martes, 20 de marzo de 2018

El caso Florence Cassez: triunfó la división de poderes

Jorge Volpi hizo un buen trabajo con "Una novela criminal".

Dicho sea con toda sinceridad: me sorprendió. Había esperado, tanto por el asunto de esta novela sin ficción (el caso de Florence Cassez), como por el autor, proclive a la "corrección política" característica del "progresismo suave", un panfleto. Y no lo es, por el contrario: se trata de un trabajo bien documentado, jalonado por la disciplina de la imparcialidad y razonablemente minucioso en la fatigosa búsqueda de la verdad.

Aquí o allá, en determinados pasajes, Volpi incurre en simplificaciones cargadas de prejuicios, sobre todo cuando pretende resumir en unas cuantas frases el contexto político en el cual se desarrollaron los hechos, o cuando no resiste la tentación de lanzar un dardo lleno de visceral antipatía a la Iglesia Católica o al llamado "conservadurismo" o a la "derecha". Pero no importa mucho, porque esos deslices en nada afectan la historia principal y no perturban la trama.

Si el lector espera averiguar, al final, si Cassez es culpable o no de los actos criminales que se le imputaron (secuestro, asociación delictuosa, portación de armas de uso exclusivo de las fuerzas armadas y demás), le adelanto que no encontrará la respuesta. Y no encontrará esa respuesta, justamente porque este es un trabajo narrativo y de investigación bien hecho, sin trucos, sin conjeturas que se presenten como hechos y sin presunciones que se vendan como axiomas.

Lo que sí encontrará el lector es que el caso Cassez es la historia contundente de una pésima procuración de justicia, viciada, obsesionada por agradar al "jefe" y deslumbrar a la opinión pública, así como de una actuación policiaca en la que privan la torpeza, la falta de ética y respeto a la dignidad de las personas, la desidia y la lisa y llana chapuza.

Y, subiendo un poco la mira, el lector encontrará también a dos líderes políticos, el Presidente Felipe Calderón y el Presidente Nicolás Sarkozy, atrapados en una lucha de "orgullos nacionales" y esclavos (quiero creer que involuntarios) de la dictadura y el cálculo que impone la búsqueda obsesiva de la popularidad.

Todos estos ingredientes auguraban un final desastroso para esta historia. Sin embargo, el desenlace, inesperado, arroja una conclusión que desafía el desencanto hacia la democracia y hacia la división de poderes, del que hacemos gala, al menos en México y al menos en estos tiempos.

Al final, la Suprema Corte de Justicia hace justicia, por mayoría no por unanimidad, por cierto. La sentencia no exonera a Cassez, ni la condena. Simplemente constata que, desde su inicio, el procedimiento de "procuración de la justicia" ha incurrido en tantas corrupciones y vicios que se ha vuelto imposible discernir la verdad.

La sentencia de la Corte es (tras un cúmulo de perversiones que he tratado de sintetizar) un triunfo del sistema de pesos y contrapesos basado en una efectiva división de poderes.

Esa es la conclusión más importante. No es ocioso anotar que ese resultado sorprende a propios (a los mexicanos) y a "extraños" (al gobierno francés y a  su diplomacia, que suponen, como lo hicieron también tantos mexicanos, que la Suprema Corte se plegará a los intereses de un chocante orgullo nacionalista o al dictado, ya sea encubierto o ya sea descarado, del poder ejecutivo). Pues no, la división de poderes funciona. Y sí, por sorprendente que les parezca a muchos, la Suprema Corte de Justicia también imparte justicia.

Para el anecdotario: si el lector, además, busca el chisme morboso, encontrará buen material en el libro. Le adelanto, por ahora, que quedan muy mal parados en la trama (y por razones y hechos contundentes, "verificados" como hoy está de moda decir), el presentador de noticias Carlos Loret de Mola, la señora Isabel Miranda de Wallace, la entonces juez de la Suprema Corte Olga Sánchez Cordero (que al final hace lo correcto, pero de una forma por demás desaseada), y varios más.

Eso. descontando a los villanos más obvios: Genaro García Luna, Luis Cárdenas Palomino y el equipo de "comunicadores" de la entonces Secretaría de Seguridad Pública federal, verdaderos pioneros en la fabricación de historias tan falsas como espectaculares.



 

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