El sábado es un buen día para dar a luz “ideas grandotas”. Si usted tiene la suerte de parir una “ideototota” deslumbrante, le recomiendo expresarla con “palabras grandotas”, esto es: con grandilocuencia, y buscar un cliente igualmente “grandote” que con gusto se la comprará para lucirse, dentro de un año, en la reunión de Davos, Suiza (“World Economic Forum”) que corresponderá a 2011.
Las ideas grandotas que sean también “la gran solución a los problemas de la humanidad” tienen garantizado un premio extra, una especie de bono de notoriedad instantánea que consiste en: menciones en los noticiarios de televisión, fotografías en los periódicos y decenas de sesudos comentarios editoriales.
Es fácil reconocer a las ideas grandotas: llegan de repente y desplazan a todo lo demás, son increíblemente simples – los maliciosos dirán que son simplistas-, parecen repletas de filantropía y buenos sentimientos, suscitan asombro en quienes, desprevenidos, las escuchan; explican de golpe “todo” (o algo que se parece mucho a “todo”) y suelen requerir solamente de “la buena voluntad de los líderes del mundo” para convertirse en “la respuesta a todos nuestros problemas”.
¿Ejemplos?
Uno: “Esta crisis mundial nos ha demostrado que China ha tomado el mando del planeta”. En este ejemplo, usted tiene que decidir si eso es bueno, malo o catastrófico.
Dos: “El capitalismo ha caducado, necesitamos una globalización verde con rostro humano”. Esta sentencia debe acompañarse de descripciones apocalípticas acerca de los destrozos que el afán de ganancias y la innovación tecnológica causarán en el planeta y concluir con una encendida invocación para que surja una nueva generación de líderes “comprometidos” (de preferencia no dar detalles de cuál es la causa con la que estarán “comprometidos”).
Tres: “Nos toca hacernos cargo del barco porque el capitán Ahab cayó en un delirium tremens”. Para facilitar la comprensión de esta idea-metáfora grandota hay que regalarle al auditorio una versión condensada de Moby Dick, de preferencia ilustrada con dibujitos.
Cuatro: “Hay que hacer algo”. Esta última idea grandota es mi favorita por infalible: Siempre hay algo que hacer.
El asunto de Davos, que es una especie de certamen anual para la exhibición de “ideas grandotas”, lo entendí finalmente gracias a una divertida reflexión que publicó el jueves pasado Anne Applebaum en “The Washington Post”, relatando algunas de sus experiencias en la reciente reunión celebrada en la ya casi mítica aldea.
Applebaum, comentarista de asuntos internacionales e historiadora, habla precisamente de todas las “grandes ideas” que escuchó en Davos, expresadas en “grandes palabras” (y en una sola frase que pretende sintetizar todo), que son a la vez “grandes soluciones”. Lo mismo las dijeron los expositores invitados, que los eternos aspirantes a expositores durante cenas informales y en casuales encuentros en algún pasillo.
Applebaum es delicadamente irónica y no oculta su escepticismo frente a tanta grandeza y tanta simplicidad intelectual reunidas en tres días en ese pueblito montañés.
Entiendo a quienes critican la ritual reunión de Davos; lejos de mí decir que sus críticas obedecen a la envidia, porque ellos no pertenecen al selecto club de los habituales del lugar, pero tales críticos no deberían calificar de inútil ese foro.
Hay un gran servicio que año con año presta Davos a la humanidad: Es mucho mejor que las ideas grandotas, y las soluciones únicas y simples que se les ocurren a los grandotes de este mundo, permanezcan acotadas en ese campamento de invierno. Sería terrible que tantas ideas grandotas, estorbosas, torpes como gigantes ciegos con dolor de muelas, anduviesen causando destrozos por doquier.
domingo, 7 de febrero de 2010
viernes, 29 de enero de 2010
¿Quién es el papá de la criatura?
Si literalmente te cae un camión repleto de basura en la cabeza, cuando esperabas, quitado de la pena, la “luz verde” del semáforo sentado frente al volante de tu auto, nadie puede llamarte quisquilloso si buscas a los responsables de la desgracia.
No se trata de un hecho azaroso e imprevisible, sino de un incidente en el que debe haber quienes respondan personalmente, cada uno de ellos.
Lo mismo pasa si te meten un balazo en la cabeza en el baño de un bar por “quítame de aquí estas pajas”. Se supone que el bar no debiera estar abierto al público a esas horas; se supone que en los bares de esta ciudad no puede entrar la gente con armas de fuego. Tal parece que es más fácil dispararle a alguien en un bar que encender un cigarrillo ahí en donde los moralistas reglamentos lo prohíben bajo amenaza de grandes penas. No importa, en este análisis, lo inopinado que resulta estar a las cinco de la mañana de un lunes divirtiéndose en un bar. Cada cual busca curarse su mediocridad como puede.
Alguien tiene que ser el papá de la criatura o, para decirlo con precisión: Algunos tuvieron que haber contribuido, en diferente grado, en diferente medida, a que se diera a la luz el engendro. Y esos “algunos”, cada cual personalmente, tiene que responder por el fruto de sus actos o de sus omisiones.
La impunidad, que tanto nos indigna, surge ahí donde independientemente de leyes formales o meramente escritas, éstas no funcionan como se supone que debieran funcionar. El problema no es multiplicar las prohibiciones, sino que las leyes y su aplicación puntual estén diseñadas de tal forma que efectivamente disuadan a los potenciales infractores. Y que las leyes, además, se cumplan.
Desde el punto de vista de la economía institucional o del análisis económico de las instituciones, éstas dejan de ser tales cuando no funcionan. Y la existencia de impunidad es una disfuncionalidad radical de las leyes o, mejor dicho: La impunidad nulifica las instituciones. Genera la percepción de que “todos estamos amenazados”, de que todos estamos en peligro porque la ley, el supuesto estado de derecho es, para todo fin práctico, inexistente.
Sospecho que la raíz más profunda de la impunidad deberíamos rastrearla en la multitud de coartadas colectivistas que nos vendieron las ideologías en el siglo XX, del nacional-socialismo al bolchevismo, pasando por el fascismo italiano y sin olvidar los colectivismos de derecha e izquierda que surgieron en la primera mitad del siglo pasado en América Latina y en España. Tales espantajos ideológicos nos regalaron, junto con el colectivismo, la irresponsabilidad personal, al mismo tiempo que nos despojaron de la libertad individual e intransferible. Pésimo negocio.
Las leyes son, cierto, herramientas públicas pero existen para exigir responsabilidades personales, individuales, no falsas responsabilidades colectivas tras las cuales todos podemos parapetarnos: “Es el sistema”, “es el ambiente”, “es el gobierno tal o el partido o cual”. El hecho de que un sujeto se convierta en personaje público, digamos funcionario de un gobierno, no le despoja de su responsabilidad individual. Al contrario, su responsabilidad individual se agudiza, por así decirlo y debe dar cuentas, personales, individuales, ante el resto de la sociedad, empezando por sus víctimas. Y reparar, hasta donde sea posible, los daños causados.
Aun los desdichados engendros que son producto de violaciones tumultuarias, animadas por el anonimato de las multitudes, tienen padres con nombres y apellidos individuales.
Mientras creamos válidas las coartadas colectivistas permaneceremos como rehenes – o infames beneficiarios – de la impunidad.
No se trata de un hecho azaroso e imprevisible, sino de un incidente en el que debe haber quienes respondan personalmente, cada uno de ellos.
Lo mismo pasa si te meten un balazo en la cabeza en el baño de un bar por “quítame de aquí estas pajas”. Se supone que el bar no debiera estar abierto al público a esas horas; se supone que en los bares de esta ciudad no puede entrar la gente con armas de fuego. Tal parece que es más fácil dispararle a alguien en un bar que encender un cigarrillo ahí en donde los moralistas reglamentos lo prohíben bajo amenaza de grandes penas. No importa, en este análisis, lo inopinado que resulta estar a las cinco de la mañana de un lunes divirtiéndose en un bar. Cada cual busca curarse su mediocridad como puede.
Alguien tiene que ser el papá de la criatura o, para decirlo con precisión: Algunos tuvieron que haber contribuido, en diferente grado, en diferente medida, a que se diera a la luz el engendro. Y esos “algunos”, cada cual personalmente, tiene que responder por el fruto de sus actos o de sus omisiones.
La impunidad, que tanto nos indigna, surge ahí donde independientemente de leyes formales o meramente escritas, éstas no funcionan como se supone que debieran funcionar. El problema no es multiplicar las prohibiciones, sino que las leyes y su aplicación puntual estén diseñadas de tal forma que efectivamente disuadan a los potenciales infractores. Y que las leyes, además, se cumplan.
Desde el punto de vista de la economía institucional o del análisis económico de las instituciones, éstas dejan de ser tales cuando no funcionan. Y la existencia de impunidad es una disfuncionalidad radical de las leyes o, mejor dicho: La impunidad nulifica las instituciones. Genera la percepción de que “todos estamos amenazados”, de que todos estamos en peligro porque la ley, el supuesto estado de derecho es, para todo fin práctico, inexistente.
Sospecho que la raíz más profunda de la impunidad deberíamos rastrearla en la multitud de coartadas colectivistas que nos vendieron las ideologías en el siglo XX, del nacional-socialismo al bolchevismo, pasando por el fascismo italiano y sin olvidar los colectivismos de derecha e izquierda que surgieron en la primera mitad del siglo pasado en América Latina y en España. Tales espantajos ideológicos nos regalaron, junto con el colectivismo, la irresponsabilidad personal, al mismo tiempo que nos despojaron de la libertad individual e intransferible. Pésimo negocio.
Las leyes son, cierto, herramientas públicas pero existen para exigir responsabilidades personales, individuales, no falsas responsabilidades colectivas tras las cuales todos podemos parapetarnos: “Es el sistema”, “es el ambiente”, “es el gobierno tal o el partido o cual”. El hecho de que un sujeto se convierta en personaje público, digamos funcionario de un gobierno, no le despoja de su responsabilidad individual. Al contrario, su responsabilidad individual se agudiza, por así decirlo y debe dar cuentas, personales, individuales, ante el resto de la sociedad, empezando por sus víctimas. Y reparar, hasta donde sea posible, los daños causados.
Aun los desdichados engendros que son producto de violaciones tumultuarias, animadas por el anonimato de las multitudes, tienen padres con nombres y apellidos individuales.
Mientras creamos válidas las coartadas colectivistas permaneceremos como rehenes – o infames beneficiarios – de la impunidad.
domingo, 24 de enero de 2010
Chile: Perdieron las viejas etiquetas
Es equívoco decir que en las recientes elecciones en Chile ganó “la derecha” y perdió “la izquierda”. Como en muchos otros casos las viejas etiquetas – esas denominaciones de las que nos servimos para hacer más simples e instantáneos los mensajes- se prestan a engaño.
Otra manera de decirlo: La novedad del triunfo de Sebastían Piñera es que en Chile han muerto la “izquierda” de Salvador Allende y la “derecha” de Augusto Pinochet. Ha ganado una modernidad que va más allá de las etiquetas del siglo pasado. Cierto, como vestigios se colaron en la foto del triunfo algunos personajes del más rancio conservadurismo moral y afines al pinochetismo; del mismo modo que en las filas de los derrotados – “la concertación”- hicieron ruido unos cuantos nostálgicos del añoso Frente Popular y del estatismo rampante. Pero tales fantasmas, a uno y otro lado, son en realidad los grandes derrotados.
Sebastían Piñera es un empresario exitoso, un creyente en el libre mercado y también es un personaje que no tiene empacho en pronunciarse a favor de darle estatuto jurídico a las uniones de parejas homosexuales; lo cual, por cierto, es anatema para los que añoran los días de Pinochet. Sebastían Piñera es un liberal en el sentido clásico, europeo, del término: No quiere que el Estado se meta a ordenarle a la gente qué hacer en la cama, ni qué hacer con su dinero o con su trabajo. Aquí es donde nuestras etiquetas, todavía al uso, revelan su disfuncionalidad. De acuerdo a esas etiquetas polvosas y amarillentas – izquierda y derecha- solemos creer que quien defiende a capa y espada la libertad de las personas en la esfera moral es por definición de “izquierda”, pero también solemos creer que defender la libertad de las personas en la esfera económica, frente a la arrogancia del Estado, sólo lo hace la gente de “derecha”.
Se ha escrito que uno de los motivos de la derrota de Eduardo Frei, el candidato de la concertación con orígenes en la democracia cristiana de antaño, fue que se contagió del “izquierdismo”, aquella enfermedad infantil que describió nada menos que Lenin. Cito a un colega chileno, Carlos Peña, que hace una semana describía el fenómeno en el diario “El Mercurio”:
Desde otro punto de vista: los competentes gobiernos en Chile de “la concertación” – que fueron en su momento la mejor expresión funcional para aglutinar un “no” rotundo y unificador a Pinochet- parecen haber llegado a su fin, porque la sociedad chilena, afortunadamente, ya no quiere entenderse a sí misma en función de esa división tajante en hemisferios irreconciliables: a favor o en contra de Pinochet. Quiere vivir y arriesgarse por su cuenta, plural, rica y diversa, como una sociedad adulta. Y se ha lanzado confiada a la aventura de la alternancia porque tiene detrás instituciones democráticas que ya son sólidas y maduras. Libertad y Ley, otra vez.
Otra manera de decirlo: La novedad del triunfo de Sebastían Piñera es que en Chile han muerto la “izquierda” de Salvador Allende y la “derecha” de Augusto Pinochet. Ha ganado una modernidad que va más allá de las etiquetas del siglo pasado. Cierto, como vestigios se colaron en la foto del triunfo algunos personajes del más rancio conservadurismo moral y afines al pinochetismo; del mismo modo que en las filas de los derrotados – “la concertación”- hicieron ruido unos cuantos nostálgicos del añoso Frente Popular y del estatismo rampante. Pero tales fantasmas, a uno y otro lado, son en realidad los grandes derrotados.
Sebastían Piñera es un empresario exitoso, un creyente en el libre mercado y también es un personaje que no tiene empacho en pronunciarse a favor de darle estatuto jurídico a las uniones de parejas homosexuales; lo cual, por cierto, es anatema para los que añoran los días de Pinochet. Sebastían Piñera es un liberal en el sentido clásico, europeo, del término: No quiere que el Estado se meta a ordenarle a la gente qué hacer en la cama, ni qué hacer con su dinero o con su trabajo. Aquí es donde nuestras etiquetas, todavía al uso, revelan su disfuncionalidad. De acuerdo a esas etiquetas polvosas y amarillentas – izquierda y derecha- solemos creer que quien defiende a capa y espada la libertad de las personas en la esfera moral es por definición de “izquierda”, pero también solemos creer que defender la libertad de las personas en la esfera económica, frente a la arrogancia del Estado, sólo lo hace la gente de “derecha”.
Se ha escrito que uno de los motivos de la derrota de Eduardo Frei, el candidato de la concertación con orígenes en la democracia cristiana de antaño, fue que se contagió del “izquierdismo”, aquella enfermedad infantil que describió nada menos que Lenin. Cito a un colega chileno, Carlos Peña, que hace una semana describía el fenómeno en el diario “El Mercurio”:
“De una manera incomprensible, en la vieja disputa entre el Estado y el mercado, Frei ha sido más papista que el Papa. Como si los chilenos anhelaran huir de sí mismos, ofreció anegar amplios espacios de la vida, desde la educación a la salud, con la presencia del Estado (lo que halagó al izquierdismo); pero se trató de una oferta poco atractiva para aquellos cuya voluntad es necesaria para ganar la elección (los hombres y las mujeres de a pie que sienten que su vida depende de sí mismos).”
Desde otro punto de vista: los competentes gobiernos en Chile de “la concertación” – que fueron en su momento la mejor expresión funcional para aglutinar un “no” rotundo y unificador a Pinochet- parecen haber llegado a su fin, porque la sociedad chilena, afortunadamente, ya no quiere entenderse a sí misma en función de esa división tajante en hemisferios irreconciliables: a favor o en contra de Pinochet. Quiere vivir y arriesgarse por su cuenta, plural, rica y diversa, como una sociedad adulta. Y se ha lanzado confiada a la aventura de la alternancia porque tiene detrás instituciones democráticas que ya son sólidas y maduras. Libertad y Ley, otra vez.
domingo, 17 de enero de 2010
Haití, ¿cuál es la verdadera tragedia?
Quienes hoy sufren lo indecible no son los miles de muertos por el terremoto; son aquellos que siguen viviendo en un país que, sin exceso, suele calificarse como un infierno cotidiano, con o sin terremotos.
Para la inmensa mayoría de los habitantes de Haití, con o sin terremotos, la vida es “solitaria, pobre, miserable, brutal y breve”.
Esos cinco adjetivos – solitaria, pobre, miserable, brutal, breve- son los que usó Thomas Hobbes (1588-1679) para describir lo que es la vida del hombre sin la civilización. Sin artes, sin letras, sin sociedad organizada, sin instituciones, se vive – vuelvo a citar a Hobbes- en el miedo constante y en el peligro cierto de perder la vida de manera violenta.
Los terremotos entran en el terreno de lo inevitable. Son desastres naturales que nos recuerdan, sin apelaciones, el carácter igualitario de la muerte. Cervantes propone en “El Quijote” la atinada metáfora de las piezas del ajedrez que, una vez terminada la partida, son arrojadas a un saco y vuelven todas a ser iguales, lo mismo da que en el tablero de juego hayan sido reina, alfil, peón o caballo.
Lo que es evitable es la destrucción asociada a los imprevisibles desastres naturales. La vida sin civilización, sin instituciones confiables, sin ley que se respete, sin palabras que se cumplan, sin contratos libremente pactados que se honren, añade una cauda de tragedias evitables a los eventos inevitables. El terremoto es inevitable, pero en cambio debieran ser fenómenos evitables: la pérdida de la vivienda, de suyo precaria; el aislamiento y la incomunicación; las epidemias y el hambre subsecuentes al terremoto; la rapiña, el abuso, la brutal falta de respeto a los muertos y a sus deudos; la corrupción de quienes, cual buitres, se alimentan de la carroña y roban la poca ayuda que llega a los damnificados; la utilización de las personas, del dolor, del hambre para medrar política o ideológicamente.
Y es el mal evitable la verdadera tragedia. La verdadera tragedia es que no sea lo mismo padecer un terremoto de 6 grados Richter en San Francisco, California, que sufrirlo en Puerto Príncipe, Haití. La verdadera tragedia es, para ponerlo en términos locales, que el niño que hoy nace en una apartada ranchería de Chiapas tendrá diez años menos de esperanza de vida que el niño que hoy nace en Garza García, Nuevo León.
La economía no está llamada ni capacitada para resolver los terremotos, está llamada a resolver buena parte de las tragedias evitables. Y no es un asunto de ideologías o de ubicaciones ambiguas de izquierdas o derechas, sino de respetar en serio la vida humana y todos los derechos que ésta conlleva, empezando por la libertad de las personas para desarrollarse, para comerciar, para dedicarse al oficio o trabajo que más les convenga.
La libertad individual es el sustento indispensable para superar el aislamiento, para poseer bienes, para intercambiarlos, para expresarse, para crear civilización y para convenir libremente en instituciones que funcionen. El mayor fraude cometido contra naciones enteras, a lo largo de la historia, ha sido negar estas libertades aduciendo una pretendida justicia, que jamás llega y que siempre, tarde o temprano, se traduce en la más brutal de las injusticias.
Esa es la verdadera tragedia en países como Haití.
Para la inmensa mayoría de los habitantes de Haití, con o sin terremotos, la vida es “solitaria, pobre, miserable, brutal y breve”.
Esos cinco adjetivos – solitaria, pobre, miserable, brutal, breve- son los que usó Thomas Hobbes (1588-1679) para describir lo que es la vida del hombre sin la civilización. Sin artes, sin letras, sin sociedad organizada, sin instituciones, se vive – vuelvo a citar a Hobbes- en el miedo constante y en el peligro cierto de perder la vida de manera violenta.
Los terremotos entran en el terreno de lo inevitable. Son desastres naturales que nos recuerdan, sin apelaciones, el carácter igualitario de la muerte. Cervantes propone en “El Quijote” la atinada metáfora de las piezas del ajedrez que, una vez terminada la partida, son arrojadas a un saco y vuelven todas a ser iguales, lo mismo da que en el tablero de juego hayan sido reina, alfil, peón o caballo.
Lo que es evitable es la destrucción asociada a los imprevisibles desastres naturales. La vida sin civilización, sin instituciones confiables, sin ley que se respete, sin palabras que se cumplan, sin contratos libremente pactados que se honren, añade una cauda de tragedias evitables a los eventos inevitables. El terremoto es inevitable, pero en cambio debieran ser fenómenos evitables: la pérdida de la vivienda, de suyo precaria; el aislamiento y la incomunicación; las epidemias y el hambre subsecuentes al terremoto; la rapiña, el abuso, la brutal falta de respeto a los muertos y a sus deudos; la corrupción de quienes, cual buitres, se alimentan de la carroña y roban la poca ayuda que llega a los damnificados; la utilización de las personas, del dolor, del hambre para medrar política o ideológicamente.
Y es el mal evitable la verdadera tragedia. La verdadera tragedia es que no sea lo mismo padecer un terremoto de 6 grados Richter en San Francisco, California, que sufrirlo en Puerto Príncipe, Haití. La verdadera tragedia es, para ponerlo en términos locales, que el niño que hoy nace en una apartada ranchería de Chiapas tendrá diez años menos de esperanza de vida que el niño que hoy nace en Garza García, Nuevo León.
La economía no está llamada ni capacitada para resolver los terremotos, está llamada a resolver buena parte de las tragedias evitables. Y no es un asunto de ideologías o de ubicaciones ambiguas de izquierdas o derechas, sino de respetar en serio la vida humana y todos los derechos que ésta conlleva, empezando por la libertad de las personas para desarrollarse, para comerciar, para dedicarse al oficio o trabajo que más les convenga.
La libertad individual es el sustento indispensable para superar el aislamiento, para poseer bienes, para intercambiarlos, para expresarse, para crear civilización y para convenir libremente en instituciones que funcionen. El mayor fraude cometido contra naciones enteras, a lo largo de la historia, ha sido negar estas libertades aduciendo una pretendida justicia, que jamás llega y que siempre, tarde o temprano, se traduce en la más brutal de las injusticias.
Esa es la verdadera tragedia en países como Haití.
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sábado, 9 de enero de 2010
Bendita “máquina de impedir”
La ley, en los países en los que la ley se respeta, es odiosa para quienes aspiran a ser déspotas. Es, para aquellos con vocación irrefrenable de poder omnímodo y absoluto, una formidable “máquina de impedir”.
He entrecomillado la frase “máquina de impedir” porque fue precisamente la frase que utilizó Néstor Kirchner, el poder tras la presidenta argentina, Cristina Fernández, quien “casualmente” es su esposa, para lamentar que él y su cónyuge no pueden hacer lo que quieren al no contar con una mayoría absoluta y dócil a sus caprichos y ocurrencias en el legislativo y en el poder judicial.
Fue el 19 de diciembre pasado cuando Kirchner recurrió a la metáfora de la “máquina de impedir” sin el menor empacho, en un discurso que merece figurar en una antología del populismo cursi y arrogante que caracteriza en Argentina a ese envilecimiento de la institucionalidad democrática que se conoce como “peronismo”. Y cito al propio Kirchner:
Y otro párrafo de antología de la perorata del horror populista de Néstor Kirchner:
El matrimonio Kirchner acababa entonces de dar otra muestra de por qué odia la “máquina de impedir”: Con total desprecio de la ley y de las instituciones democráticas, la presidenta decorativa (es el “adorno conyugal” tras el cual Néstor manda sin freno) pretendió el 14 de diciembre que el banco central de Argentina usase más de 6 mil millones de dólares de las reservas para pagar deudas del gobierno cuya vencimiento es inminente. Por supuesto, el presidente del banco central autónomo, Martín Redrado, se negó. Simplemente porque la ley – sí, esa formidable “máquina de impedir”- le prohíbe a Redrado complacer tales deseos disparatados del gobierno. No es un asunto de diferencia de pareceres políticos o de simpatías o antipatías ideológicas o partidistas. Es un asunto de respetar la ley o de burlarse de ella. Redrado la respeta. El matrimonio Kirchner, la burla.
Por fortuna no sólo el presidente del banco central argentino honró su juramento de cumplir y hacer cumplir la ley, también lo hizo el poder judicial: Ayer viernes 8 de enero, María José Sarmiento, jueza federal en lo contencioso administrativo, frenó la pretensión de los Kirchner de disponer de las reservas. Y recordó otro precepto legal, que el matrimonio Kirchner desdeña y pretende burlar escandalosamente: La Constitución argentina señala que el Poder Ejecutivo Nacional no podrá “en ningún caso, bajo pena de nulidad absoluta e insanable, emitir disposiciones de carácter legislativo”. Eso es precisamente lo que hizo la presidenta Cristina Kirchner al pretender “legislar” qué uso se le debe dar a las reservas del banco central.
Si la ley es vista por los tiranuelos como una odiosa “máquina de impedir”, ¡bendita máquina de impedir, que nos protege de los déspotas!
Por eso, se dice que hay dos grandes realidades que dan fundamento a la democracia y que ambas se escriben con la letra inicial “L”: Libertad y Ley.
He entrecomillado la frase “máquina de impedir” porque fue precisamente la frase que utilizó Néstor Kirchner, el poder tras la presidenta argentina, Cristina Fernández, quien “casualmente” es su esposa, para lamentar que él y su cónyuge no pueden hacer lo que quieren al no contar con una mayoría absoluta y dócil a sus caprichos y ocurrencias en el legislativo y en el poder judicial.
Fue el 19 de diciembre pasado cuando Kirchner recurrió a la metáfora de la “máquina de impedir” sin el menor empacho, en un discurso que merece figurar en una antología del populismo cursi y arrogante que caracteriza en Argentina a ese envilecimiento de la institucionalidad democrática que se conoce como “peronismo”. Y cito al propio Kirchner:
“Si ahora triunfa la máquina de impedir se nos cae el trabajo y volvemos a situaciones espantosas como las que vivimos en 2001”.
Y otro párrafo de antología de la perorata del horror populista de Néstor Kirchner:
“Queridos, es difícil. Un día como hoy con el corazón en la mano les dije que no iba a dejar las convicciones y las ideas en la puerta de la Casa Rosada. Creo haberlo hecho, con fuerza y con pasión. Me tocó una Argentina que estaba en llamas. Quiero agradecer dos cosas: una a mis pibes, siempre ahí soportando el agravio y el insulto. Y a mi compañera, la presidenta coraje”.
El matrimonio Kirchner acababa entonces de dar otra muestra de por qué odia la “máquina de impedir”: Con total desprecio de la ley y de las instituciones democráticas, la presidenta decorativa (es el “adorno conyugal” tras el cual Néstor manda sin freno) pretendió el 14 de diciembre que el banco central de Argentina usase más de 6 mil millones de dólares de las reservas para pagar deudas del gobierno cuya vencimiento es inminente. Por supuesto, el presidente del banco central autónomo, Martín Redrado, se negó. Simplemente porque la ley – sí, esa formidable “máquina de impedir”- le prohíbe a Redrado complacer tales deseos disparatados del gobierno. No es un asunto de diferencia de pareceres políticos o de simpatías o antipatías ideológicas o partidistas. Es un asunto de respetar la ley o de burlarse de ella. Redrado la respeta. El matrimonio Kirchner, la burla.
Por fortuna no sólo el presidente del banco central argentino honró su juramento de cumplir y hacer cumplir la ley, también lo hizo el poder judicial: Ayer viernes 8 de enero, María José Sarmiento, jueza federal en lo contencioso administrativo, frenó la pretensión de los Kirchner de disponer de las reservas. Y recordó otro precepto legal, que el matrimonio Kirchner desdeña y pretende burlar escandalosamente: La Constitución argentina señala que el Poder Ejecutivo Nacional no podrá “en ningún caso, bajo pena de nulidad absoluta e insanable, emitir disposiciones de carácter legislativo”. Eso es precisamente lo que hizo la presidenta Cristina Kirchner al pretender “legislar” qué uso se le debe dar a las reservas del banco central.
Si la ley es vista por los tiranuelos como una odiosa “máquina de impedir”, ¡bendita máquina de impedir, que nos protege de los déspotas!
Por eso, se dice que hay dos grandes realidades que dan fundamento a la democracia y que ambas se escriben con la letra inicial “L”: Libertad y Ley.
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sábado, 2 de enero de 2010
Las mujeres y los paradigmas del trabajo
En los próximos meses las mujeres cruzarán en Estados Unidos el “ecuador laboral”: Habrá más mujeres que hombres con empleo en esa economía, la más poderosa del planeta. Además, en 2010 habrá más mujeres que hombres graduándose en universidades en el conjunto de los países de la OCDE. Estos datos específicos ¿son una victoria para “la causa de las mujeres”? Esa es una de las preguntas inquietantes que ha puesto en circulación el jueves pasado el semanario británico “The Economist”, al dedicar su artículo de portada a desmenuzar hechos, datos y tendencias acerca de la situación laboral de las mujeres en el mundo.
Sin desdeñar estos avances – considérese, por ejemplo, que en 1970 parecía impensable que las mujeres se volviesen el género dominante en las universidades y dentro de la población económicamente activa-, sería ingenuo creer que “la causa de las mujeres” (denominación global para hablar de las llamadas reivindicaciones de género) ha triunfado o que este nuevo panorama está exento de problemas.
Primero: Se trata de tendencias avasalladoras, pero en los países ricos o desarrollados; en otras latitudes las mujeres están lejos de habar avanzado tanto. Segundo: Estos hechos no se traducen automáticamente en mejores salarios para las mujeres como conjunto; las mujeres siguen ganando, en promedio, menos que los hombres en el mundo del trabajo. Tercero: Detrás de esta tendencia están surgiendo graves problemas sociales y culturales: ¿Quién se hará cargo de los niños pequeños?, ¿es deseable que el Estado y los sistemas de instrucción pública se conviertan en la gran niñera?, ¿debe la mujer renunciar al privilegio de la maternidad para poder competir en verdadera “igualdad de condiciones” con el hombre?, ¿qué consecuencias económicas tendrá la cada vez más elevada disminución de las tasas de natalidad, agravada por el hecho de que cada vez más mujeres tienen que elegir entre hogar y desarrollo laboral pleno?, ¿estamos los hombres preparados para desempeñar con calidad y eficiencia el papel de cuidadores del hogar?, ¿estamos dispuestos a que la mujer sea la proveedora económica principal en el hogar?
En países menos desarrollados la situación es un poco diferente y tal vez más grave. Por ejemplo, el 23 por ciento de los jefes de familia en México son mujeres (datos de 2005…y contando). Sin embargo, sólo 38 por ciento de las mujeres en edad de trabajar forman parte de la población económicamente activa, mientras que del total de los hombres en edad de trabajar, el 52 por ciento pertenece a la población económicamente activa.
Este conjunto de desafíos no se solucionan ni única ni principalmente con las llamadas “políticas de género” – que por lo demás suelen arrojar resultados más retóricos que efectivos-, sino con paradigmas laborales muchísimo más flexibles (trabajo desde el hogar, horarios abiertos, evaluación de la productividad por resultados más que por rutinas cumplidas, eliminación de restricciones de edad y de residencia para el trabajo) que se traduzcan en legislaciones laborales que le den más poder y oportunidades a los individuos y se lo quiten a organizaciones e intermediarios, como los sindicatos tradicionales.
En todo caso si el siglo XXI ha de ser, según dicen, el siglo de las mujeres, debemos prepararnos desde hoy para resolver los desafíos – morales, sociales, culturales y económicos- que esa tendencia generará.
Por lo pronto, machos: absténganse o dejen de serlo.
Sin desdeñar estos avances – considérese, por ejemplo, que en 1970 parecía impensable que las mujeres se volviesen el género dominante en las universidades y dentro de la población económicamente activa-, sería ingenuo creer que “la causa de las mujeres” (denominación global para hablar de las llamadas reivindicaciones de género) ha triunfado o que este nuevo panorama está exento de problemas.
Primero: Se trata de tendencias avasalladoras, pero en los países ricos o desarrollados; en otras latitudes las mujeres están lejos de habar avanzado tanto. Segundo: Estos hechos no se traducen automáticamente en mejores salarios para las mujeres como conjunto; las mujeres siguen ganando, en promedio, menos que los hombres en el mundo del trabajo. Tercero: Detrás de esta tendencia están surgiendo graves problemas sociales y culturales: ¿Quién se hará cargo de los niños pequeños?, ¿es deseable que el Estado y los sistemas de instrucción pública se conviertan en la gran niñera?, ¿debe la mujer renunciar al privilegio de la maternidad para poder competir en verdadera “igualdad de condiciones” con el hombre?, ¿qué consecuencias económicas tendrá la cada vez más elevada disminución de las tasas de natalidad, agravada por el hecho de que cada vez más mujeres tienen que elegir entre hogar y desarrollo laboral pleno?, ¿estamos los hombres preparados para desempeñar con calidad y eficiencia el papel de cuidadores del hogar?, ¿estamos dispuestos a que la mujer sea la proveedora económica principal en el hogar?
En países menos desarrollados la situación es un poco diferente y tal vez más grave. Por ejemplo, el 23 por ciento de los jefes de familia en México son mujeres (datos de 2005…y contando). Sin embargo, sólo 38 por ciento de las mujeres en edad de trabajar forman parte de la población económicamente activa, mientras que del total de los hombres en edad de trabajar, el 52 por ciento pertenece a la población económicamente activa.
Este conjunto de desafíos no se solucionan ni única ni principalmente con las llamadas “políticas de género” – que por lo demás suelen arrojar resultados más retóricos que efectivos-, sino con paradigmas laborales muchísimo más flexibles (trabajo desde el hogar, horarios abiertos, evaluación de la productividad por resultados más que por rutinas cumplidas, eliminación de restricciones de edad y de residencia para el trabajo) que se traduzcan en legislaciones laborales que le den más poder y oportunidades a los individuos y se lo quiten a organizaciones e intermediarios, como los sindicatos tradicionales.
En todo caso si el siglo XXI ha de ser, según dicen, el siglo de las mujeres, debemos prepararnos desde hoy para resolver los desafíos – morales, sociales, culturales y económicos- que esa tendencia generará.
Por lo pronto, machos: absténganse o dejen de serlo.
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sábado, 26 de diciembre de 2009
“Tus amiguitos están equivocados”
El editorial de un periódico más reproducido en la historia se refiere a la existencia de Santa Claus (San Nicolás, Papa Noel). Fue escrito en septiembre de 1897 por el periodista Francis Parcellus Church en respuesta a la incisiva pregunta de una niña de ocho años, Virginia O’Hanlon (1889-1971), y se publicó, sin firma como se publican las posiciones editoriales de los periódicos que se respetan, en The New York Sun; un diario que presumía: “Si lo leíste en The Sun, así es” (“if you see in The Sun, it’s so”).
La frase más conocida y repetida de dicho editorial es: “Sí, Virginia, sí existe Santa Claus”, pero yo prefiero la primera frase del editorial: “Virginia, tus amiguitos están equivocados”. ¿Por qué? Porque a veces, aun animados de la mayor buena fe, nuestros amigos emiten opiniones equivocadas, e infundadas, ya sea sobre el cambio climático, la existencia de Santa Claus o acerca de la posibilidad de que naciones que parecen ancladas en el perpetuo subdesarrollo den un gran salto hacia la prosperidad.
El famoso editorial (ojo: es género masculino, el editorial, no “la editorial” como dicen algunos despistados que no caen en la cuenta de que estamos hablando de “un” artículo periodístico y no de “una” empresa que edita libros), es un alegato no contra el escepticismo, sino contra el dogmatismo desencantado, aquel que manifiestan quienes convierten en doctrina su ignorancia y en axiomas sus resentimientos. No, no son escépticos; sus entendimientos son tan pequeños que jamás les cabe la menor duda.
Es bueno ser escéptico. Duda del que nunca dude. Un sano escepticismo, como el de Virginia, nos lleva a preguntar para saber.
Yo tengo amiguitos que han hecho de la negación suspicaz todo un estilo de vida. Dicen que “están de vuelta de todo” porque recelan de todo lo que supere el alcance de su pequeño cerebro. Un día dicen que los índices de precios, que miden la inflación promedio de miles de productos y servicios, son mentirosos porque no concuerdan con la ridícula experiencia de sus mezquinas compras de bagatelas; otro día aseguran que las cifras de exportaciones las inventa un grupo de perversos en alguna oficina del gobierno; mañana dirán que los judíos o los homosexuales conspiran contra el mundo. Es que están desencantados. Como no han visto a Santa Claus descendiendo por una chimenea, le niegan cualquier probabilidad de existencia. Como no han leído una sola línea sobre la estética repiten que “sobre gustos no hay nada escrito”.
Prefieren, eso sí, depositar su fe en cualquier teoría de la conspiración en la que aparezca un grupito de villanos irredentos (“los altos funcionarios”, “los neoliberales”, “los ricachones de Wall Street”), que fabrican, sin descanso, conjuras para oprimir al resto del mundo.
Estas legiones de desencantados dogmáticos acaban como carne de cañón para el uso de políticos astutos.
El desencanto ignorante – que suele hacer un punto de honor el negar todo lo que no entiende- alimenta las convulsiones de este mundo. Sucedió en la República de Weimar, durante el periodo entre guerras, cuando el nacionalsocialismo, aderezado con todos los demonios y prejuicios acumulados por un mediocre histrión austriaco, conquistó las atribuladas mentes de millones de alemanes abismalmente desencantados de los políticos convencionales. Ahí se incubó el huevo de la serpiente que terminaría en los horrores que todos conocemos…y que algunos desencantados aún niegan.
La frase más conocida y repetida de dicho editorial es: “Sí, Virginia, sí existe Santa Claus”, pero yo prefiero la primera frase del editorial: “Virginia, tus amiguitos están equivocados”. ¿Por qué? Porque a veces, aun animados de la mayor buena fe, nuestros amigos emiten opiniones equivocadas, e infundadas, ya sea sobre el cambio climático, la existencia de Santa Claus o acerca de la posibilidad de que naciones que parecen ancladas en el perpetuo subdesarrollo den un gran salto hacia la prosperidad.
El famoso editorial (ojo: es género masculino, el editorial, no “la editorial” como dicen algunos despistados que no caen en la cuenta de que estamos hablando de “un” artículo periodístico y no de “una” empresa que edita libros), es un alegato no contra el escepticismo, sino contra el dogmatismo desencantado, aquel que manifiestan quienes convierten en doctrina su ignorancia y en axiomas sus resentimientos. No, no son escépticos; sus entendimientos son tan pequeños que jamás les cabe la menor duda.
Es bueno ser escéptico. Duda del que nunca dude. Un sano escepticismo, como el de Virginia, nos lleva a preguntar para saber.
Yo tengo amiguitos que han hecho de la negación suspicaz todo un estilo de vida. Dicen que “están de vuelta de todo” porque recelan de todo lo que supere el alcance de su pequeño cerebro. Un día dicen que los índices de precios, que miden la inflación promedio de miles de productos y servicios, son mentirosos porque no concuerdan con la ridícula experiencia de sus mezquinas compras de bagatelas; otro día aseguran que las cifras de exportaciones las inventa un grupo de perversos en alguna oficina del gobierno; mañana dirán que los judíos o los homosexuales conspiran contra el mundo. Es que están desencantados. Como no han visto a Santa Claus descendiendo por una chimenea, le niegan cualquier probabilidad de existencia. Como no han leído una sola línea sobre la estética repiten que “sobre gustos no hay nada escrito”.
Prefieren, eso sí, depositar su fe en cualquier teoría de la conspiración en la que aparezca un grupito de villanos irredentos (“los altos funcionarios”, “los neoliberales”, “los ricachones de Wall Street”), que fabrican, sin descanso, conjuras para oprimir al resto del mundo.
Estas legiones de desencantados dogmáticos acaban como carne de cañón para el uso de políticos astutos.
El desencanto ignorante – que suele hacer un punto de honor el negar todo lo que no entiende- alimenta las convulsiones de este mundo. Sucedió en la República de Weimar, durante el periodo entre guerras, cuando el nacionalsocialismo, aderezado con todos los demonios y prejuicios acumulados por un mediocre histrión austriaco, conquistó las atribuladas mentes de millones de alemanes abismalmente desencantados de los políticos convencionales. Ahí se incubó el huevo de la serpiente que terminaría en los horrores que todos conocemos…y que algunos desencantados aún niegan.
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