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domingo, 24 de enero de 2010

Chile: Perdieron las viejas etiquetas

Es equívoco decir que en las recientes elecciones en Chile ganó “la derecha” y perdió “la izquierda”. Como en muchos otros casos las viejas etiquetas – esas denominaciones de las que nos servimos para hacer más simples e instantáneos los mensajes- se prestan a engaño.

Otra manera de decirlo: La novedad del triunfo de Sebastían Piñera es que en Chile han muerto la “izquierda” de Salvador Allende y la “derecha” de Augusto Pinochet. Ha ganado una modernidad que va más allá de las etiquetas del siglo pasado. Cierto, como vestigios se colaron en la foto del triunfo algunos personajes del más rancio conservadurismo moral y afines al pinochetismo; del mismo modo que en las filas de los derrotados – “la concertación”- hicieron ruido unos cuantos nostálgicos del añoso Frente Popular y del estatismo rampante. Pero tales fantasmas, a uno y otro lado, son en realidad los grandes derrotados.

Sebastían Piñera es un empresario exitoso, un creyente en el libre mercado y también es un personaje que no tiene empacho en pronunciarse a favor de darle estatuto jurídico a las uniones de parejas homosexuales; lo cual, por cierto, es anatema para los que añoran los días de Pinochet. Sebastían Piñera es un liberal en el sentido clásico, europeo, del término: No quiere que el Estado se meta a ordenarle a la gente qué hacer en la cama, ni qué hacer con su dinero o con su trabajo. Aquí es donde nuestras etiquetas, todavía al uso, revelan su disfuncionalidad. De acuerdo a esas etiquetas polvosas y amarillentas – izquierda y derecha- solemos creer que quien defiende a capa y espada la libertad de las personas en la esfera moral es por definición de “izquierda”, pero también solemos creer que defender la libertad de las personas en la esfera económica, frente a la arrogancia del Estado, sólo lo hace la gente de “derecha”.

Se ha escrito que uno de los motivos de la derrota de Eduardo Frei, el candidato de la concertación con orígenes en la democracia cristiana de antaño, fue que se contagió del “izquierdismo”, aquella enfermedad infantil que describió nada menos que Lenin. Cito a un colega chileno, Carlos Peña, que hace una semana describía el fenómeno en el diario “El Mercurio”:

“De una manera incomprensible, en la vieja disputa entre el Estado y el mercado, Frei ha sido más papista que el Papa. Como si los chilenos anhelaran huir de sí mismos, ofreció anegar amplios espacios de la vida, desde la educación a la salud, con la presencia del Estado (lo que halagó al izquierdismo); pero se trató de una oferta poco atractiva para aquellos cuya voluntad es necesaria para ganar la elección (los hombres y las mujeres de a pie que sienten que su vida depende de sí mismos).”


Desde otro punto de vista: los competentes gobiernos en Chile de “la concertación” – que fueron en su momento la mejor expresión funcional para aglutinar un “no” rotundo y unificador a Pinochet- parecen haber llegado a su fin, porque la sociedad chilena, afortunadamente, ya no quiere entenderse a sí misma en función de esa división tajante en hemisferios irreconciliables: a favor o en contra de Pinochet. Quiere vivir y arriesgarse por su cuenta, plural, rica y diversa, como una sociedad adulta. Y se ha lanzado confiada a la aventura de la alternancia porque tiene detrás instituciones democráticas que ya son sólidas y maduras. Libertad y Ley, otra vez.

domingo, 17 de enero de 2010

Haití, ¿cuál es la verdadera tragedia?

Quienes hoy sufren lo indecible no son los miles de muertos por el terremoto; son aquellos que siguen viviendo en un país que, sin exceso, suele calificarse como un infierno cotidiano, con o sin terremotos.

Para la inmensa mayoría de los habitantes de Haití, con o sin terremotos, la vida es “solitaria, pobre, miserable, brutal y breve”.

Esos cinco adjetivos – solitaria, pobre, miserable, brutal, breve- son los que usó Thomas Hobbes (1588-1679) para describir lo que es la vida del hombre sin la civilización. Sin artes, sin letras, sin sociedad organizada, sin instituciones, se vive – vuelvo a citar a Hobbes- en el miedo constante y en el peligro cierto de perder la vida de manera violenta.

Los terremotos entran en el terreno de lo inevitable. Son desastres naturales que nos recuerdan, sin apelaciones, el carácter igualitario de la muerte. Cervantes propone en “El Quijote” la atinada metáfora de las piezas del ajedrez que, una vez terminada la partida, son arrojadas a un saco y vuelven todas a ser iguales, lo mismo da que en el tablero de juego hayan sido reina, alfil, peón o caballo.

Lo que es evitable es la destrucción asociada a los imprevisibles desastres naturales. La vida sin civilización, sin instituciones confiables, sin ley que se respete, sin palabras que se cumplan, sin contratos libremente pactados que se honren, añade una cauda de tragedias evitables a los eventos inevitables. El terremoto es inevitable, pero en cambio debieran ser fenómenos evitables: la pérdida de la vivienda, de suyo precaria; el aislamiento y la incomunicación; las epidemias y el hambre subsecuentes al terremoto; la rapiña, el abuso, la brutal falta de respeto a los muertos y a sus deudos; la corrupción de quienes, cual buitres, se alimentan de la carroña y roban la poca ayuda que llega a los damnificados; la utilización de las personas, del dolor, del hambre para medrar política o ideológicamente.

Y es el mal evitable la verdadera tragedia. La verdadera tragedia es que no sea lo mismo padecer un terremoto de 6 grados Richter en San Francisco, California, que sufrirlo en Puerto Príncipe, Haití. La verdadera tragedia es, para ponerlo en términos locales, que el niño que hoy nace en una apartada ranchería de Chiapas tendrá diez años menos de esperanza de vida que el niño que hoy nace en Garza García, Nuevo León.

La economía no está llamada ni capacitada para resolver los terremotos, está llamada a resolver buena parte de las tragedias evitables. Y no es un asunto de ideologías o de ubicaciones ambiguas de izquierdas o derechas, sino de respetar en serio la vida humana y todos los derechos que ésta conlleva, empezando por la libertad de las personas para desarrollarse, para comerciar, para dedicarse al oficio o trabajo que más les convenga.

La libertad individual es el sustento indispensable para superar el aislamiento, para poseer bienes, para intercambiarlos, para expresarse, para crear civilización y para convenir libremente en instituciones que funcionen. El mayor fraude cometido contra naciones enteras, a lo largo de la historia, ha sido negar estas libertades aduciendo una pretendida justicia, que jamás llega y que siempre, tarde o temprano, se traduce en la más brutal de las injusticias.

Esa es la verdadera tragedia en países como Haití.