lunes, 30 de abril de 2018

Trotski, otro revolucionario ridículo y atroz


La soberbia de algunos intelectuales puede producir frutos que, vistos a la distancia y con cierta objetividad, son ridículos. Si además esos intelectuales han decidido ser "revolucionarios" y han llegado al poder, esos frutos ridículos -desde una perspectiva racional- devienen en crímenes atroces.

Trotski parece ser una figura mucho menos execrable que Stalin (pero ser "menos execrable que Stalin" no requiere de un gran esfuerzo) y goza de alguna veneración difusa entre cierta izquierda no estalinista. 

Sin embargo, Trotski fue coautor, con Lenin, Stalin y otros revolucionarios rusos de hace un siglo, de crímenes atroces (de acuerdo: el campeonato de criminalidad, entre ese selecto grupo, se lo lleva Stalin, así como el de ignorancia disfrazada de patética intelectualidad arrogante) y Trotski, también, fue el autor de disparates intelectuales, aberraciones, que uno creería propios de un adolescente atormentado y confundido, que juega a imaginar el mundo perfecto y que cree -candorosamente- que ese mundo perfecto es tan sencillo de fabricar como imaginarlo.

Lo que cito a continuación - rescatado con gran acierto por Richard Pipes para su monumental obra "La Revolución Rusa"- fue escrito por Trotski en 1924, cuando distaba de ser un adolescente confundido, cuando era un adulto maduro que había sido organizador, con Lenin, de la revolución de octubre de 1917 y de la guerra civil que dejó millones de muertos.

Pipes introduce este largo párrafo de Trotski así: Tras desestimar toda la historia humana hasta octubre de 1917 como una era de 'estancamiento', Trotski procedía a describir el ser humano que el nuevo régimen crearía: (y va la larga cita de Trotski)

"El hombre comenzará, por fin, a entrar de veras en armonía consigo mismo (...) Querrá dominar en primer lugar los procesos semiconscientes y luego también los procesos inconscientes de su organismo: la respiración, la circulación de la sangre, la digestión, la reproducción y, dentro de ineludibles límites, los subordinará al control de la razón y la voluntad. Aun la vida puramente fisiológica será objeto de una experimentación colectiva. La especie humana, el indolente Homo sapiens, volverá a sufrir una reconstrucción radical y, en sus propias manos, se convertirá en objeto de los métodos más complejos de selección artificial y de adiestramiento psicofísico (...) El hombre se fijará la meta de dominar sus emociones, elevar sus instintos a la altura de la conciencia, hacerlos transparentes (...), crear un tipo sociobiológico superior, un superhombre, si se quiere. (...)Será incomparablemente más fuerte, más sabio, más sutil. Su cuerpo será más armonioso; sus movimientos, más rítmicos, y su voz, más melodiosa. Las formas de vida adquirirán una teatralidad dramática. El tipo medio se elevará a las alturas de un Aristóteles, un Goethe, un Marx. Y más allá de esta cordillera aparecerán otras cumbres".

Ridículo, sencillamente ridículo. Y atroz, también.

lunes, 26 de marzo de 2018

Fidel Castro o la persistencia del mal

Dieciséis meses después de muerto, Fidel Castro sigue oprimiendo a Cuba, a millones de cubanos.
Eso concluyo al terminar la lectura del estremecedor relato, recuento, reseña de Julio Patán "Cuba sin Fidel" publicado hace unos días por Editorial Planeta. 


El mal trasciende la vida terrenal de los malvados. Para superar las consecuencias del mal no basta con que sus agentes, en este caso Fidel Castro, "el Caballo", hayan desaparecido del horizonte. No basta "darle vuelta a la página". Hay que reparar el daño que el mal ha causado, así parezca inmenso ese daño, y para ello es preciso reconocerlo, no disfrazarlo con una falsa benevolencia. 

En buena medida ese reconocimiento es lo que hace Patán en este relato, en dos tiempos: el actual, de quien visita, como él, la isla pocas semanas después de la muerte oficial de Fidel y el pretérito, donde se enumeran al vuelo buena parte de las atrocidades de ayer, que perviven y explican los horrores de hoy.

Para ello Patán se sirve de la abundante literatura que, a lo largo de más de 50 años, testimonió la génesis y el encumbramiento de la dictadura "machista-leninista",  sus entretelas, sus pretendidas motivaciones, su modo de operar y subsistir, sus manías, el descarnado ego de Fidel que comprueba, dolorosamente, cuánta razón tuvo Blas Pascal al aborrecer al odioso "yo" desenfrenado, que devora todo lo que encuentra a su paso. 

A lo largo de la lectura del libro de Patán detecté, con una mezcla de asombro y simpatía, que hemos compartido casi las mismas lecturas testimoniales que no dejan duda alguna acerca de las aberraciones económicas y sociales y, algo aún peor: de la degradación moral que Fidel Castro heredó a Cuba. Un claro ejemplo de esto último es la pretendida "picardía habanera" , mezcla de astucia, teatro y cinismo, a la que se han acostumbrado no pocos cubanos para sobrevivir y medrar en medio de la miseria y explotando la miseria. 

Esa perversa pedagogía castrista tuvo éxito: la que instruye en el engaño y la simulación, en la exhibición de llagas reales o simuladas para obtener de ellas ventaja y provecho; la que educa en la enrevesada atribución de culpas, tan vagas como universales, a los demás (el "imperialismo", los "gusanos", la "burguesía") para apartar el juicio propio y ajeno acerca de las responsabilidades propias.

Ese atroz "logro pedagógico" contribuye hoy, en buena medida, a la persistencia del mal. Tanto o más que la supervivencia de Raúl Castro o de la pléyade oscura de herederos,  genuinos o imitadores, del dictador original.

Sembrado de amargas ironías acerca de la "revolución" cubana fabricada por Castro, el libro de Patán se lee con facilidad, pero sospecho que sería un error limitarse a una primera y rápida lectura. Es material para atreverse, después, a una reflexión valiente acerca de con cuánta facilidad hemos aprendido a crear infiernos en la tierra, a partir de la grandilocuencia con la que los políticos iluminados nos venden, una y otra vez, falsos paraísos terrenales.

 




martes, 20 de marzo de 2018

El caso Florence Cassez: triunfó la división de poderes

Jorge Volpi hizo un buen trabajo con "Una novela criminal".

Dicho sea con toda sinceridad: me sorprendió. Había esperado, tanto por el asunto de esta novela sin ficción (el caso de Florence Cassez), como por el autor, proclive a la "corrección política" característica del "progresismo suave", un panfleto. Y no lo es, por el contrario: se trata de un trabajo bien documentado, jalonado por la disciplina de la imparcialidad y razonablemente minucioso en la fatigosa búsqueda de la verdad.

Aquí o allá, en determinados pasajes, Volpi incurre en simplificaciones cargadas de prejuicios, sobre todo cuando pretende resumir en unas cuantas frases el contexto político en el cual se desarrollaron los hechos, o cuando no resiste la tentación de lanzar un dardo lleno de visceral antipatía a la Iglesia Católica o al llamado "conservadurismo" o a la "derecha". Pero no importa mucho, porque esos deslices en nada afectan la historia principal y no perturban la trama.

Si el lector espera averiguar, al final, si Cassez es culpable o no de los actos criminales que se le imputaron (secuestro, asociación delictuosa, portación de armas de uso exclusivo de las fuerzas armadas y demás), le adelanto que no encontrará la respuesta. Y no encontrará esa respuesta, justamente porque este es un trabajo narrativo y de investigación bien hecho, sin trucos, sin conjeturas que se presenten como hechos y sin presunciones que se vendan como axiomas.

Lo que sí encontrará el lector es que el caso Cassez es la historia contundente de una pésima procuración de justicia, viciada, obsesionada por agradar al "jefe" y deslumbrar a la opinión pública, así como de una actuación policiaca en la que privan la torpeza, la falta de ética y respeto a la dignidad de las personas, la desidia y la lisa y llana chapuza.

Y, subiendo un poco la mira, el lector encontrará también a dos líderes políticos, el Presidente Felipe Calderón y el Presidente Nicolás Sarkozy, atrapados en una lucha de "orgullos nacionales" y esclavos (quiero creer que involuntarios) de la dictadura y el cálculo que impone la búsqueda obsesiva de la popularidad.

Todos estos ingredientes auguraban un final desastroso para esta historia. Sin embargo, el desenlace, inesperado, arroja una conclusión que desafía el desencanto hacia la democracia y hacia la división de poderes, del que hacemos gala, al menos en México y al menos en estos tiempos.

Al final, la Suprema Corte de Justicia hace justicia, por mayoría no por unanimidad, por cierto. La sentencia no exonera a Cassez, ni la condena. Simplemente constata que, desde su inicio, el procedimiento de "procuración de la justicia" ha incurrido en tantas corrupciones y vicios que se ha vuelto imposible discernir la verdad.

La sentencia de la Corte es (tras un cúmulo de perversiones que he tratado de sintetizar) un triunfo del sistema de pesos y contrapesos basado en una efectiva división de poderes.

Esa es la conclusión más importante. No es ocioso anotar que ese resultado sorprende a propios (a los mexicanos) y a "extraños" (al gobierno francés y a  su diplomacia, que suponen, como lo hicieron también tantos mexicanos, que la Suprema Corte se plegará a los intereses de un chocante orgullo nacionalista o al dictado, ya sea encubierto o ya sea descarado, del poder ejecutivo). Pues no, la división de poderes funciona. Y sí, por sorprendente que les parezca a muchos, la Suprema Corte de Justicia también imparte justicia.

Para el anecdotario: si el lector, además, busca el chisme morboso, encontrará buen material en el libro. Le adelanto, por ahora, que quedan muy mal parados en la trama (y por razones y hechos contundentes, "verificados" como hoy está de moda decir), el presentador de noticias Carlos Loret de Mola, la señora Isabel Miranda de Wallace, la entonces juez de la Suprema Corte Olga Sánchez Cordero (que al final hace lo correcto, pero de una forma por demás desaseada), y varios más.

Eso. descontando a los villanos más obvios: Genaro García Luna, Luis Cárdenas Palomino y el equipo de "comunicadores" de la entonces Secretaría de Seguridad Pública federal, verdaderos pioneros en la fabricación de historias tan falsas como espectaculares.



 

lunes, 20 de noviembre de 2017

Terror en serie, terror en serio

La historia del siglo XX agotó las reservas de adjetivos para describir la maldad.
Por eso deberíamos usar con menos desparpajo adjetivos como atroz, terrible, horroroso, diabólico. No hablo de las ficciones de Stephen King, sino de los hechos, duros, secos, definitivos, de, por ejemplo, Iósif Stalin y su pléyade de verdugos (muchos de ellos hacedores del terror por vivir ellos mismos aterrorizados), y de su estela de cómplices sonrientes que voltearon hacia otro lado, mientras presumían su izquierdismo de buen tono en la década de los años 30 con un coctel en la mano, y escuchaban jazz estilo soviético en el hotel Metropol, en Moscú.
El derrumbe de la Unión Soviética ha permitido que, con el paso de los años, se compruebe un cúmulo de información escalofriante acerca de la maldad pura que animó al estalinismo en los años del Gran Terror -la denominación es de Robert Conquest-, especialmente, aunque no sólo, de 1936 a 1938 que, junto con las hambrunas provocadas deliberadamente, habrían causado unos 20 millones de muertes.
Un ángulo singular de esta historia de terror es el que en 2008 dio a conocer el periodista griego Tim Tzouliadis en su libro "Los olvidados" que trata sobre algunos miles de estadounidenses que, animados por la propaganda que hablaba del paraíso que era la URSS para los trabajadores, espoleados por las graves penalidades de la Gran Depresión y hasta auspiciados por el izquierdismo bobalicón de Franklin Delano Roosevelt (FDR), emigraron a la Unión Soviética más o menos entusiasmados con la perspectiva de colaborar en la construcción de la nación del proletariado universal, sonriente, productivo, generoso, liberado de las cadenas de la servidumbre capitalista.
La historia, para la inmensa mayoría de ellos, terminó muy mal. Fueron directo a las fauces de un lobo sanguinario y en muy poco tiempo, dos o tres años a lo sumo, acabaron muertos en campos de trabajos forzados en el círculo ártico, incomunicados, otros cientos fueron fusilados tras un remedo de juicio sumario de escasos diez minutos de duración.
¿Qué hizo el gobierno del muy progresista FDR para proteger a estos estadounidenses? Nada. En algunos casos, fueron recibidos en la flamante embajada estadounidense en Moscú para ser despachados rápidamente fuera del edificio, aduciendo que no tenían pasaportes (las autoridades soviéticas se los confiscaron al llegar a la URSS), o que su pasaporte estaba caduco, o requería nuevas fotografías o, en muchos otros casos, se les explicó que al llegar a la URSS ellos habían pasado a ser ciudadanos soviéticos y el gobierno de Estados Unidos no tenía ya jurisdicción, ni responsabilidad sobre ellos.
Afuera de la embajada solían esperarlos los agentes de la NKVD para detenerlos. A la mayoría de ellos jamás se les volvió a ver.
El primer embajador estadounidense en la URSS, Joseph Davies, casado con Marjorie Davies, la millonaria heredera de General Foods, se mostraba en público convencido de que todos los perseguidos y condenados a muerte por la dictadura estalinista - fuesen de la nacionalidad que fuesen-, seguramente se lo merecían y habían cometido los crímenes de los que los acusaba la NKVD, la temida policía secreta de Stalin.
El 5 de junio de 1938 Davies fue citado en el Kremlin con motivo de su despedida diplomática de la URSS, inesperadamente apareció en la ceremonia de despedida el mismísimo Stalin lo que llenó de emoción al estadounidense. Davies quien se puso de pie e improvisó un emotivo discurso en el que aseguró que "la historia confirmará a Stalin como un estadista más grande que Pedro el Grande o Catalina II".
Al volver más tarde Davies a su despacho comentó extasiado con uno de sus subordinados: "¡Lo he visto, he hablado con él!, es verdaderamente un gran hombre, recto y bueno".
Cuando el matrimonio Davies finalmente abordaba el tren en la estación Belorusski, para abandonar la URSS, el jefe de protocolo, Vladimir Barkov, corrió hacia el embajador y le entregó un marco de plata con cuatro estrellas rojas incrustadas en las esquinas, con una fotografía dedicada personalmente por Iósif Stalin.
Sí, el siglo XX agotó la reserva de adjetivos para describir la maldad.  



viernes, 10 de noviembre de 2017

Kierkegaard: sobre "el pecado original de la cristiandad"

Cito:
"La confusión fundamental, el pecado original de la cristiandad año tras año, década tras década, siglo tras siglo, es que ha perseguido el insidioso propósito -medio inconsciente de lo que deseaba y esencialmente inconsciente de lo que hacía-, de arrebatar a Dios sus derechos, como propietario de la cristiandad, y se ha metido en la cabeza que la raza, la raza humana, era la inventora, o había llegado muy cerca de inventar el cristianismo. Así como en derecho civil una fortuna vuelve al Estado cuando, durante un determinado periodo de años, nadie la ha reclamado ni se ha presentado ningún heredero, así la raza, equivocada por la observación del hecho trivial de que la cristiandad es una cosa que actualmente existe, ha pensado para sí como sigue: Hace tanto tiempo que Dios ha dejado de llamarse propietario o dueño, que el cristianismo ha revertido consecuentemente a nosotros, que podemos abolirlo, modificarlo ad libitum, tratando al cristianismo no como algo que en obediente servicio a la majestad de Dios debe ser creído, sino como algo que, para ser aceptable, debe ser tratado con la ayuda de razones para satisfacer a 'la época', 'al público', a 'esta distinguida asamblea'. Toda revolución en la ciencia...contra la disciplina moral, toda revolución en la vida social...contra la obediencia, toda revolución en la vida política...contra el gobierno mundano. Todo eso se deriva de querer arrebatar a Dios el cristianismo. Esta revolución -el abuso de la 'raza humana' como categoría- no se parece, sin embargo, a la rebeldía de los titanes, porque tiene lugar en la esfera de la reflexión, y se repite insidiosamente de año en año, de generación en generación. La reflexión arranca sólo un pequeño pedazo cada vez, y sobre él se puede decir siempre: 'En las cosas pequeñas, uno puede consentir'. Pero, al final, la reflexión se lo habrá llevado todo sin que nadie lo advierta, porque lo hace poco a poco (...)
"Toda duda (que, dicho sea entre paréntesis, es simplemente una desobediencia a Dios, cuando se considera éticamente...) tiene su último asidero en una ilusión de la existencia temporal: en que, siendo nosotros muchos, casi tantos como toda la humanidad, podemos llegar a intimidar alegremente a Dios y ser el Cristo. Y el panteísmo es una ilusión acústica, que confunde la vox populi con la vox Dei; es una ilusión óptica, un dibujo de nubes formado por la reflexión de la existencia temporal, que aparece como si fuese eterna"

Soren KIERKEGAARD, "Mi punto de vista", Aguilar, Buenos Aires 1959, pp. 176-179

martes, 27 de diciembre de 2016

Esos encantadores sonidos que hacían sus viejos vestidos...

Dejamos ayer a un viejo marinero agonizando en lo que llamé, en un exceso de pudor, "una posada de mala muerte" en Escocia (en realidad, la casa de Mistress Flannigan era lo que mentalidades más estrictas llamarían sin empacho "un burdel", pero ese es un detalle menor en la narración de Bruce Marshall). El marinero escucha, en medio del aturdimiento y temor propios de la agonía, la voz de un sencillo sacerdote, el Padre Smith, que le dice:

-- Mi niño, estoy aquí para escuchar tu confesión.

El relato se encuentra al final del primer capítulo de la estupenda novela de Marshall "The World, the flesh and Father Smith" (1944), de la que desgraciadamente hace muchos años no se han hecho nuevas ediciones, pero que se puede leer aquí.

Traduzco el episodio a mi entender, abreviándolo un poco y tomándome más de una licencia literaria:

El viejo marinero en su lecho de muerte abrió sus ojos, de un azul intenso, y le tomó un tiempo, en apariencia, interpretar la presencia del sacerdote, el Padre Smith, pero una vez que lo logró su mirada se ensombreció y se volvió iracunda, dijo:

-- Déjame en paz, ¿entiendes?

El Padre Smith, sin embargo, no se arredró ante esa reacción. Sonrió tristemente y le respondió: 

-- Mira, hijo mío, estás agonizando y nadie dirá que eres un gran tipo por negarte a recibir a nuestro Señor. El tiempo para hacer méritos ante Dios es corto. Soy un sacerdote de Dios y estoy aquí para escuchar tu confesión.
Tal como esperaba el padre Smith, sus palabras surtieron efecto casi de inmediato y el marinero dijo:

-- Es verdad Padre. He sido un sucio cerdo de todas las maneras imaginables, pero ahora es demasiado tarde.

-- Nunca es demasiado tarde --replicó el Padre Smith-- mientras estés vivo.

Tras algunos preámbulos, el marinero empezó a contarle al sacerdote acerca de todas las mujeres que había conocido en Buenos Aires y en Hong Kong, advirtiendo que éstas últimas habían sido las mejores. El Padre Smith le interrumpió diciéndole que tal vez sería mejor repasar los diez mandamientos y ver cuántos había roto, ya que es un mayor pecado mortal haberse olvidado de amar a Dios durante toda la vida que haber conocido a unas asquerosas Jezabeles en puertos extranjeros. El marinero respondió que eso era fácil y que no había necesidad de recorrer todos los mandamientos, debido a que había faltado a la totalidad de ellos al grado de poder cubrir con sus faltas el culo de su vecino, además aseguró que el Padre Smith estaba equivocado: ninguna de esas mujeres era asquerosa en absoluto, especialmente las que conoció en China, que llevaban las uñas pintadas de oro y unos zapatos de satín negro con altos tacones rojos y que, ahora que lo pensaba, no se arrepentía, para nada, de haber conocido a todas esas mujeres y le gustaría volver a conocerlas si tuviera la oportunidad, porque todas ellas habían sido tan hermosas. El Padre Smith dijo que eso estaba muy mal de parte del marinero y que Nuestro Señor y Nuestra Señora y San José y los santos eran más hermosos que cualquier número de rameras chinas con altos tacones; pero el marinero dijo que él no estaba tan seguro y que aún no se arrepentía de haber conocido a todas esas mujeres porque sus vestidos hacían adorables sonidos cuando ellas caminaban (...) El sacerdote le dijo que esa no era la manera en que un hombre le debe hablar a Dios cuando ese hombre se está muriendo y que el viejo marinero haría mejor en darse prisa y arrepentirse de sus pecados si no quería ir al infierno y perder para siempre a Dios Todopoderoso; pero el viejo marinero dijo que mientras él estaba arrepentido de haberse perdido con tanta frecuencia los Sacramentos y de no haber amado más a Dios, él no se arrepentía de haber conocido a todas esas mujeres, porque todas ellas habían sido tan hermosas y algunas de ellas muy amables también. En la desesperación, el Padre Smith le preguntó al viejo marinero si se arrepentía de no estar arrepentido por haber conocido a todas esas mujeres y el viejo marinero dijo que sí, que él estaba arrepentido de no estar arrepentido y que esperaba que Dios podría entenderlo. Después de lo cual el Padre Smith dijo que él pensaba que probablemente Dios lo entendería y absolvió al viejo marinero de sus pecados, derramando los méritos de la Pasión de Cristo sobre el olvido del viejo marinero respecto de Dios y sobre aquellos viejos vestidos que habían hecho tales sonidos tan encantadores.

Aquí, con la conversión sincera del buen y viejo marinero en su lecho de muerte, termino el relato. 

Me animo a compartir unas breves conclusiones: 

1. Aun cuando el relato trata esencialmente de la misericordia de Dios, del pecado, de la conversión, del tránsito hacia lo desconocido (la muerte), de la caridad de un sencillo sacerdote y de la sencillez de un curtido y viejo marinero, también -creo- es un bonito ejemplo de cierto tipo de tentaciones que no sólo son casi imposibles de resistir, sino que al ser revividas por la memoria recuperan tanta o más fuerza seductora que antaño, como sucede con ese adorable (a los oídos del viejo marinero) sonido que hacían los viejos vestidos de esas mujeres...

2. Me parece que tratándose de ese tipo de solicitaciones del mal (eso son las tentaciones) seríamos especialmente tontos si nos empeñamos en afearlas como recurso (inútil, por lo demás) para apartarlas de nosotros. No son feas, no son detestables, tienen su belleza, su encanto y por ello son tentaciones. Dios a la postre no le pide al viejo marinero, por intermedio del Padre Smith, que proclame que las prostitutas (que su afán por ser objeto de afecto embellece) son asquerosas u horribles; creo que Dios no va a perder el tiempo en esas discusiones acerca del buen o mal gusto de los rudos marineros; del mismo modo creo que Dios entiende, en su infinita misericordia, que las migajas de ternura que el viejo marinero buscó y creyó encontrar en los brazos de esas Jezables (para usar la graciosa terminología del Padre Smith) son válidas, como un pálido, inmensamente pálido diría, anticipo de la belleza y el amor sin límite que el viejo marinero encontraría, para todo la eternidad, en la contemplación de su Padre Dios.

lunes, 26 de diciembre de 2016

Las tentaciones y la libertad

Se atribuye a Oscar Wilde esta graciosa sentencia: La mejor manera de librarse de la tentación es caer en ella.

La humorada de Wilde encierra más sustancia de lo que parece. Cuando sucumbimos a la tentación, no sólo ésta deja de serlo, también por la misma razón perdemos la libertad de la que gozábamos antes de rendirnos ante ella. 

Con gran agudeza psicológica Georges Chevrot, sacerdote y predicador francés, escribió en The Prodigal Son:

"Freedom in not the choice between good and evil; it disappears as soon we choose evil. For example, before telling a lie I am free; if I tell the truth, I am still free; if I tell a lie, I am chained to my lie".

Significativamente la vida pública de Jesús inicia con un ayuno de 40 días e, inmediatamente después, con las tentaciones. El Hijo de Dios, nada menos que Dios hecho carne, es tentado por el demonio. Según se lee en el evangelio de San Mateo no es un mero incidente o accidente, se trata de un episodio deliberado ya que: "Entonces fue conducido Jesús al desierto por el Espíritu para ser tentado por el diablo" (Mt, 4, 1).

Se diría, entonces, que Dios no sólo "permite" las tentaciones, sino que están dentro de los planes de su providencia. Desde luego permite las tentaciones no para que sucumbamos ante ellas, sino para que las superemos. Nótese, sin embargo, que no es Dios quien nos tienta, sino el demonio, como claramente lo indica el evangelio de San Mateo.

Por lo pronto, en el Padre Nuestro no le pedimos a Dios que nos libre de las tentaciones, sino que no nos deje caer cuando estemos frente a ellas. En cambio, sí pedimos explícitamente que nos libre del mal, esto es: que nos ayude a usar inteligentemente nuestra libertad, de ninguna manera que nos dispense de ella (de la libertad) evitándonos la opción de elegir.

Al respecto, Raïsa Maritain escribió en "El Padre Nuestro" lo siguiente:  "No debemos pensar -- como la traducción literal correría el peligro de sugerirnos: 'no nos induzcas a la tentación' --, que para probar nuestra resistencia Dios mismo nos tienta y nos solicita al mal. La turbación y las tinieblas que el atractivo del mal causa en el alma, brusca o insidiosamente, proceden de nuestra flaqueza y de 'nuestra propia codicia'. Proceden también del ángel caído, que excita esta codicia y que, tanquam leo rugens ('como león rugiente'), ronda, buscando a quien devorar. Nos tienta el diablo, no Dios".

Pero...

"No debemos imaginarnos que se nos hace pedir ser dispensados de todo lo que sea pasar por el fuego de la prueba y que por eso mismo implica para nosotros algún riesgo de flaquear o de pecar --caso de la mayoría de las ocasiones que nos ofrece la vida humana--; ni se nos hace pedir ser liberados de toda opción en que nos cueste elegir el bien..."


Nota al margen. Al respecto, debo decir que me parece del todo lamentable que algunas "almas piadosas" (o no tanto) recurran a la censura de aquello que suponen podría ser causa de tentación para los demás, argumentando que buscan evitarle "perturbaciones" al prójimo. Detrás de esa "piadosa censura" (que trata de parecerse a la que ejerce la mamá bondadosa que, ante una escena violenta en una película, tapa los ojos de su pequeño hijo) hay una gran arrogancia, tales censores se arrogan un falso derecho que ni el mismo Dios se permite: anular la libertad de elección de quien es víctima de la censura (ya que la verdadera víctima de la censura es más el público al que no se le permite conocer, y juzgar libremente, la obra en su integridad, que el autor de la obra censurada).

Volvamos al asunto principal. Raïssa Maritain cita más adelante unas elocuentes palabras de Orígenes, erudito de la iglesia cristiana oriental: 

"Mientras vivimos en la tierra estamos embarazados por la carne, que lucha contra el espíritu...; estamos expuestos a la tentación...¿Quién imaginaría a los hombres libres de tentación, cuando conoce su medida bien tasada? ¿Existe algún momento en el que estemos seguros, sin tener que combatir para no pecar?".

Ya en el terreno del rigor filosófico, Raïssa precisa:

"...Dios no es la causa directa per se de la prueba del sufrimiento, sino causa indirecta per accidens. La admite a la existencia porque es el reverso de un bien que Él se propone, o una condición, o un medio presupuesto para ese bien. Y de la prueba de la tentación no es causa en absoluto, únicamente la permite. Pero sin su consentimiento, evidentemente, no se produciría". 

Y concluye, de nuevo en el terreno de la vida espiritual:

"La sexta petición (del Padre Nuestro) es la oración de nuestra flaqueza, la oración de un ser que se sabe débil y que pide no serlo hoy, en las horas peligrosas que habrá en este pobre día de hoy".

Otra forma de expresarlo, que me parece singularmente bella, es la cita que la propia Raïssa hace de unas palabras de Charles Journet:

"Sabemos que Dios mide el viento a la oveja trasquilada. En su bondad infinita, ¡no permita que encuentre hoy una tentación que esté por encima de mis fuerzas o entonces aumente mis fuerzas con una nueva efusión de gracia! ¡Que no me ponga a prueba hasta esperar de mí todo lo que tiene derecho a reclamarme! ¡Que se digne considerar mi flaqueza!" (Le mal, pág. 261).

Hasta aquí me he parapetado, mediante una profusión de citas, detrás de quienes sin duda saben más que yo. Ello me da la tranquilidad de no incurrir en demasiados dislates y de apartar de mí el juicio, tal vez severo, de eventuales lectores, para trasladarlo a mejores inteligencias, mucho más difíciles de vencer. Sin embargo, llegó el momento de "mojarse" y correr el riesgo libérrimo de hablar por sí mismo e incluso de intentar una especie de fenomenología de las tentaciones, como terreno privilegiado, piedra de toque, donde la libertad se experimenta no como una noción abstracta sino como aguda disyuntiva existencial. En cierta forma, como encrucijada de vida o muerte. En todo caso, terreno singular del drama humano.

Experiencia en esto de las tentaciones, en especial en lo de las tentaciones, ¡ay!, consentidas, me sobra. Sin entrar en detalles que podrían ser bochornosos he de decir que las tentaciones, para serlo, deben ser atractivas. Subjetiva y hasta objetivamente seductoras. No me atrae, por ejemplo, la tentación de escalar una montaña particularmente escabrosa para tomarme una foto en la cumbre y presumirla en Facebook a propios y extraños; dejo para otros esas mieles de la vanidad del alpinista triunfante. Tampoco me seduce la opción de ser dictador de algún país, ya que debe ser tarea especialmente fatigosa que rehuyo gracias a mi natural pereza. También el miedo me libra de las tentaciones de ser soldado mercenario en alguna guerra lejana o de las emociones de correr encima de una motocicleta poderosa a 200 kilómetros por hora en alguna autopista transitada. Como la mayoría de las personas experimento tentaciones más prosaicas, que no por ello dejan de ser muy atractivas.

Las tentaciones que me acosan están más en la línea de Madame Bovary o de Sancho Panza que en la de Stalin o Robespierre. Digamos, para no incurrir en exhibicionismo, que me identifico, en esta materia, con el personaje de un anónimo marino viejo que agoniza en una posada de mala muerte en Escocia, en las primeras décadas del siglo pasado, y que escucha, confuso, en medio del dolor y del miedo ante lo desconocido (el tránsito de la muerte) estas palabras de un sencillo sacerdote:

"Mi niño, estoy aquí para escuchar tu confesión".

¿Qué sucedió inmediatamente después?

Mañana se los cuento, o, mejor dicho dejo que Bruce Marshall nos lo cuente.