domingo, 18 de septiembre de 2016

¿Por qué es tan seductora la violencia?

La violencia es expedita, la justicia rara vez logra ser tan "expedita" como desearían los agraviados.
Pero la violencia rara vez es justa; mas aún, puede decirse que la violencia, aún la violencia que ejerce un agraviado contra quien lo agravió, es por sí misma injusta: la violencia puede cobrar, pero no puede reparar el daño. La violencia por sí misma es incapaz de restaurar el orden previo a la ofensa.

viernes, 20 de abril de 2012

Argentina y la cultura de las estampitas

Otro ingrediente del éxito populista es la afición milagrera
de las masas supersticiosas - ¿usted y yo, incluidos?-, que cifran sus
anhelos de revancha en la estampita del ídolo.
Hoy Diego Armando Maradona podrá, por fin, cumplir su deseo de
regresar a Cuba, dizque a someterse a un tratamiento casi milagroso,
sólo posible en la gran finca de los hermanitos Castro, que lo alejará
ahora sí para siempre, prometen, de la adicción esclavizante a las
drogas.
Hace unos días David Gistau en el periódico madrileño La Razón
ironizaba que así como Víctor Hugo dijo que el primer loco que se
creyó Napoleón fue Napoleón, ahora el primer loco que se cree Maradona
es ese “gremlin” esférico y sudoroso que dice ser Maradona internado
en un manicomio en la Argentina.
Y como Napoleón en Santa Elena, el loco que se cree Maradona
se irá a una isla mítica y milagrera – Cuba- a seguirse creyendo el
gran Maradona, aquél que doblegó en la imaginería popular a la Pérfida
Albión con un gol, ayudado por la mano divina (dijo el mismo Pibe),
inolvidable, en el pasto del Estadio Azteca en México.
Dice el propio Gistau que muchos, tal vez millones, de
argentinos prefieren pensar en el otro Maradona –no en ese despojo del
futbolista que mueve a lástima o a irrisión- para poder seguir
creyendo en el ídolo a la altura de sus sueños de revancha. Tres
estampitas que lleva en su corazón el argentino ávido de populismo:
Evita, Gardel y Maradona.
Nadie hizo tanto por los desposeídos de este mundo como Evita…
Y lo sigue haciendo más de 50 años después de muerta. Ya se sabe que
prometió: “Volveré y seré millones…” Las pintas en los suburbios de
Buenos Aires (“¡Evita Vive!”) dan testimonio de la inmortalidad de la
estampita de la santa de los descamisados.
Nadie cantó como Gardel. Y lo sigue haciendo. Sabiduría
popular, entre los aficionados al tango, es que “Carlitos cada día
canta mejor”.
Nadie jugó futbol, dicen, como Dieguito. Y habrá de seguir
haciéndolo –sueñan- anotando eternamente el gol del desquite, el gol
milagroso, el gol que por un momento (“!detente, instante, eres tan
hermoso¡” parafraseando a Goethe) devolvió a las masas supersticiosas
al paraíso perdido, aquél donde no hay trabajo, ni esfuerzo, ni dolor,
ni escasez, ni responsabilidad, ni mérito, ni culpa (libertad tampoco
porque es un lujo inútil y pernicioso), donde el ídolo encaramado en
el Estado nos dispensará todo, munificente y generoso.
Si usted como yo piensa que toda esta superstición de los
ídolos de estampita es basura, usted –como yo- ya habrá experimentado,
en esta Hispanoamérica nuestra, el desasosiego de “estar de más”, de
ser odiado en este manicomio de los adictos a las estampitas
milagreras. Adictos al señuelo populista, adictos al cuento de
que “el pueblo” (esa entelequia) siempre tiene la razón, especialmente
cuando está bajo los efectos hipnóticos de la palabrería vana del
jefecillo de la aldea

Columna de opinión "Ideas al vuelo" de Ricardo Medina M., publicada en octubre de 2004.

sábado, 12 de noviembre de 2011

Apología de la tecnocracia

La crisis de la euro-zona empieza a cobrar sus primeras víctimas políticas de “alto nivel”. Tanto Grecia como Italia, nos dicen los medios, han optado, para sustituir a sus primeros ministros defenestrados por la crisis y a sus equipos de colaboradores, por llamar a los tecnócratas como solución de recambio.

¿Quiénes son los tecnócratas? Al parecer son unos demonios odiosos. Son insensibles, nos dicen. No es que tengan a la derecha, en lugar de a la izquierda, el corazón. Es que no tienen corazón estos tecnócratas. Prefieren al mercado – entidad digna de ser odiada, si las hay- y desdeñan la solidaridad. Quieren reducir las tareas del Estado a las del policía protector de los intereses, acaso sólo de los intereses de los poderosos. Y no son amigos, para nada, de echarle toda la carne al asador en materia de gasto público y subsidios a los sindicatos, a los grupos de presión, a los redentores.

Pero, y esto aún los más recalcitrantes lo admiten aunque sea de forma tácita, los tecnócratas suelen ser buenos bomberos. Como conocen el funcionamiento de los mercados, como saben “leer” la perversa mente de los inversionistas y de los adinerados que mueven las bolsas de valores y las variables financieras (tasas de interés, tasas de cambio de divisas, indicadores de confianza, valuaciones de las agencias calificadoras) saben también cómo tratarlos y apaciguarlos cuando se ponen escépticos frente a las promesas de los políticos. Saben darles señales aceptables de seguridad y confianza, en lugar de melifluos discursos.

Además, estos tecnócratas suelen valorar la honestidad intelectual y el rigor a la hora de hacer recomendaciones de política pública. Tal vez sea porque le temen al ridículo de ser llamados ignorantes o al escarnio social de ser motejados como chapuceros a la hora de elaborar el entramado racional de sus hipótesis y proposiciones, ¿quién sabe?, pero un genuino tecnócrata huye, como de la peste, de la mera posibilidad de ser acusado de tramposo intelectual. Eso los hace ser rigurosos, eludir los escapismos de la demagogia y proponer opciones duras, pero coherentes y relativamente inexpugnables desde el punto de vista racional (aun cuando en el terreno del discurso emocional, en el que la lógica se suspende y las pulsiones primarias y las hormonas mandan, sean fácilmente atacables).

No se si en verdad los tecnócratas regresan por sus fueros en Grecia, en Italia o incluso en España (habrá que esperar el expediente del 20 de noviembre de las elecciones, cuando todo parece que el PSOE y el rojerío light será reprobado y condenado a estudiar en vacaciones para pasar el examen extraordinario), pero si así es se trata de una grata noticia. Los bomberos siempre son mejor compañía, en caso de incendio, que los pirómanos



domingo, 24 de julio de 2011

En los medios, la ética importa ¡y mucho!

Comparto con mis amigos lectores algunas reflexiones sobre el caso de los delitos que, según todos los indicios, han cometido algunos de los medios de comunicación pertenecientes al potentado de los medios Rupert Murdoch.
Primero, se trata de crímenes abominables. Ningún medio de comunicación, aun cuando esgrima en su descargo una hipócrita “autoridad moral” para escudriñar las intimidades de las personas, tiene derecho a realizar o propiciar la realización de escuchas telefónicas de conversaciones privadas o a interceptar otras comunicaciones personales (por ejemplo, correos electrónicos de familiares de víctimas del terrorismo o de acciones bélicas), y mucho menos (lo que probablemente ha sucedido, por desgracia) a extorsionar o chantajear moralmente a personajes públicos comerciando con la difusión o no del contenido de dichas comunicaciones personales.
Eso es basura y no tiene ninguna calidad periodística. Es un crimen tan abominable, a mi juicio, como el abuso sexual en contra de menores de edad o, para decirlo de forma gráfica y contundente: es tan asqueroso moralmente como la depravación de quien se atreve a satisfacer sus pulsiones enfermizas violando cadáveres.
Segundo, hay una preocupante constante en el caso de varios magnates de los medios de comunicación en todo el mundo, y a lo largo de la historia, que consiste en su arrogante sentimiento de impunidad moral. Esta arrogancia lo mismo se constata en los grandes magnates de medios de comunicación con influencia global, como Murdoch, que en caciquillos locales de los medios en cualquier país, México incluido desde luego.
Poseer el control accionario de una cadena de televisión, o de estaciones de radio o de un influyente periódico, de ninguna manera otorga una patente de impunidad moral para calumniar, destruir reputaciones, o para denigrar a personajes públicos o no tan públicos por sus defectos físicos o morales, hacer befa del prójimo y llevar a cabo un constate acoso sobre personajes públicos por razones baladíes: Fulano es demasiado gordo, Perengana es sospechosamente flaca, Zutano parece tener preferencias sexuales “raras”, Fulanito consume vino importado durante sus comidas. Eso es también basura, aunque pretenda disfrazarse con la vestimenta de “chiste” o humorismo trasnochado.
Tercero, tampoco deben otorgar patente de impunidad las columnas sin firma que difunden rumores, especulaciones, versiones no confirmadas, conjeturas calenturientas disfrazadas de noticias. Más aún: un periódico que se precie a sí mismo debería darle decorosa sepultura a tal género de resúmenes de chismes, ataques cobardes y anónimos, especulaciones apresuradas o dictadas por intereses inconfesables. Por favor, si quieren saber cómo se hace el verdadero periodismo de investigación relean con cuidado “Todos los hombres del Presidente” de Bernstein y Woodward: cualquier conjetura que no haya podido ser comprobada por tres fuentes independientes entre sí, y que no pueda firmarse con nombres y apellidos reales, no merece ser publicada.
Cuarto, de acuerdo con la sentencia clásica del periodismo: los hechos son sagrados, las opiniones son libres. Pero las opiniones libres no incluyen afirmaciones manifiestamente falsas, tergiversación flagrante de los hechos, adivinaciones febriles. Los medios deben exigir también a sus columnistas y editorialistas no confundir la libertad de opinión con la impunidad para difundir falsedades manifiestas, mentir acerca de hechos constatables, denigrar al prójimo, alardear acerca de conocimientos que obviamente no pueden tener (verbigracia: “la única razón por la que el Presidente dijo o hizo tal fue ésta o aquella”).
Quinto, las deficiencias de los medios y de los periodistas de ninguna manera justifican (¡nunca!) la intromisión de los gobiernos a través de la censura y cualquiera de sus formas disfrazadas. Preferibles mil veces los excesos de la libertad de expresión mal entendida que cualquier amago de limitación o coerción a esa libertad sagrada que debemos disfrutar todos los seres humanos, no sólo los periodistas.
Es el público quien debe dar la sentencia definitiva, auxiliado por el sentido común y por las nociones elementales de la ética. La ética cuenta ¡y mucho!


sábado, 30 de abril de 2011

Dos lecturas de primavera

Durante las dos semanas que han terminado releí dos grandes novelas.

La primera, muy extensa, fue “Sombras sobre el Hudson” de Isaac Bashevis Singer. Digo que es muy extensa porque la traducción del yiddish al español que hizo Rhoda Henelde en colaboración con Jacob Abecassis ocupa 800 páginas de apretada letra pequeña en la edición de Byblos (2005); sin embargo, salvo algunos pasajes durante los cuales Singer reseña con excesiva minuciosidad las disquisiciones interiores de algunos de sus atormentados personajes, el interés del lector nunca decae.

La otra novela fue, en tercera o cuarta lectura de aprendizaje, “Madame Bovary” de Gustave Flaubert. En vano trataría de escribir algo valioso que no se haya dicho o escrito ya acerca de esta obra maestra de la narrativa.

Mucho en común tienen ambas novelas. Por supuesto, ambas diseccionan sin eufemismos los terribles dilemas morales que se derivan de la libertad humana. De hecho, parecería que tal es la virtud perenne y la materia prima de las buenas novelas desde Rabelais hasta la fecha.

Apretando el análisis, ambas novelas develan cuán veleidosa es nuestra voluntad en eso que llamamos cotidianamente el amor y que se expresa de forma carnal, voluptuosa; ya sea en el siglo XIX a través de Emma Bovary o en el siglo XX, en Nueva York, entre judíos emigrados de Europa Central. Hay en ambas novelas adulterios, amores furtivos, arrepentimientos e iluminaciones repentinas, ilusiones y desengaños.

A diferencia de Flaubert, que exhibe el desenfado e indiferencia burguesas hacia la religión (en este caso la religión católica en el ambiente rural de Francia en el siglo XIX), Singer escribió una novela en la cual la religión judía tiene un peso decisivo.

Ambos narradores son honestos con el lector, ya que ambos pretenden mostrar, sin afeites, la realidad. Ambos rinden tributo a la verosimilitud: es imposible imaginar a un hijo y nieto de rabinos deleitándose sin escrúpulo alguno en el adulterio; el amante, sea furtivo o se muestre desafiante, goza pero recuerda, junto con el goce, tal vez en el mismo momento del placer extremo, que lo más probable es que exista la gehena, el infierno, y se ve a sí mismo, inevitablemente, como pecador despreciable, como traidor.

Esa mezcla de asco y fascinación ante el pecado de la carne es claramente un terreno en el que Singer es magistral (al respecto, recomiendo leer sus memorias: Amor y Exilio), mientras que tales dilemas terribles parecen ser ajenos para Flaubert y sus personajes: Emma Bovary nunca se le muestra al lector atenazada por la culpa de haber traicionado al bobalicón de Charles Bovary o a Dios, sino en todo caso arrepentida por haber elegido mal a su amante o a su marido.

En cambio, el personaje central de Singer, que termina viviendo en Palestina (Israel) como una especie de monje que da cumplimiento estricto a la ley mosaica y a la Torá, tras una vida de enredos amorosos, amantes y aventuras fallidas, esposa y familia traicionadas, es profundamente religioso. Peca, goza y sufre. Pero sufre por haber traicionado su Fe, por haber desafiado a Dios, más que por el eventual desdén de alguna de sus amantes o por los reproches de su esposa e hijos o de la comunidad judía entendida como grupo en el cual buscase su aceptación social.

Emma se lamenta no haber cumplido sus propósitos de éxito en el amor. Hizo un mal negocio y naufraga en el tedio; su propósito de felicidad-placer sin término quedó frustrado. No más.

Hertz Dovid Grein, por el contrario, aún en los momentos más exultantes del gozo tiene presente – así sea como trasfondo constante o como conciencia de la futilidad y del carácter efímero del deseo carnal- la presencia de Aquél cuyo nombre ni siquiera debe escribirse o pronunciarse íntegro sin incurrir en blasfemia.

Ese contenido profundamente religioso en “Sombras sobre el Hudson”, y que en modo alguno obedece a que Singer haya buscado complacer a sus lectores en yiddish de la comunidad judía de Nueva York sino a sus propias convicciones, adquiere un mayor énfasis por el hecho tremendo del Holocausto que está presente en la conciencia de prácticamente todos los protagonistas. Es un hecho brutal, inconcebible, que lo mismo arroja a unos hacia el descreimiento (¿cómo creer en la bondad de un Dios que contempla impasible el asesinato brutal de miles de niños pequeños?), o hacia la rebeldía suprema (¿cómo rendir culto a un Dios que permite que siga brillando el sol, que canten los pájaros, que la vida siga, después del sacrificio insensato de su propio pueblo elegido?), o que refuerza su Fe (si uno transgrede la Ley Divina, concluyen otros de los personajes, no es diferente a esa abominación que fue Hitler).

Flaubert, en cambio, es plenamente secular y “moderno”. Si acaso existe un Dios no se ocupa mucho de este mundo y lo mejor que pueden hacer los seres humanos es tratar, a veces inútilmente, de tomar en sus manos su destino y desentenderse de misticismos e inútiles prácticas piadosas que naufragan en lo ridículo. El adulterio, cierto, es condenable, porque es malo para la sociedad y para el progreso. No es una buena costumbre. Como tampoco es recomendable que el comerciante time en exceso a sus clientes, ni es bueno para la salud vivir en una atmósfera enviciada por los malos olores. Se diría que para la inmensa mayoría de los personajes de Flaubert el adulterio es condenable sobre todo por razones de higiene social.

Ambos narradores, insisto, son honestos con el lector. Son fieles a la realidad que narran. Son genuinos novelistas.

Dejo aquí, por ahora, estos apuntes acerca de estas dos grandes novelas. La maestría narrativa, especialmente en el caso de Flaubert, merecerá en el futuro otro comentario.

sábado, 23 de abril de 2011

Supersticiones, incertidumbre y ciencias sociales

Se dice que en 1900 el muy respetado Lord Kelvin sentenció ante la Asociación Británica para el Avance de la Ciencia lo siguiente:
"Ahora la Física no tiene nada nuevo que descubrir. Todo lo que resta es hacer más y más precisa la medición de los fenómenos".


Por supuesto, hoy sabemos que Lord Kelvin estaba equivocado. Tan sólo cinco años después, en el "milagroso" año 1905, Albert Einstein publicaría sus famosos cinco ensayos que trastornaron la Física desde sus cimientos - aun cuando Einstein jamás pretendió iniciar tal revolución - y que sembraron la semilla de multitud de hallazgos científicos y tecnológicos que hoy disfrutamos.

Más aún, parte de lo que provocó Einstein con tales ensayos (especialmente lo relacionado a los cuantos de energía y, por ende, a la física y mecánica cuánticas) conduciría a que en 1927 Werner Heisenberg formulase el principio de indeterminación o incertidumbre. Todo eso metió de lleno a la Física en el incómodo terreno de la probabilidad, algo que, por cierto, siempre pareció disgustar a Einstein quien, no sin razón, admiraba profundamente la grandiosa y eficaz síntesis científica que llevó a cabo Isaac Newton y que complementaron los descubrimientos de Michael Faraday y de James Clerk Maxwell, acerca del electromagnetismo y de los campos electromagnéticos.

Tan deslumbrante y poderosa - en términos explicativos y funcionales- es la física newtoniana que el astrónomo Pierre Simón de Laplace pudo proclamar entusiasmado: "Una inteligencia que conozca todas las fuerzas actuando en la naturaleza en un momento dado así como las posiciones de todas las cosas en el universo en dicho momento, podría resumir en una sola fórmula tanto los movimientos de los cuerpos más grandes como de los más pequeños átomos en el mundo; para él, para dicha inteligencia, nada sería incierto, tanto el futuro como el pasado estarían presentes ante sus ojos". Es decir: la omnisciencia divina al alcance de la mano...o casi.

No es extraño que en medio de este exaltado optimismo acerca del poder de la ciencia un personaje tan serio, y seguramente poco dado a fantasear o a guiarse por meras creencias o supersticiones, como Lord Kelvin, se haya sentido confiado y seguro de que sólo le restaba, a la Física, "mejorar más y más los instrumentos de medición" para llegar a esa fórmula única que explicaría todo.

En rigor la frase atribuida a Lord Kelvin nunca fue una afirmación científica, sino una mera creencia, una superstición, una convicción cercana a la que manifiesta quien está "seguro" de que el extracto de veneno de alacrán es eficaz para curar el cáncer de hígado. (Una de las acepciones de superstición que consigna el diccionario es "fe o valoración excesiva respecto de algo").

Fue el mismo rigor científico, ayudado por las matemáticas, el que llevó sin embargo a los grandes físicos del siglo XX a la negación del determinismo justo en el umbral de lo que, se pensaba, podría explicarnos el origen de la energía y del universo: el átomo.

Curiosamente, mientras la física moderna nos regresó a la humildad de la incertidumbre y a la constatación de que hay barreras infranqueables para el conocimiento (no podemos conocer al mismo tiempo la posición y la velocidad de un electrón; en la física atómica la intervención del observador, el solo hecho de "observar", perturba lo observado), las ciencias sociales parecen ancladas en el optimismo científico de los siglos XVIII y XIX, se diría que aspiran a revestirse de carácter científico imitando, por así decirlo, las leyes de la física newtoniana.

Pongo un ejemplo actual y particularmente importante para la vida diaria de todos nosotros: ¿qué evidencia tenemos de que los estímulos monetarios y fiscales de carácter extraordinario que se han aplicado en los Estados Unidos han propiciado la recuperación de la actividad económica, medida por diversos indicadores, como ventas, producción, inventarios, índices de confianza de productores y de consumidores? No la tenemos en rigor. No sabemos.

Tampoco sabemos si dicha recuperación se pondría en riesgo en caso de que tales estímulos cesaran hoy o mañana. Sin embargo, todos los días políticos, funcionarios sumamente ilustrados y encargados de decidir las políticas públicas, comentaristas y una legión de académicos (economistas) formulan sentencias taxativas al respecto.

En realidad, la única forma que tendríamos de saber más al respecto sería experimental: dejando todo lo demás igual (lo cual es de suyo bastante difícil, si es que no imposible tratándose del asunto de que se trata), ¿qué pasaría si se retirasen de una vez y completamente tales estímulos?, ¿alguien está dispuesto a correr el riesgo de provocar una nueva recesión, el famoso "double dip"? o, a la inversa: ¿algún político será tan osado como para demostrar en la práctica que la intervención del Estado, en este caso mediante las políticas fiscal y monetaria, es no sólo innecesaria sino perjudicial? Nunca lo sabremos.

Acaso, estamos ante una auténtica superstición neokeynesiana como aventuran algunos, o acaso estamos ante una prueba genuina de que sin la intervención gubernamental la economía seguiría postrada. No lo sabemos, ni podemos saberlo. Yo creo - y subrayo "creo"- que hay más ingredientes de superstición "científica" acerca de la capacidad del gobierno y del banco central para reanimar la economía, que de relación causa-efecto; al menos, es cierto que no hay quien pueda medir con certeza dicha correlación, ni mucho menos establecer sin dejar lugar a dudas que la dirección de tal causalidad es unívoca. Pero, lo admito, eso es lo que yo "creo" que no es lo mismo que decir: "yo sé".

Empecemos, al menos, por reconocer que no sabemos lo que definitivamente no sabemos.

sábado, 16 de abril de 2011

¿Pedirle perdón a los criminales?

Ayer sábado me apareció sorpresivamente una quinta hija. Sonó el timbre del teléfono móvil, apreté la tecla "contestar", dije "¡bueno!" y empezaron los gemidos y lloriqueos de una voz infantil: "¡Papá, soy tu hija!, ¡tengo un problema muy serio!, ¡ayúdame, soy tu hija!". Atiné a preguntar: "¿Cuál?"...pero la voz chillona y fingida de niña sólo insistía: "¡soy tu hija, estoy en problemas!, ¡ayúdame!"...

El problema en el que se estaba metiendo esta pretendida hija mía era la falta de verosimilitud de la supuesta llamada de auxilio: ninguna de mis hijas tiene voz de niña porque todas son mayores de edad (con la edad suficiente para pedir una copa de vino o una cerveza en un restaurante en Estados Unidos, mostrar su ID y ser puntualmente atendidas), además todas tienen nombre, y suelen decirlo cuando alguien les pide identificarse. Otro pequeño problema es que yo estaba viendo en ese momento a dos de mis cuatro hijas, la tercera estaba en su habitación a menos de diez metros de distancia y con la cuarta estaba intercambiando mensajes vía twitter en ese momento. ¿Una quinta hija surgida de pronto? Imposible. Por eso le pasé el teléfono a mi esposa y le dije: "Que me habla una hija mía que está en problemas, ¿cómo la ves?". Por supuesto, se cortó la llamada.

Supongo que las bandas criminales que se dedican a este repugnante negocio de aterrorizar por teléfono a la gente para sacarle dinero (extorsión telefónica es el nombre oficial del delito) saben que deben calcular un porcentaje de intentos fallidos en su negocio, como les sucedió en mi caso, y no es la primera vez (en alguna ocasión le habló un supuesto hijo en problemas con la policía a una de mis hijas y ella, que tiene un macabro sentido del humor, le dijo: "¡Pues merecido te lo tienes, por mí que te refundan en la cárcel, saliste igualito al inútil de tu padre!" y colgó), pero incluso cuando uno tiene la fortuna de que la llamada terrorista sea evidentemente un timo no deja de sentirse una inquietud incómoda y una justa indignación ante este despliegue de maldad de las bandas criminales.

Indignarse ante los crímenes y condenarlos es de bien nacidos. Me parece que por eso el Presidente Felipe Calderón recordó hace unos días que la indignación, las protestas y las exhibiciones de hartazgo (los famosos: "¡ya basta!") deben dirigirse a los criminales y no a quienes, con todas las limitaciones e imperfecciones que se quieran, se dedican a combatir a los criminales.

Pero no. Resulta que algunos sesudos analistas del acontecer nacional (como diría un cursi locutor) encuentran incorrecto este llamado del Presidente. Incluso alguno, especialmente estúpido, publicó el sábado en un periódico en un larguísimo y repetitivo artículo el alegato de que no, que la indignación no debe encaminarse contra el crimen y los criminales, porque después de todo ellos "no juraron cumplir y hacer cumplir la Constitución y las leyes de México". ¡Genial!, me pregunto ¿qué sigue?, ¿pedirles perdón a los criminales?.