lunes, 12 de diciembre de 2016

La predilección por lo pequeño (Navidad)

Es un libro de mi biblioteca que ha sobrevivido a mudanzas varias y a purgas tan implacables como extensas.
Purgas impuestas por los espacios reducidos e impulsadas por la creencia de que más temprano que tarde casi cualquier libro que valga la pena será posible conservarlo, atesorarlo, en un dispositivo electrónico de lectura, como Kindle, depositado a la postre en una u otra de esas misteriosas nubes que, de manera fascinante, ha creado el ingenio tecnológico del ser humano.
Que este libro, ejemplar impreso en papel, haya sobrevivido a mi impulsiva siega sólo puede significar dos cosas: es un libro que aprecio y que deseo tener conmigo siempre a la mano para releerlo y es, a la vez, un libro que por su singularidad tardará muchos años en ser editado como "libro electrónico" (e-book) o, acaso, nunca lo será.
(Hay casos específicos, digamos los libros de Milan Kundera. Es tal la aversión que el novelista y ensayista checo profesa a las ediciones electrónicas que simplemente, para el caso de sus obras, las ha prohibido. Decisión irracional, me parece, pero libérrima a la que Kundera tiene todo el derecho).
El libro que comento, y que azarosamente empecé a releer hace un par de días, desde luego no es de Kundera. No, es un libro con un título fascinante y, a la letra, literalmente, raro: "Que Dios es la mar de raro..." del sacerdote, periodista, teólogo, Antonio Brambila, editado por una casa editorial igual de rara, Geyser, de un solo libro en su catálogo que es éste, creo, en México, en 1973.
Recoge el libro artículos periodísticos del padre Brambila, publicados originalmente algunos en el diario "El Universal" y otros en "El Sol de México".
Los textos son de excelente factura literaria, hilvanados con una prosa que recuerda a Chesterton y, no obstante su hondura teológica y filosófica (el padre Brambila estudió en la Universidad Gregoriana de Roma y dedica el libro muy significativamente al doctor Angélico: Santo Tomás de Aquino, el más grande teólogo católico), de lectura amena, sonriente, inteligibles para cualquier entendimiento que más o menos siga funcionando.
Entre las fecundas meditaciones del padre Brambila he encontrado una pequeña, como pincelada o cual minúscula joya escondida, que habla precisamente de la predilección que parece tener Dios por lo pequeño, querencia divina consignada por Jesús, cuando habla de quién es fiel en las cosas pequeñas y, sobre todo, mostrada espléndidamente en su nacimiento en Belén, una olvidada aldea sin más testigos que sus padres, una vaca y una mula y algunos pastores humildes y pequeños.
Veamos:
El Padre Brambila habla de la hipótesis de que "es probable" que Dios haya creado, o esté por crear, otros mundos diferentes" y escribe, en resumen: "Sólo Él lo sabe, pero la hipótesis no se puede eludir, aunque tampoco se puede demostrar. Si nuestra humanidad es la única, las galaxias son un puro despilfarro. Y no hay en la idea de una creación múltiple e infatigable nada que vaya en contra ni del sentido común ni de la Revelación cristiana. La hipótesis es fascinadora; y lo es, porque en todos sentidos, es digna de Dios".
(...)
"Y así, puestos en la hipótesis, la Humildad de Dios ilumina significativamente las sombras de este mundo. Dado que la divina Humildad es un Amor directo a lo pequeño en cuanto pequeño, se comprende que las predilecciones de un Amor así vayan especialmente a lo más pequeño, y no a lo más grande.
"Si el Verbo Eterno para escogerse un pueblo, una raza y una sangre escogió al pueblo judío; si para nacer eligió un poblado como Belén y una gruta y un pesebre para animales, es por la misma razón que lo movió a escoger para encarnarse esta humanidad y no otra más perfecta, este mundo y no otro mejor arreglado. Su Amor a la pequeñez es un amor hasta el extremo. Lo cual vendría a demostrar, incidentalmente, que este mundo admirable es el más pobre de todos; que esta humanidad de la cual formamos parte es la más limitada, la más pobre y la más miserable"...de las humanidades posibles, agregaría yo, para mejor entendimiento de la hipótesis.
Así pues, de acuerdo con este audaz supuesto hipotético, este no es, querido Spinoza, "el mejor de los mundos posibles", sino el más pobre de los posibles, pero también, digo yo, el más querido.
Dios, que es Padre, debe reír en silencio, con más amor por nosotros que simpatía por nuestras atrocidades, ante nuestros cotidianos delirios de grandeza.


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