iletrados a escritores o locutores capaces de valerse de un léxico y de una sintaxis decorosas, ya que sus deficiencias en la materia se antojan insalvables. Pero la propuesta es buena por sí misma.
Es de lamentar, en cambio, que dos o tres medios hayan logrado adquirir efímera notoriedad al abstenerse de firmar el acuerdo de buenos propósitos y es peor aún que se jacten de ello. Se trata, me parece, de una estúpida forma de singularizarse.
Ese es mi parecer, sólo eso. El juicio definitivo acerca de tales presunciones lo harán lectores, oyentes y videntes, con el correr de los días.
viernes, 18 de marzo de 2011
De la causa a la farsa
Un personaje estupendamente logrado de V. S. Naipaul (identificado tan sólo como “el padre de Willie Chandran” en “Media Vida”, en el capítulo inicial: “Una visita de Somerset Maugham”) me llevó a una reflexión perturbadora: la historia está repleta de aspirantes a “grandes hombres” que tuvieron éxito en su empeño y terminaron siendo monstruosos farsantes. Atrapados en su propia cadena de engaños, condenados a repetir hasta el último día de sus vidas el mítico papel que con todo entusiasmo les aplaudimos.
Ah, las grandes causas, como la justicia, la defensa de los más débiles, la resistencia pacífica contra la opresión, la lucha de clases, las reivindicaciones de las mujeres o de los obreros o de los campesinos, la conservación del ambiente y demás.
¡Con qué facilidad culminan las grandes causas en grandes embustes! Farsas a las que “el pueblo bueno”, las muchedumbres candorosas, los rebaños de opinión, siguen otorgando el carácter sagrado e intocable que solemos dar a los clavos ardientes, los cuales, así lo creemos, nos sirven de sostén para no caer en el abismo.
El otrora luchador social, o el filántropo encantador, o el predicador carismático o el rebelde de oficio, con frecuencia son conscientes de que han devenido en farsantes y en instrumento de otros farsantes, pero no pueden escapar al destino que se forjaron a pulso. Soñaron con hacer “algo grande”, lo lograron y quedaron atrapados.
En sus delirios arrastraron y seguirán arrastrando a miles (porque hay farsas que trascienden a los farsantes y son consagradas por los historiadores de ocasión), pero no hay remedio: la turba quería creer en alguien; la turba creyó en ellos gracias a los fabricantes de mitos – los medios - y están condenados a permanecer en el nicho de los santones.
Basta buscar un poco en la memoria y se pueden citar media docena de estos falsos héroes contemporáneos que suscitan fervores y fanatismos: el político que retóricamente desafió al sistema calificándolo de “mafia” explotadora; el filántropo que derrama cada diciembre, ante las cámaras de televisión, unas cuantas lágrimas conmovedoras al hablarnos de sus pobrecitos desharrapados; el sacerdote que provoca fervorosas conversiones en sus feligreses con sus sermones, aquél con fama de santo en vida y que más tarde – desengaño cruel – resultaría ser un abominable corruptor de menores.
Ah, las causas nobles y sus enredos morales. Zutano jura por lo más sagrado que no lo mueve el “obsceno” afán de lucro (a pesar de que se embolsa sin pudor las monedas que las muchedumbres candorosas dan sin reticencia a los admirables de turno), y lo dice con unción beatífica, como si obtener un beneficio material fuese un pecado y no una tendencia natural de los seres humanos que suele arrojar beneficios colectivos.
Farsantes que se dicen legítimos presidentes; farsantes que fuman pipa ocultos tras un pasamontañas; farsantes de lacrimosos discursos que saltan de la sacristía al escenario escudados en los desdichados a los que dicen proteger; farsantes que cedieron a la tentación de la fama y siguen representando hasta el final su papel de víctimas (porque ser víctima es carta de impunidad social y moral); farsantes que, alquilándose al mejor postor, hasta se sueñan futuros “presidentes ciudadanos”, pontífices laicos de la bondad sin límites.
Las grandes causas. Habría que tenerles miedo.
Ah, las grandes causas, como la justicia, la defensa de los más débiles, la resistencia pacífica contra la opresión, la lucha de clases, las reivindicaciones de las mujeres o de los obreros o de los campesinos, la conservación del ambiente y demás.
¡Con qué facilidad culminan las grandes causas en grandes embustes! Farsas a las que “el pueblo bueno”, las muchedumbres candorosas, los rebaños de opinión, siguen otorgando el carácter sagrado e intocable que solemos dar a los clavos ardientes, los cuales, así lo creemos, nos sirven de sostén para no caer en el abismo.
El otrora luchador social, o el filántropo encantador, o el predicador carismático o el rebelde de oficio, con frecuencia son conscientes de que han devenido en farsantes y en instrumento de otros farsantes, pero no pueden escapar al destino que se forjaron a pulso. Soñaron con hacer “algo grande”, lo lograron y quedaron atrapados.
En sus delirios arrastraron y seguirán arrastrando a miles (porque hay farsas que trascienden a los farsantes y son consagradas por los historiadores de ocasión), pero no hay remedio: la turba quería creer en alguien; la turba creyó en ellos gracias a los fabricantes de mitos – los medios - y están condenados a permanecer en el nicho de los santones.
Basta buscar un poco en la memoria y se pueden citar media docena de estos falsos héroes contemporáneos que suscitan fervores y fanatismos: el político que retóricamente desafió al sistema calificándolo de “mafia” explotadora; el filántropo que derrama cada diciembre, ante las cámaras de televisión, unas cuantas lágrimas conmovedoras al hablarnos de sus pobrecitos desharrapados; el sacerdote que provoca fervorosas conversiones en sus feligreses con sus sermones, aquél con fama de santo en vida y que más tarde – desengaño cruel – resultaría ser un abominable corruptor de menores.
Ah, las causas nobles y sus enredos morales. Zutano jura por lo más sagrado que no lo mueve el “obsceno” afán de lucro (a pesar de que se embolsa sin pudor las monedas que las muchedumbres candorosas dan sin reticencia a los admirables de turno), y lo dice con unción beatífica, como si obtener un beneficio material fuese un pecado y no una tendencia natural de los seres humanos que suele arrojar beneficios colectivos.
Farsantes que se dicen legítimos presidentes; farsantes que fuman pipa ocultos tras un pasamontañas; farsantes de lacrimosos discursos que saltan de la sacristía al escenario escudados en los desdichados a los que dicen proteger; farsantes que cedieron a la tentación de la fama y siguen representando hasta el final su papel de víctimas (porque ser víctima es carta de impunidad social y moral); farsantes que, alquilándose al mejor postor, hasta se sueñan futuros “presidentes ciudadanos”, pontífices laicos de la bondad sin límites.
Las grandes causas. Habría que tenerles miedo.
sábado, 12 de marzo de 2011
Pensamiento “progre” y pólvora mojada
El arsenal de soluciones “progresistas” frente a los problemas de la economía mundial empieza a dar claras señales de agotamiento.
Tomemos el caso de la Unión Europea. Nos guste o no, quien está ofreciendo respuesta a los problemas de viabilidad fiscal, y a la postre de crecimiento económico, es Alemania, a través del gobierno de Ángela Merkel. Y la respuesta no es “progresista” sino ortodoxa: saneamiento fiscal y productividad.
Además es una respuesta respaldada en los hechos: la economía más boyante en la Unión Europea es la alemana. Un dato para reflexionar: en diciembre pasado las exportaciones alemanas a China, que crecen a una tasa anual superior al 6.5 por ciento, sobrepasaron por primera vez a las exportaciones alemanas a Estados Unidos, que también crecen a buen ritmo. Detrás hay una causa: productividad.
Esto explica que gobiernos presuntamente “progresistas” como el de José Luis Rodríguez Zapatero en España realicen hilarantes acrobacias: por un lado promete a Merkel que pondrá la casa en orden y hará las reformas indispensables para levantar la famélica productividad de la economía, pero por otro tiene que calmar con mera retórica a sus clientelas partidarias: los líderes sindicales y esa progresía, ayer vociferante, incrustada en el PSOE.
Sin respuestas efectivas, sin reformas para la productividad, los mercados dictarán su veredicto final y arrojarán a la economía española al mismo cesto en el que pusieron hace meses a Grecia. Zapatero no tiene opciones. Es eso, poner la casa en orden, o la catástrofe.
Otro caso perturbador para la progresía ha sido Wisconsin. El flamante gobernador republicano, apoyado por el Congreso local, logró revertir el arreglo político que obligaba a la negociación salarial colectiva, esto es: con las dirigencias sindicales, en el caso de maestros y empleados del gobierno estatal. Es un golpe frontal a una de las “conquistas” más publicitadas durante décadas por el “pensamiento progresista”, pero fue una derrota inevitable ya que, simplemente, la reforma obedecía a un mandato indubitable de los electores.
Tan fuerte ha sido el golpe de Wisconsin, para el “progresismo” mundial, que la agencia propagandística cubana Prensa Latina está llamando a sus menguados seguidores a extender las protestas por todo el mundo. El llamado cae en el vacío porque la dura realidad indica que la decisión del gobierno de Wisconsin va en el camino correcto.
Scott Walker, el gobernador, lo definió así el pasado 23 de febrero: “el futuro de los niños en todo el estado no debe ser ensombrecido por la carga, de la deuda excesiva y del gasto público fuera de control, que la generación pasada heredó a la generación actual”.
Parece que la pólvora se le ha mojado al pensamiento progresista en el terreno que más le importa a la gente común: el de los resultados tangibles en términos de la economía cotidiana.
En la arena política es una batalla que enfrenta a las utopías desgastadas con los compromisos tangibles que se contabilizan sin adjetivos y con poder adquisitivo en los bolsillos.
En el mercado de las ofertas políticas parecen ir a la baja – en el ánimo de los electores – las promesas encendidas de que en un futuro indefinido habrá “comidas gratis”.
Gana terreno, en cambio, la convicción de que cada cual puede y debe tener en sus propias manos, no en las del líder político o sindical, la construcción de su futuro.
Tomemos el caso de la Unión Europea. Nos guste o no, quien está ofreciendo respuesta a los problemas de viabilidad fiscal, y a la postre de crecimiento económico, es Alemania, a través del gobierno de Ángela Merkel. Y la respuesta no es “progresista” sino ortodoxa: saneamiento fiscal y productividad.
Además es una respuesta respaldada en los hechos: la economía más boyante en la Unión Europea es la alemana. Un dato para reflexionar: en diciembre pasado las exportaciones alemanas a China, que crecen a una tasa anual superior al 6.5 por ciento, sobrepasaron por primera vez a las exportaciones alemanas a Estados Unidos, que también crecen a buen ritmo. Detrás hay una causa: productividad.
Esto explica que gobiernos presuntamente “progresistas” como el de José Luis Rodríguez Zapatero en España realicen hilarantes acrobacias: por un lado promete a Merkel que pondrá la casa en orden y hará las reformas indispensables para levantar la famélica productividad de la economía, pero por otro tiene que calmar con mera retórica a sus clientelas partidarias: los líderes sindicales y esa progresía, ayer vociferante, incrustada en el PSOE.
Sin respuestas efectivas, sin reformas para la productividad, los mercados dictarán su veredicto final y arrojarán a la economía española al mismo cesto en el que pusieron hace meses a Grecia. Zapatero no tiene opciones. Es eso, poner la casa en orden, o la catástrofe.
Otro caso perturbador para la progresía ha sido Wisconsin. El flamante gobernador republicano, apoyado por el Congreso local, logró revertir el arreglo político que obligaba a la negociación salarial colectiva, esto es: con las dirigencias sindicales, en el caso de maestros y empleados del gobierno estatal. Es un golpe frontal a una de las “conquistas” más publicitadas durante décadas por el “pensamiento progresista”, pero fue una derrota inevitable ya que, simplemente, la reforma obedecía a un mandato indubitable de los electores.
Tan fuerte ha sido el golpe de Wisconsin, para el “progresismo” mundial, que la agencia propagandística cubana Prensa Latina está llamando a sus menguados seguidores a extender las protestas por todo el mundo. El llamado cae en el vacío porque la dura realidad indica que la decisión del gobierno de Wisconsin va en el camino correcto.
Scott Walker, el gobernador, lo definió así el pasado 23 de febrero: “el futuro de los niños en todo el estado no debe ser ensombrecido por la carga, de la deuda excesiva y del gasto público fuera de control, que la generación pasada heredó a la generación actual”.
Parece que la pólvora se le ha mojado al pensamiento progresista en el terreno que más le importa a la gente común: el de los resultados tangibles en términos de la economía cotidiana.
En la arena política es una batalla que enfrenta a las utopías desgastadas con los compromisos tangibles que se contabilizan sin adjetivos y con poder adquisitivo en los bolsillos.
En el mercado de las ofertas políticas parecen ir a la baja – en el ánimo de los electores – las promesas encendidas de que en un futuro indefinido habrá “comidas gratis”.
Gana terreno, en cambio, la convicción de que cada cual puede y debe tener en sus propias manos, no en las del líder político o sindical, la construcción de su futuro.
jueves, 3 de marzo de 2011
El engañoso “déspota benévolo”
El temperamento de mi amigo Gateau se ha dulcificado ya que contempla varias veces al día el hermoso lago Léman (fonética en francés: lak le ma). Tal vez por eso me compartió, generosamente, una peculiar idea:
“Este mundo estaría mejor si fuese gobernado por un déspota benevolente; a condición, desde luego, de que tal déspota fuese yo”.
No nos engañemos, muchos de los lectores comparten en su fuero interno la primera parte de la tesis de Gateau. Salvo casos raros, todos tenemos una magnífica impresión de nuestra propia benevolencia y de nuestra gran sabiduría (como decía el Gordo Basurto: “solemos estar encantados de habernos conocido”) y pondríamos gustosos tanta virtud al servicio de la humanidad. Cuán diferentes serían las cosas –pensamos- si la gente dejase en nuestras benditas y sabias manos la hechura de las leyes y la autoridad coercitiva para que esas magníficas leyes se cumpliesen siempre.
Al llegar a la segunda parte de la idea las discrepancias brotan y se enredan en millones: ¿por qué Gateau habría de ser el déspota admisible? Cada cual cree que el mejor de los déspotas benevolentes posibles es él mismo, nadie más.
Hasta Iósif Vissarióvich Dzhugashvili, conocido como Stalin, llegó a creer que él era el mejor de los posibles déspotas benevolentes. Supongo que las decenas de millones de seres humanos que fueron directa o indirectamente sus víctimas tuvieron otra opinión. Y les asistieron de veras buenas razones para ello.
El vehemente coronel Gadafi (que semeja, según Guillermo Sheridan, una cruza de Lady Gaga con un perro rottweiller) seguramente tiene una espléndida opinión acerca de sí mismo y de sus actos. Sin embargo, a muchos, a millones tal parece, los actos y palabras de Gadafi nos parecen abominables.
Sí, no me cabe duda que Gateau sería un déspota menos destructivo que Stalin o Gadafi, pero no por ello su ocurrencia del déspota benévolo deja de ser temible y aberrante.
Tal vez porque no nos hemos puesto de acuerdo acerca de quién sería, dentro de los posibles, el más benevolente y el más sabio de los déspotas es que se inventó la democracia. Sí, la democracia que Chesterton describía como el gobierno de la gente ordinaria, que decide sonarse la nariz por sí misma, en lugar de encomendar esa tarea a una niñera; por más hábil que tal niñera resultase para sonar narices ajenas.
Más: el hecho de que cada cual tienda a creer que posee la exorbitante cualidad de ser el mejor, el más bueno y el más sabio de los déspotas posibles, nos previene precisamente contra el peligro de soñar en autocracias virtuosas. No existen.
Reconozcamos que hay grados de tiranía y despotismo (hasta la fecha el campeonato histórico del más abominable déspota parecen disputárselo Hitler, Stalin y Mao) y que, vistos bajo cierta luz y en determinadas circunstancias, déspotas hay que hasta beneficios producen. Admitamos, incluso, que podría haber algún déspota tan políticamente correcto que fuese promotor de la ecología o de las justicieras reivindicaciones de las mujeres, o el principal protector de la salud de la humanidad capaz de borrar de la faz de la tierra el vicio de fumar (hay varios aprendices, que gozan al criminalizarnos a los fumadores).
Pero no; no, gracias. Déspotas no queremos, ni al más benévolo.
Gateau escucha las objeciones y contempla el lago azul. Se acaricia los bigotes y dice: “Tienes razón; olvida mi descabellada idea. Pero ¡apaga ese asqueroso cigarro!”.
“Este mundo estaría mejor si fuese gobernado por un déspota benevolente; a condición, desde luego, de que tal déspota fuese yo”.
No nos engañemos, muchos de los lectores comparten en su fuero interno la primera parte de la tesis de Gateau. Salvo casos raros, todos tenemos una magnífica impresión de nuestra propia benevolencia y de nuestra gran sabiduría (como decía el Gordo Basurto: “solemos estar encantados de habernos conocido”) y pondríamos gustosos tanta virtud al servicio de la humanidad. Cuán diferentes serían las cosas –pensamos- si la gente dejase en nuestras benditas y sabias manos la hechura de las leyes y la autoridad coercitiva para que esas magníficas leyes se cumpliesen siempre.
Al llegar a la segunda parte de la idea las discrepancias brotan y se enredan en millones: ¿por qué Gateau habría de ser el déspota admisible? Cada cual cree que el mejor de los déspotas benevolentes posibles es él mismo, nadie más.
Hasta Iósif Vissarióvich Dzhugashvili, conocido como Stalin, llegó a creer que él era el mejor de los posibles déspotas benevolentes. Supongo que las decenas de millones de seres humanos que fueron directa o indirectamente sus víctimas tuvieron otra opinión. Y les asistieron de veras buenas razones para ello.
El vehemente coronel Gadafi (que semeja, según Guillermo Sheridan, una cruza de Lady Gaga con un perro rottweiller) seguramente tiene una espléndida opinión acerca de sí mismo y de sus actos. Sin embargo, a muchos, a millones tal parece, los actos y palabras de Gadafi nos parecen abominables.
Sí, no me cabe duda que Gateau sería un déspota menos destructivo que Stalin o Gadafi, pero no por ello su ocurrencia del déspota benévolo deja de ser temible y aberrante.
Tal vez porque no nos hemos puesto de acuerdo acerca de quién sería, dentro de los posibles, el más benevolente y el más sabio de los déspotas es que se inventó la democracia. Sí, la democracia que Chesterton describía como el gobierno de la gente ordinaria, que decide sonarse la nariz por sí misma, en lugar de encomendar esa tarea a una niñera; por más hábil que tal niñera resultase para sonar narices ajenas.
Más: el hecho de que cada cual tienda a creer que posee la exorbitante cualidad de ser el mejor, el más bueno y el más sabio de los déspotas posibles, nos previene precisamente contra el peligro de soñar en autocracias virtuosas. No existen.
Reconozcamos que hay grados de tiranía y despotismo (hasta la fecha el campeonato histórico del más abominable déspota parecen disputárselo Hitler, Stalin y Mao) y que, vistos bajo cierta luz y en determinadas circunstancias, déspotas hay que hasta beneficios producen. Admitamos, incluso, que podría haber algún déspota tan políticamente correcto que fuese promotor de la ecología o de las justicieras reivindicaciones de las mujeres, o el principal protector de la salud de la humanidad capaz de borrar de la faz de la tierra el vicio de fumar (hay varios aprendices, que gozan al criminalizarnos a los fumadores).
Pero no; no, gracias. Déspotas no queremos, ni al más benévolo.
Gateau escucha las objeciones y contempla el lago azul. Se acaricia los bigotes y dice: “Tienes razón; olvida mi descabellada idea. Pero ¡apaga ese asqueroso cigarro!”.
jueves, 24 de febrero de 2011
Saber preguntar, saber responder
El reportero anunció: “Serían dos preguntas”. En realidad hizo tres preguntas estructuradas de forma confusa. Ahí empezó la comedia de las equivocaciones alrededor de los seis mil pesos mensuales de ingreso.
Todo esto puede saberse a partir de la lectura de la versión estenográfica de la conferencia de prensa que ofreció el lunes pasado el Secretario de Hacienda, y que está publicada en la página de Internet de la propia Secretaría (aquí).
Textualmente la primera pregunta, precedida de un largo circunloquio acerca de las percepciones de “la gente”, fue: “¿Cómo está la situación del país que con 15 mil pesos uno está en el club de los ricos?”.
A toro pasado (cuando todos somos mejores toreros), queda claro que tal pregunta merecía, a lo sumo, una respuesta como la siguiente: “Los datos que usted menciona son incorrectos. Si ese hipotético club de los ricos existiese sería el del 10 por ciento de los hogares mexicanos cuyos ingresos están en el décimo escalón más alto de la distribución del ingreso nacional (un club muy concurrido, por cierto, con más de diez millones y medio de miembros individuales). Según los datos de la encuesta ingreso-gasto de los hogares levantada en 2008, ese diez por ciento de los hogares más ricos, o menos pobres, empieza a partir de ingresos mensuales de 44 mil 349 pesos de 2008. En todo caso, esta conferencia de prensa es acerca del crecimiento del PIB durante 2010, no acerca de la distribución del ingreso. Respecto de su observación, a partir de comentarios recogidos en los portales de Internet, de que ‘la gente’, así en abstracto, ‘no está muy convencida de que el crecimiento económico se esté reflejando en el nivel de vida en sus bolsillos’ (sic), lo único que puedo decirle es que la percepción de cada cual acerca de su propio bienestar es irrefutable: sólo quien trae los zapatos puestos puede decir cuánto y en dónde le aprietan”.
Repito, esto puede concluirse a toro pasado, que es cuando hasta los más torpes podemos presumir que toreamos con algún decoro.
Una respuesta poco afortunada o confusa podría parecer la consecuencia más probable que se deriva de una pregunta impertinente y enredada; lo sorprendente es que haya quien a veces elabore buenas respuestas, a bote pronto, frente a farragosas disquisiciones, en forma de pregunta, que no tienen pies ni cabeza.
En muchas ocasiones vale la pena pedir a los interrogadores que reformulen o repitan sus preguntas debido a que no nos ha quedado claro qué es lo que desean saber. Claro, si es que acaso desean saber algo, porque en ocasiones se trata de encendidos reclamos disfrazados de preguntas, que sólo admiten tres posibles respuestas para no incriminarse: “sí”, “no”, “no sé”.
Otra observación sobre el enredo de los seis mil pesos: No he escuchado o leído hasta ahora la opinión al respecto de algún jefe de familia que, en efecto, perciba un ingreso mensual de sólo seis mil pesos.
Todos, tirios y troyanos, indignados y apenados, defensores y objetores, hemos pontificado con singular denuedo acerca de lo que sienten, viven y perciben dichas familias. Pero absolutamente todos los que opinamos públicamente obtenemos ingresos que están varios escalones arriba de ese escalón, que es más o menos el cuarto, contando de los menores a los mayores ingresos, del conjunto de diez escalones en los que estadística y convencionalmente se acomoda el ingreso nacional.
La voz pública está peor distribuida que el ingreso.
Todo esto puede saberse a partir de la lectura de la versión estenográfica de la conferencia de prensa que ofreció el lunes pasado el Secretario de Hacienda, y que está publicada en la página de Internet de la propia Secretaría (aquí).
Textualmente la primera pregunta, precedida de un largo circunloquio acerca de las percepciones de “la gente”, fue: “¿Cómo está la situación del país que con 15 mil pesos uno está en el club de los ricos?”.
A toro pasado (cuando todos somos mejores toreros), queda claro que tal pregunta merecía, a lo sumo, una respuesta como la siguiente: “Los datos que usted menciona son incorrectos. Si ese hipotético club de los ricos existiese sería el del 10 por ciento de los hogares mexicanos cuyos ingresos están en el décimo escalón más alto de la distribución del ingreso nacional (un club muy concurrido, por cierto, con más de diez millones y medio de miembros individuales). Según los datos de la encuesta ingreso-gasto de los hogares levantada en 2008, ese diez por ciento de los hogares más ricos, o menos pobres, empieza a partir de ingresos mensuales de 44 mil 349 pesos de 2008. En todo caso, esta conferencia de prensa es acerca del crecimiento del PIB durante 2010, no acerca de la distribución del ingreso. Respecto de su observación, a partir de comentarios recogidos en los portales de Internet, de que ‘la gente’, así en abstracto, ‘no está muy convencida de que el crecimiento económico se esté reflejando en el nivel de vida en sus bolsillos’ (sic), lo único que puedo decirle es que la percepción de cada cual acerca de su propio bienestar es irrefutable: sólo quien trae los zapatos puestos puede decir cuánto y en dónde le aprietan”.
Repito, esto puede concluirse a toro pasado, que es cuando hasta los más torpes podemos presumir que toreamos con algún decoro.
Una respuesta poco afortunada o confusa podría parecer la consecuencia más probable que se deriva de una pregunta impertinente y enredada; lo sorprendente es que haya quien a veces elabore buenas respuestas, a bote pronto, frente a farragosas disquisiciones, en forma de pregunta, que no tienen pies ni cabeza.
En muchas ocasiones vale la pena pedir a los interrogadores que reformulen o repitan sus preguntas debido a que no nos ha quedado claro qué es lo que desean saber. Claro, si es que acaso desean saber algo, porque en ocasiones se trata de encendidos reclamos disfrazados de preguntas, que sólo admiten tres posibles respuestas para no incriminarse: “sí”, “no”, “no sé”.
Otra observación sobre el enredo de los seis mil pesos: No he escuchado o leído hasta ahora la opinión al respecto de algún jefe de familia que, en efecto, perciba un ingreso mensual de sólo seis mil pesos.
Todos, tirios y troyanos, indignados y apenados, defensores y objetores, hemos pontificado con singular denuedo acerca de lo que sienten, viven y perciben dichas familias. Pero absolutamente todos los que opinamos públicamente obtenemos ingresos que están varios escalones arriba de ese escalón, que es más o menos el cuarto, contando de los menores a los mayores ingresos, del conjunto de diez escalones en los que estadística y convencionalmente se acomoda el ingreso nacional.
La voz pública está peor distribuida que el ingreso.
jueves, 17 de febrero de 2011
Subsidiar la demanda educativa
Tuve oportunidad de escuchar, en sendos noticiarios de la radio el miércoles por la mañana, al líder de la sección 22, Oaxaca, del sindicato de maestros. Concluí: si así es la mayoría de los maestros es una bendición el hecho de que con tanta frecuencia las niñas y los niños oaxaqueños se queden sin escuela.
Me recordó una frase de Mark Twain: “Nunca he permitido que la escolaridad impida mi educación”.
Y no lo digo porque el líder pareciese tonto, por el contrario mostró en sus declaraciones gran habilidad para llevar las aguas agitadas al molino de sus intereses gremiales. Lo digo precisamente porque tales intereses gremiales, los de la sección sindical que encabeza, van en la dirección opuesta al beneficio de los educandos. No podía ser de otra manera: los intereses gremiales van encaminados a la apropiación de más rentas para el gremio, el de los maestros sindicalizados, y colisionan con el interés de alumnos y padres de familia, que es obtener la mejor educación posible, como plataforma de desarrollo pleno.
En México, como en muchos otros países, nos hemos empeñado durante décadas en subsidiar la oferta educativa. Al hacerlo, al otorgar cuantiosos recursos públicos a los maestros y a la burocracia gubernamental que suponemos dedicada a las tareas educativas, hemos alimentado a inmensos elefantes blancos, parasitarios incluso, cuyo principal objetivo es acrecentar sus rentas y consolidar tal estado de cosas, refractario a toda competencia.
Subsidiar la oferta educativa deja a los supuestos beneficiarios finales (que debieran ser los educandos y sus familias) sin libertad para elegir las que consideren las mejores opciones. Mientras tanto, los auténticos beneficiarios del gasto, que son los sindicatos y la burocracia, tienen sus incentivos alineados en la dirección opuesta: ganarán más no en la medida que mejor eduquen sino en la medida que puedan presionar al administrador – el gobierno en sus diferentes niveles- a incrementar la dotación de dinero que reciben. Así, a mayor “problemática” educativa tiende a haber mayores recursos para dichos gremios y grupos. Es lógico que la generación de problemas sea, para ellos, un jugoso negocio.
No es malo que parte del gasto educativo que erogan las familias destinándolo a escuelas privadas sea deducible de impuestos, pero ése es sólo un pequeño paso hacia la verdadera solución que debe ser:
Subsidiar la demanda educativa, reorientar el gasto público corriente destinado a la educación para que lo reciban las familias sin intermediarios y elijan aquella que consideren que es la mejor oferta educativa disponible. Esa es la esencia del llamado “voucher” o cheque educativo que tan buenos resultados ha dado en países como Chile.
No se trata, en lo absoluto, de que el Estado renuncie a invertir en la educación, por el contrario.
Con el cheque educativo – que las familias sólo podrán gastar en pagar una oferta educativa supervisada y autorizada por las autoridades- el caudal de recursos públicos destinados a pagar los sueldos de maestras y maestros será el mismo y previsiblemente seguirá creciendo. Lo que cambia es quién tiene en sus manos la decisión para premiar, mediante el pago, las mejores ofertas educativas.
Los buenos maestros, cuyos incentivos estén alineados con el beneficio de los educandos, ganarán más y podrán desarrollarse. Los incompetentes serán desplazados; nadie o casi nadie querrá pagar sus servicios.
Me recordó una frase de Mark Twain: “Nunca he permitido que la escolaridad impida mi educación”.
Y no lo digo porque el líder pareciese tonto, por el contrario mostró en sus declaraciones gran habilidad para llevar las aguas agitadas al molino de sus intereses gremiales. Lo digo precisamente porque tales intereses gremiales, los de la sección sindical que encabeza, van en la dirección opuesta al beneficio de los educandos. No podía ser de otra manera: los intereses gremiales van encaminados a la apropiación de más rentas para el gremio, el de los maestros sindicalizados, y colisionan con el interés de alumnos y padres de familia, que es obtener la mejor educación posible, como plataforma de desarrollo pleno.
En México, como en muchos otros países, nos hemos empeñado durante décadas en subsidiar la oferta educativa. Al hacerlo, al otorgar cuantiosos recursos públicos a los maestros y a la burocracia gubernamental que suponemos dedicada a las tareas educativas, hemos alimentado a inmensos elefantes blancos, parasitarios incluso, cuyo principal objetivo es acrecentar sus rentas y consolidar tal estado de cosas, refractario a toda competencia.
Subsidiar la oferta educativa deja a los supuestos beneficiarios finales (que debieran ser los educandos y sus familias) sin libertad para elegir las que consideren las mejores opciones. Mientras tanto, los auténticos beneficiarios del gasto, que son los sindicatos y la burocracia, tienen sus incentivos alineados en la dirección opuesta: ganarán más no en la medida que mejor eduquen sino en la medida que puedan presionar al administrador – el gobierno en sus diferentes niveles- a incrementar la dotación de dinero que reciben. Así, a mayor “problemática” educativa tiende a haber mayores recursos para dichos gremios y grupos. Es lógico que la generación de problemas sea, para ellos, un jugoso negocio.
No es malo que parte del gasto educativo que erogan las familias destinándolo a escuelas privadas sea deducible de impuestos, pero ése es sólo un pequeño paso hacia la verdadera solución que debe ser:
Subsidiar la demanda educativa, reorientar el gasto público corriente destinado a la educación para que lo reciban las familias sin intermediarios y elijan aquella que consideren que es la mejor oferta educativa disponible. Esa es la esencia del llamado “voucher” o cheque educativo que tan buenos resultados ha dado en países como Chile.
No se trata, en lo absoluto, de que el Estado renuncie a invertir en la educación, por el contrario.
Con el cheque educativo – que las familias sólo podrán gastar en pagar una oferta educativa supervisada y autorizada por las autoridades- el caudal de recursos públicos destinados a pagar los sueldos de maestras y maestros será el mismo y previsiblemente seguirá creciendo. Lo que cambia es quién tiene en sus manos la decisión para premiar, mediante el pago, las mejores ofertas educativas.
Los buenos maestros, cuyos incentivos estén alineados con el beneficio de los educandos, ganarán más y podrán desarrollarse. Los incompetentes serán desplazados; nadie o casi nadie querrá pagar sus servicios.
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